Familia numerable (Trilogía completa) 14. Doscientas palabras
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14. Doscientas palabras

(Rodrigo)

Yo dormía en el sofá, que era un banco de iglesia con tapicería, y a la una y media de la primera noche ya sabía que aquello no iba a funcionar.

No me quejo. Que quede claro desde el principio, porque yo aquí tengo un histórico y ya sé cómo suena todo lo que digo.

No me quejo. Yo me apunté. Yo escribí. Yo pedí los días en marzo.

Y el sofá me lo quedé yo porque era lo lógico: los abuelos no pueden, Vega y Bruno ocupan una habitación y mi hermana y Álvaro, otra, con Nico en una cuna de tela.

Lo que pasa es que el sofá está en el salón, y el salón es por donde pasa todo el mundo, y a la una y media de la madrugada yo era la única persona de aquella casa sin una puerta.

Así que me puse los pantalones y bajé.

Hay un bar en la esquina del canal, a cuarenta metros. De esos oscuros, con la madera vieja, la barra llena de gente de pie y una alfombra encima de las mesas, que es una cosa que hacen allí y que al principio te desconcierta.

Y ahí estaba ella.

Voy a intentar contar esto sin quedar mal, aunque ya adelanto que no se puede.

Estaba de pie en la barra, sola, con una cerveza pequeña y un libro. De pie. Con un libro. En un bar. A la una y media.

Medía, calculo, uno noventa. No uno ochenta y cinco: uno noventa.

Rubia de ese rubio de allí, que no es el rubio de aquí, que es como si a alguien se le hubiera olvidado ponerle color y hubiera quedado mejor.

Tendría unos cuarenta años. Y una manera de estar apoyada en la barra que yo llevo cuarenta y seis años intentando y no me sale.

Yo pedí una cerveza señalando la de ella, que es mi único truco.

Y entonces la miré.

Y ella me miró.

Y aquí es donde tengo que explicar una cosa sobre mi inglés.

Yo tengo doscientas palabras. Las he contado alguna vez. Más o menos, son doscientas. Son las palabras de las canciones, las de las series y las que se le quedan a uno después de haber trabajado ocho meses en una empresa donde había un jefe belga.

Con doscientas palabras se puede pedir. Se puede señalar. Se puede decir que sí y que no y que muchas gracias.

Con doscientas palabras no se puede ligar.

Le dije:

—Sorry. Your book. Is good?

Y ella levantó la vista, sonrió con educación y me contestó en inglés.

Me contestó despacio, porque se ve que se dio cuenta enseguida, y aun así me soltó cuatro frases seguidas de las cuales yo entendí «yes», «about» y una palabra que resultó ser «arquitectura» y que tardé cuarenta segundos en colocar.

Se llama Femke.

Femke. Yo estuve dos días diciéndolo mal. Mi padre estuvo diez.

Es de allí, de la ciudad, y trabaja restaurando esas casas del canal, las torcidas, las que están todas apoyadas unas en otras como borrachos en una foto.

Y cuando le dije, señalando por la ventana, que las casas estaban torcidas —que se lo dije así: «houses.

Not straight»—, ella se puso a explicarme durante seis minutos por qué están torcidas, con las manos, dibujando en el aire los postes de madera que hay debajo de las casas.

Al parecer, el suelo es todo barro y la ciudad entera se sostiene sobre troncos clavados en él.

Yo entendí un treinta por ciento.

Y me lo pasé mejor que en los últimos tres años.

Estuvimos hora y media. Hora y media durante la cual yo hablé como un niño de cuatro años y ella tuvo la decencia de no corregirme ni una sola frase. Eso lo noté. Eso fue lo que me mató, si digo la verdad: que no me corregía. Que me dejaba terminar. Que esperaba.

Yo he estado con gente que hablaba mi mismo idioma y que no me dejaba terminar una frase.

En algún momento me preguntó qué hacía yo allí. Y yo le dije que mis padres, fifty years married, y ella dijo «ah, wow», y yo dije «yes. Big family. Eight», y ella se rio y dijo que ocho era mucha gente para un apartamento del canal, y yo dije «one bathroom», y se rio otra vez.

Y luego pasó lo otro.

Me preguntó, así, normal, si estaba contento de haber venido.

Y yo tenía doscientas palabras.

Y con doscientas palabras no se puede decir «he venido porque este año he visto a mi padre pararse en el rellano del segundo a mirar un buzón vacío para que no se le note que no puede subir del tirón, y porque un día me di cuenta de que llevo cuarenta y seis años esperando a que mi vida empezara y a lo mejor lo que ha empezado es otra cosa».

Eso no cabe.

Así que dije:

—My father is old.

Y me quedé callado.

Y ella también.

Y luego dije, porque me salió y porque no tenía nada mejor:

—I come for that.

Había venido por eso. Porque mi padre se estaba haciendo mayor y yo empezaba a entender que no podíamos seguir dejando las cosas para más adelante.

Y en cuanto lo dije quise meterme debajo de la barra.

Porque eso, en español, yo no lo he dicho nunca. Ni a mi hermana, que me lo preguntó directamente por teléfono y yo le contesté con un chiste. Ni a mis padres. Ni a mí mismo, la verdad, con todas las letras.

Y lo acababa de soltar en una barra, en un idioma que no sé, delante de una señora que no me conocía de nada, porque no tenía palabras suficientes para disfrazarlo.

Esa es la trampa del inglés malo. Que no puedes adornar. Solo te sale lo que es.

Femke no dijo «oh, lo siento» ni puso esa cara. Se quedó un momento mirando la cerveza y luego dijo una frase larga de la que yo pillé el final, que era algo así como «entonces está bien que estés aquí».

Y le dije que sí. Yes.

Y luego, porque soy quien soy y porque el momento llevaba ya nueve segundos, le pregunté si le gustaba el jamón, que teníamos jamón en casa.

Que en inglés se dice «ham», por cierto. Yo dije «jamón», con la jota, tres veces, cada vez más alto.

Ella me dijo que no sabía lo que era eso.

Y yo pensé: aquí tengo diez días.