Familia numerable (Trilogía completa) 20. El día que no salimos
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20. El día que no salimos

(Vega)

El quinto día llovió desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos.

No la llovizna esa de allí, que no moja pero cala. Lluvia de verdad, de lado, con viento, con el canal picado como si fuera el mar y una luz gris a las once de la mañana que parecía un filtro puesto encima de la ciudad.

Bruno no dijo nada. Otra vez.

Lo dije yo, que para eso soy la mala de esta casa:

—Diecisiete grados y cuatro días de lluvia. Textual. Lo dijo el 8 de julio.

Y mi padre respondió:

—Bueno, es que estas cosas son muy variables.

Ocho personas. Sesenta metros cuadrados. Un baño. Doce horas.

Voy a intentar contar cómo es eso.

A las diez de la mañana todavía era divertido.

Mi padre sacó unas cartas que había comprado en un bazar y montó un torneo con un cuadro dibujado en una servilleta.

Mi madre hizo café tres veces. Mi abuela se puso a preparar una cosa en la cocina con lo poco que había, y mi abuelo se sentó junto a la ventana con la radio y las piezas.

A las doce ya no era divertido.

A las doce, la mesa del salón —la única mesa— tenía encima el torneo de cartas, dos móviles cargando, la bolsa de las medicinas de mi abuela, un puzle de doscientas piezas que estaba en el armario del apartamento y al que le faltaban varias, un plato con magdalenas, mi cuaderno de vacaciones del insti, que todavía no había abierto, el cuaderno de Bruno y la libreta de mi abuela.

A la una y media mi madre dijo que había que despejar para comer. Todo el mundo cogió sus cosas del montón y ya está.

A las cuatro de la tarde se rompió algo.

Empezó con la ducha. Mi padre se duchó a las tres y media, se acabó el agua caliente y mi madre le dijo que uno no se puede duchar a las tres y media, que para eso estaba el calendario. Mi padre contestó que el calendario era para las mañanas.

Y mi madre le respondió con un tono que no era por la ducha.

Ahí nos dimos cuenta todos de que llevaba cinco días conteniendo algo.

Lo pagó conmigo, por cierto, veinte minutos después, cuando yo dije que aquel viaje era un poco un timo.

Ella soltó el trapo y dijo que muy bien, que la próxima vez organizara yo unas vacaciones para ocho personas y ya le contaría, que llevaba desde mayo con una hoja de cálculo y que, por si alguien en aquella casa se creía que todo aquello era gratis, no lo era.

Luego se calló de golpe.

Se calló porque mis abuelos estaban delante.

Mi abuelo miró hacia la ventana y mi abuela se levantó a fregar unos vasos que ya estaban fregados.

Bruno se quedó mirándola un momento desde el salón. Después abrió el cuaderno y escribió algo. Yo no le pregunté qué.

Yo me fui al otro extremo del salón y me dejé caer en una punta del sofá, con el resto del apartamento detrás. Bruno vino detrás sin decir nada y se sentó en el suelo, junto a la ventana, a mirar la lluvia.

Ahí fue cuando me llamaron las chicas.

Videollamada. Las cuatro, en la terraza del apartamento de Gandía, con el pelo mojado, las gafas de sol en la cabeza, gritando, con el ruido del chiringuito de fondo y, detrás, un cielo azul de esos que ya ni recordaba que existían.

—¡VEGAAAA!

Yo puse la cámara hacia mi cara y solo hacia mi cara, muy cerca, y me pasé toda la llamada calculando el ángulo para que no se viera nada de lo que había detrás.

Detrás de mí había un apartamento pequeño, un puzle al que le faltaban piezas, mi hermano de dos años en pijama a las cuatro de la tarde y mis abuelos.

Me preguntaron qué tal y yo dije que bien, que muy bien, que Ámsterdam era una pasada.

Y colgué.

Me quedé mirando la pantalla apagada y me di cuenta de que acababa de esconder a mi abuela en una videollamada.

Eso me sentó peor que todo lo demás junto. Peor que lo de Gandía, peor que la bronca, peor que la lluvia.

Porque llevaba cinco días viendo a esa mujer decir «gracias» en español muy alto, guardarse un jamón en la maleta y mirar el comedor del vecino cuarenta veces. Y me daba igual. Era mi abuela.

Pero cuando las cuatro se pusieron a gritar, yo moví el móvil.

A las cinco y algo apareció mi tío.

Se sentó a mi lado, en el brazo del sofá, con el móvil en la mano y esa cara de perro que pone cuando quiere algo.

—Vega.

—No.

—Si no sabes lo que te voy a pedir.

—Sí lo sé.

—Es una cosa muy corta.

Era Femke.

Mi tío llevaba desde el primer día escribiéndose con una holandesa de metro noventa que restaura casas y que, hasta donde yo había podido comprobar, todavía no le había dado ningún motivo real para pensar que aquello fuera a llegar a algún sitio.

Y le estaba escribiendo en un inglés que yo no le deseo a nadie.

Me enseñó lo que tenía escrito.

Ponía: «I have think in you today. The rain is very much.»

Le dije que aquello no significaba nada.

Él me respondió, muy digno, que significaba que había pensado en ella y que llovía mucho.

Estuvimos cuarenta minutos. Cuarenta. Yo se lo arreglaba y él decía que así sonaba muy soso. Yo le explicaba que en inglés eso era lo normal, y él decía que no quería ser normal, que quería ser él.

—Es que tú, en inglés, no puedes ser tú, tito.

—¿Por qué no?

—Porque tú, en inglés, tienes doscientas palabras.

Me miró un momento y dijo:

—Doscientas doce.

Y se fue con el móvil a la cocina.

Al final le escribí yo tres frases. Correctas, cortas, normales. Él las mandó, volvió y me dijo que Femke le había contestado con un emoji. Después estuvo veinte minutos analizando el emoji conmigo como si fuera un electrocardiograma.

Fue lo mejor del día, si os soy sincera.

Aquella noche cenamos lo que había en casa, que era pasta y el jamón de mi abuela, y a las once ya estaba todo el mundo acostado porque no había nada más que hacer.

Desde mi cama oí a mi madre y a mi padre discutir bajito en la habitación de al lado, con ese volumen de discutir bajito que se oye mucho más que discutir normal.

Y a Bruno lo oí darse la vuelta dos veces.

Y pensé que quedaban cinco días.

Y que era la primera vez en todo el viaje que pensaba «quedan» en lugar de «faltan».