Familia numerable (Trilogía completa) 17. Veinte minutos
44%

17. Veinte minutos

(Bruno)

El tres necesita explicación.

Hay unos sitios que se llaman automatiek y que son una pared de metal con ventanitas cuadradas, como los buzones o las taquillas del gimnasio, y detrás de cada ventanita hay comida caliente.

Croquetas alargadas, hamburguesas, una cosa que se llama kaassoufflé , que es queso frito dentro de una masa.

Metes dos euros por la ranura, se abre la ventanita y sacas la croqueta.

No hay nadie. No hay que hablar con nadie. No hay que pedir.

Yo llevaba tres días viendo a mi familia sufrir para pedir cosas —a mi madre haciendo frases larguísimas, a mi tío señalando, a mi abuela diciendo «gracias» en español muy alto— y, de repente, había una pared donde metías el dinero y la comida salía sola.

Yo creo que es el mejor invento que he visto nunca.

Lo del cuarto día fue así.

Habíamos quedado a las doce y media delante de un museo porque nos habíamos separado: mi madre y yo veníamos del apartamento y los demás, de devolver una bici que hacía un ruido raro.

A mitad de camino, mi madre se acordó de que se había dejado las entradas del museo en casa.

Y como yo ya sabía dónde era —lo había mirado la noche anterior en el mapa, dos veces, porque me gusta saber adónde voy—, le dije que podía seguir andando y esperarla allí. Estaba a cinco minutos, todo recto, y yo llevaba el móvil.

Y ella dijo que vale.

Eso es lo primero que quiero apuntar, porque me sorprendió:

4. Mi madre dijo que vale a la primera.

En mi casa eso no pasa nunca. En mi casa hay tres preguntas antes del vale.

Yo creo que estaba cansada. Llevaba tres noches durmiendo mal. Lo sé porque comparto pared con ellos y porque tose cuando no duerme.

Total, que llegué a las doce y diez.

Y no había nadie.

Y no vino nadie hasta pasadas las doce y media.

Veinte minutos.

Voy a intentar explicar los veinte minutos, aunque no sé si me va a salir, porque es la primera vez que me pasa una cosa así y no tengo con qué compararla.

Me senté en un banco de piedra que había delante, al lado de un poste. Estaba nublado, pero no llovía. Y me quedé allí sentado.

Sin hacer nada.

Nadie me preguntaba nada. Nadie me decía «Bruno, ponte el jersey», «Bruno, no te alejes», «Bruno, di algo», «Bruno, qué callado estás».

Eso último me lo dicen mucho.

Delante había una plaza con hierba y gente sentada encima, aunque estaba mojada. Pasaban bicicletas, pasó un hombre con un perro muy grande y había una señora tocando un violín, pero mal. O a lo mejor bien. Yo de eso no sé.

Y yo estaba mirando todo aquello cuando, de repente, me di cuenta de una cosa.

Estaba muy a gusto.

Muy a gusto, así, como cuando terminas los deberes o cuando te duermes en el coche. Llevaba tres días con siete personas todo el rato, en un apartamento pequeño, en una fila de bicicletas, en una mesa, en una escalera, y de repente tenía veinte minutos sin nadie.

Y me gustó mucho.

Aquí es donde tengo que dejar la lista otra vez.

Porque, después de estar contento unos tres minutos, me puse nervioso.

Pensé: esto está mal.

Estamos de viaje. Es el viaje de los abuelos.

Todo el mundo lleva meses hablando de esto.

Mi padre se ha gastado un dineral, que lo sé por la cara de mi madre.

Y lo que más me ha gustado de todo el viaje hasta ahora, más que las bicis y más que el aparcamiento y más que la pared de las croquetas, han sido veinte minutos sentado solo en un banco sin hacer nada.

¿Qué quiere decir eso de mí?

Estuve pensándolo. Y luego pensé otra cosa peor, que es la que apunté al final.

Pensé en mi abuelo.

Mi abuelo lleva tres días en la situación contraria. Lleva tres días en medio de todo. Siete personas alrededor de él todo el rato, un baño, una mesa, un cajón de bicicleta, gente diciéndole a qué hora tiene que ducharse, por dónde hay que ir y si quiere sentarse.

Y él está siempre callado.

Yo siempre había pensado que estaba callado porque es así.

Pero a lo mejor está callado porque es la única manera que tiene de estar solo.

Cuando llegaron, mi madre venía con cara de haber corrido. Me dijo:

—Perdona, cariño. ¿Te has aburrido mucho?

Y yo dije que sí, que un montón.

Eso fue mentira. Es la segunda que escribo en este cuaderno en cuatro días, y las dos han sido para que nadie se preocupe. Creo que ya voy entendiendo cómo funciona esta familia.

5. Estar solo me gusta.

6. No decírselo a nadie (¿por qué?).

7. Preguntarle al abuelo si a él también.

El siete lo taché.

No se le puede preguntar eso a mi abuelo. Si se lo pregunto, va a decir que él está bien, que a él cualquier cosa le parece bien, que con que los demás lo pasen bien ya está servido.

Y yo llevo semanas sabiendo que eso no es una respuesta.

Es su manera de no dar ninguna.