Familia numerable (Trilogía completa) 21. Ocho billetes
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21. Ocho billetes

(Álvaro)

El sexto día salió el sol y yo tenía un plan.

Voy a decir una cosa que no le he dicho a nadie: aquel plan lo tenía desde la mañana anterior. Desde algo que Bruno me contó en la cocina a las ocho menos diez y de lo que no voy a hablar ahora.

Digamos que tenía ganas de que aquel día saliera bien.

Los molinos están a diecisiete minutos en tren desde la estación central.

Diecisiete. Lo miré cuatro veces. Un sitio con molinos de verdad, de madera, junto a un río, con casas verdes también de madera y talleres que todavía funcionan dentro: uno de aceite, otro de pintura y otro que sierra troncos.

Y yo pensé: esto le va a gustar a mi suegro .

Porque mi suegro, en cinco días, había reaccionado a tres cosas: a un aparcamiento de bicicletas, al gancho de una fachada y a una jirafa. Y, de las tres, dos eran mecanismos.

Así que a las nueve y media estábamos los ocho en la estación central.

Los billetes los saqué yo, en una máquina, en inglés y sin ayuda de nadie. Quiero dejar constancia porque hay gente en mi casa que dice que no sé usar las máquinas. Ocho billetes. Cuatro minutos.

Lo que pasa es que allí, para entrar en el andén, hay unas barreras. Unas puertas de cristal que se abren cuando pasas la tarjeta o el código por un lector, que se cierran solas y que se cierran rápido .

Y ahí fue donde tuvimos el incidente.

Pasamos en fila. Yo el primero, para ir enseñando cómo se hacía. Luego Vega y Bruno; después, Marta con Nico; detrás, Rodrigo, y por último mi suegro.

Mi suegra no pasó.

Mi suegra se quedó al otro lado hablando con una señora.

Con una señora. En la estación central de Ámsterdam. A las nueve y cuarenta y uno de la mañana.

Yo no sé cómo lo hace. En serio que no lo sé.

Aquella mujer no habla inglés ni holandés, y cuando volvimos a verla —algo más de media hora después— sabía que la señora se llamaba Ineke, que tenía dos hijos, que uno vivía en Róterdam y que la habían operado de la cadera.

De la cadera. Mi suegra, que no sabe decir «buenos días», sale de una conversación con el historial clínico completo de una desconocida.

El caso es que sonó un pitido, se cerraron las barreras y el tren se fue con siete.

Con siete.

Marta se dio cuenta la primera y dijo «mamá» de una manera que yo no le había oído nunca. Rodrigo se levantó del asiento. Vega dijo una palabra que no voy a escribir.

Y mi suegro no dijo nada, pero se puso de pie en el vagón, agarrado a la barra, mirando por la ventanilla el andén que se alejaba. Se quedó así los diecisiete minutos. De pie. Habiendo asientos libres.

Aquellos fueron unos minutos malos. En los primeros tramos no teníamos buena cobertura, mi suegra tiene uno de esos teléfonos con teclas grandes que lleva siempre en el bolso y que no oye nunca, y Marta llamó cuatro veces sin conseguir hablar con ella.

Y aquí es donde tengo que decir que la culpa me cayó a mí.

Me cayó entera. En el andén de Zaandijk, delante de los niños, mi mujer me dijo que cómo se me ocurría pasar el primero, que el que va delante no cuenta, que el que va delante nunca cuenta, que hay que ir el último y contar, que eso lo sabe todo el mundo, que ella llevaba quince años yendo la última y contando y que por eso nunca se había perdido nadie.

Yo no le di importancia. Estaba nerviosa.

(Dijo también que llevaba cinco días haciendo todo el trabajo invisible del viaje mientras yo hacía «el trabajo de las ideas», y que a ver si en algún momento me daba cuenta de que las ideas las paga alguien. Pero eso lo dijo en caliente.)

Mi suegra llegó en el siguiente tren, catorce minutos después.

Y ahora quiero que se entienda bien esto, porque es lo que más me impresionó de todo el viaje después de lo del aparcamiento de bicicletas.

Bajó del tren tan tranquila.

No venía asustada. No venía llorando. No parecía alterada. Bajó, nos vio a los siete en el andén con las caras que teníamos y lo primero que dijo fue:

—Ay, hijos, ¿pero qué hacéis todos ahí parados?

Le preguntamos cómo había sabido cuál tenía que coger.

Dijo que se lo había preguntado a un chico.

Le preguntamos cómo.

Y dijo, y esto es literal:

—Pues le he enseñado el papel y le he dicho «este», y el chico me ha dicho «yes» y me ha señalado con el dedo.

Cinco días llevábamos nosotros con aplicaciones, traductores, mi mujer construyendo frases de veinte palabras y mi hija corrigiéndole la pronunciación.

Y mi suegra llegó hasta nosotros con un papel y un dedo.

Los molinos, por cierto, estuvieron muy bien. Muy bien. Verdes, altos, con las aspas girando de verdad y un ruido dentro que no me esperaba: un ruido de madera trabajando, como un barco.

Estuvimos allí tres horas.

De lo que hizo mi suegro dentro del molino de aceite prefiero que hable otro, porque yo estaba fuera con Nico, que se había empeñado en no separarse de una piedra.

Pero lo vi entrar. Y lo vi salir, mucho después, el último de todos.

Y cuando salió me pareció que tenía la cara de otro. No sabría explicarlo mejor. Como cuando alguien se quita las gafas.

Le pregunté qué tal y me dijo que muy bien.

Que es lo que dice siempre. Pero esta vez lo dijo dos veces.