15. Seis bicicletas, una con caja
(Álvaro)
El segundo día fue el día de las bicicletas y sigo pensando, con la perspectiva que dan los años, que fue la mejor decisión del viaje.
Lo vi claro desde el tren. Lo dije en voz alta y todo: mirad, mirad cómo van. Iba una fila de gente en bicicleta bajo la lluvia, con impermeables, tan tranquilos, y yo pensé: es que aquí es así. Aquí no se anda. Aquí se pedalea. Y nosotros llevábamos desde que llegamos andando como los guiris.
Marta me dijo que ni de broma.
Se lo volví a plantear por la noche, por si aquel primer «ni de broma» había sido provisional.
—Mi padre, tu hijo pequeño y el pequeño detalle de que no sabes por dónde va nadie —me dijo.
Yo le dije que lo pensaría.
A la mañana siguiente ya estaba en la tienda.
Antes de la tienda, eso sí, pasamos por el aparcamiento, y de eso tengo que hablar porque es la cosa más impresionante que he visto en un viaje, y eso que en la vida he visto cosas.
Al lado de la estación hay un edificio. Un edificio entero. Con rampas, con plantas, con carriles pintados en el suelo, con luces. Y dentro no hay coches. Dentro hay bicicletas.
Miles. Yo no sé cuántas. Filas y filas y filas, una encima de otra, en dos alturas, ordenadas, con su numeración, bajando en espiral hacia el agua.
Los niños dijeron «hala». Mi mujer sacó una foto. Y mi suegro, que llevaba desde que llegamos sin decir tres palabras seguidas, se paró en la rampa, se quedó mirando aquello y dijo:
—Aquí sí que se piensa.
Cinco palabras. En un aparcamiento de bicicletas.
Yo llevaba desde que aterrizamos señalándole canales, casas torcidas y puentes, y no le había sacado más que algún «sí» y algún «ya». Bastó un edificio lleno de bicicletas para que hablara.
Bueno. La tienda.
Alquilé seis bicicletas: cinco normales y una con caja.
La de la caja se llama bakfiets , y lleva un cajón de madera delante, entre el manillar y la rueda delantera, con un banco y dos cinturones.
Allí la gente mete a sus hijos, la compra, un perro y lo que haga falta.
Yo, al verla, tuve una de esas ideas que a mí me vienen enteras: ahí van Nico y mi suegro.
Las cuentas eran sencillas: seis bicicletas, ocho personas. Seis pedaleábamos. Nico y Ernesto iban sentados delante. Se lo expliqué tres veces al chico de la tienda y dos a mi mujer.
Mi suegro miró la caja.
—Yo ahí no voy.
—No es «ahí», Ernesto. Es un asiento.
—Está dentro de una caja.
—Una caja con cinturón.
Mi suegra se asomó por encima del borde.
—Anda, Ernesto. Si vas sentado mejor que todos nosotros.
El chico de la tienda sujetó la bicicleta, mi cuñado ayudó a su padre a acomodarse en el banco y Nico se sentó a su lado como si llevara toda la vida compartiendo taxi con él. Cuando les abrochamos los cinturones, mi suegro puso las dos manos encima de las rodillas y miró al frente.
—Bueno —dijo.
Eso, en él, significaba que el asunto quedaba aprobado y no pensaba volver a hablarlo.
Y ahí surgieron los problemas técnicos.
Uno: la altura. Las bicicletas de allí están hechas para gente de allí, y la gente de allí mide lo que mide.
Mi suegra, que mide un metro cincuenta y cinco, se subió a la primera usando el pedal como escalón mientras yo sujetaba el manillar.
En cuanto quedó sentada, descubrió que los pies le colgaban a diez centímetros del suelo.
—Bájame, bájame.
Lo dijo como si yo la hubiera colocado en una atracción, pero se había subido ella sola. Tardamos veinte minutos en encontrarle una bicicleta más pequeña, con el sillín lo bastante bajo para que pudiera apoyar los pies.
Dos: el freno. Y esto no se lo esperaba nadie.
Aquellas bicicletas no tenían freno en el manillar. Ninguno. Se frena pedaleando hacia atrás .
El chico de la tienda nos lo explicó con toda la naturalidad del mundo, como quien te dice que el agua moja. Se pedalea hacia atrás y la bici para. Y nosotros ocho ahí plantados en la acera, mirándonos unos a otros con la misma cara.
Mi hija dijo:
—¿Y si me quiero parar rápido?
Y el chico dijo que pedaleara hacia atrás rápido.
Estuvimos cuarenta minutos practicando en una plaza.
Cuarenta minutos de seis personas intentando desaprender entre once y setenta y dos años de apretar una palanca.
Bruno lo pilló en dos vueltas. Mi hija lo pilló en cuatro.
Mi cuñado se cayó, pero se cayó parado, que es la peor manera de caerse porque no hay nada que contar después.
Mi suegro y Nico contemplaron todo desde la caja. Nico se reía cada vez que alguien frenaba mal. Mi suegro no se reía, pero en un momento lo vi girar la cara para que no se le notara.
Tres: los cascos. No había.
Marta preguntó por los cascos y el chico de la tienda tardó un momento en entender la pregunta.
Luego dijo que tenían dos, para niños, y señaló un rincón donde había dos cascos con polvo.
Allí no los usa nadie. Nadie. Ni los críos, ni los abuelos, ni la señora que va con tres hijos en el cajón y el móvil en la mano.
Uno le sirvió a Nico. El otro se quedó apoyado encima de la cabeza de Bruno sin llegarle a bajar por los lados.
Nico llevó casco. Los demás llevamos la cabeza.
En fin, que a las once y media ya estábamos colocados: yo delante con la bicicleta de la caja, Nico con su casco y mi suegro sentado a su lado con la espalda muy recta; detrás, mi cuñado; luego mi suegra, Vega y Bruno; y Marta cerrando la fila para vigilar a todo el mundo.
Yo llevaba el móvil sujeto al manillar porque alguien tenía que saber por dónde íbamos.
Este detalle explica bastante bien lo que pasó después.
De lo que pasó a partir de ahí yo tengo una versión y mi hija tiene otra.
La suya es más larga.