16. El timbre
(Vega)
Mi madre, antes de salir, dijo:
—Tampoco nos pongamos así. En Valencia también hay carril bici.
Y es verdad. En Valencia hay carril bici.
Hay muchísimo carril bici. Tanto que, en algunos sitios, el carril va pegado a la acera y el contenedor queda al otro lado.
Para tirar la basura tienes que cruzarlo sin semáforo, sin paso de peatones y sin una señal que recuerde a las bicicletas y a los patinetes que tú también existes.
Miras a derecha e izquierda, aprietas las bolsas contra el cuerpo y atraviesas como si fuera una autopista.
Los patinetes pasan a una velocidad que, si no son setenta kilómetros por hora, lo parecen cuando llevas una bolsa goteando.
Está el anillo, está el cauce, y mi madre lleva años yendo en bicicleta a todas partes y se cree, por tanto, que esto lo controla.
Duró cuatro minutos.
Porque el carril bici de allí no es un carril.
Es una carretera. Tiene sus propios semáforos —semáforos pequeños para bicicletas, con su muñequito montado—, sus señales, sus flechas pintadas y una cantidad de gente circulando a las once y media de la mañana de un viernes que ninguno de nosotros se esperaba.
Y todos van rápido. Todos. Señoras de sesenta años con una bolsa de la compra en el manillar van rápido. Hombres de traje van rápido. Una madre con dos niños en el cajón y un tercero detrás va rápido, y va hablando por teléfono, y va comiéndose una cosa.
Y nadie grita.
Eso es lo que más me impresionó y lo que cuento cuando me preguntan. En España, si te metes donde no debes, alguien te lo dice. Te pita, te grita, te dedica una frase entera. Allí no.
Allí te tocan el timbre.
Ring.
Un timbre pequeñito, educado, de bicicleta antigua, que suena exactamente como la campanilla de la mercería donde trabajaba mi abuela.
Y tú te apartas, y a los diez segundos suena otro. Ring. Y otro. Ring, ring.
Íbamos en una especie de fila, o lo más parecido a una fila que podían formar seis bicicletas, todas en zigzag, acordándonos de frenar hacia atrás unas veces y otras no. Detrás se fue formando una cosa que yo describiría como un enjambre de personas siendo amables.
Nadie nos dijo nada. Ni una palabra. Ni una mala cara.
Es muchísimo peor. Yo prefiero que me insulten.
Lo de las vías del tranvía fue en el minuto once.
Nadie nos avisó de eso. En el suelo, en algunas calles, hay unas ranuras de metal para el tranvía, y esas ranuras miden exactamente lo que mide la rueda de una bicicleta. Exactamente. Es como si las hubieran hecho a medida.
Mi padre metió la rueda delantera.
Y mi padre, que pesa noventa kilos y llevaba a mi hermano de dos años y a mi abuelo en un cajón de madera, hizo un giro de cintura que yo no sabía que tuviera, consiguió sacar la rueda y siguió pedaleando. Desde delante gritó:
—¡CONTROLADO!
Nadie le había preguntado nada.
Yo me caí en el minuto veintiocho, en un cruce.
Atravesé una vía en mal ángulo, la rueda se metió en la ranura y yo hice lo que habría hecho en Valencia: fui a buscar las manetas del freno.
No había. Para cuando me acordé de pedalear hacia atrás, ya me estaba cayendo de lado, despacio, con toda la dignidad de una farola que se apaga.
No me hice nada. Se acercó una chica que pasaba y me preguntó en inglés si estaba bien.
Le dije que sí, me dijo que las vías eran una mierda —también en inglés— y se fue.
Y hasta ahí íbamos bien.
El problema fueron los puentes.
Porque Ámsterdam es plana, sí. Todo el mundo dice que es plana. Lo que no dice nadie es que hay un puente cada cien metros y que cada puente es una cuesta corta y empinada: arriba y abajo, arriba y abajo.
Mi padre aguantó cuatro.
En el cuarto se paró arriba, doblado sobre el manillar, respirando como si acabara de subir una montaña con dos pasajeros y un mueble delante.
Mi abuelo dijo desde la caja:
—Me bajo.
—Tú no te bajas de ningún sitio —dijo mi padre, sin aire.
Mi tío apoyó una mano en la parte trasera de la caja y empujó la bicicleta los últimos metros. Mi padre, en cuanto volvió a respirar, dijo que aquello había sido «tracción familiar asistida».
Después del puente salimos sin ningún orden: mi padre delante con la caja; mi tío cerca de él, por si aparecía otra cuesta; detrás, mi abuela y yo; y cerrando, mi madre con Bruno delante de ella.
En un cruce, mi padre miró el móvil, giró tarde y no avisó. Los tres que íbamos cerca alcanzamos a seguirlo. Mi madre y Bruno quedaron al otro lado de un semáforo y continuaron recto para no pararse en medio del carril.
Así acabamos nosotros —mi padre con Nico y mi abuelo en la caja, mi abuela, mi tío y yo— metiéndonos por unas calles cada vez más estrechas, con más gente y más ruido, hasta que ya no se podía pedalear y tuvimos que bajar y seguir andando con las bicicletas.
Y de repente estábamos allí.
No hay ningún cartel. Eso es lo que nadie te cuenta. No hay una puerta, ni una señal, ni nadie que te avise. Estás en un canal precioso, con sus casas torcidas y sus barcas, y de repente el canal sigue siendo exactamente igual de precioso, pero las ventanas de la planta baja tienen luz roja.
Mi padre frenó en seco. Pedaleando hacia atrás, además, con lo cual los dos pasajeros dieron un pequeño bote.
—Vale. Vale. Vale. Por aquí no.
Mi hermano Bruno no estaba, gracias a Dios, porque se había quedado al otro lado del semáforo con mi madre.
Pero estaba mi abuelo. En el cajón. A la altura de la calle. En primera fila.
Llevaba allí desde que salimos de la tienda, sentado al lado de Nico con la espalda muy recta, las manos encima de las rodillas y la misma expresión con la que mira el telediario. Como si fuera en un taxi y el taxista se hubiera equivocado muchísimo.
Yo no voy a describir nada de lo que había en esas ventanas porque no hace falta y porque no es lo gracioso.
Lo gracioso éramos nosotros.
Mi padre intentando dar la vuelta a una bicicleta larguísima, con dos personas dentro, en una calle donde apenas cabían dos peatones de frente, diciendo «perdón, perdón, sorry, sorry» a todo el mundo.
Mi tío, que es un hombre de cuarenta y seis años, mirando fijamente al suelo, con las orejas rojas, como si hubiera encontrado algo apasionante en los adoquines.
Y mi abuelo, en el cajón, sin poder ir a ningún sitio, mirando al frente con la misma cara con la que mira el telediario.
Yo me tuve que apoyar en una pared. Literalmente. Me dio la risa de esas que duelen, la que no puedes parar, la que te hace daño en las costillas, y cuanto más miraba a mi padre maniobrando y a mi tío estudiando el suelo, peor.
Y mi abuela no.
Mi abuela se había quedado quieta, sujetando la bici por el manillar y mirando las ventanas.
Y yo pensé: ay. Ahora se lía. Ahora dice algo de vergüenza y nos vamos todos.
Y mi abuela dijo:
—Pues aquí también hay mujeres ganándose la vida, hija.
Y se subió a la bici.
Yo dejé de reírme de golpe, como cuando alguien apaga una tele.
Porque yo llevaba tres minutos mirando a mi padre, a mi tío y a mi abuelo como si aquello fuera una escena graciosa. Mi abuela no estaba mirándolos a ellos. Miraba a las mujeres detrás de los cristales.
Yo había visto una situación absurda de mi familia. Ella había visto trabajo.