Familia numerable (Trilogía completa) 13. El tabique
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13. El tabique

(Marta)

Álvaro se durmió a los cuarenta segundos.

Los conté. Estaba mirando el techo y los conté, porque llevo veintiún años viendo a ese hombre dormirse a los cuarenta segundos de cualquier cosa —de una mudanza, de una discusión, de un ingreso hospitalario— y nunca he conseguido que me explique cómo lo hace, porque para explicarlo tendría que estar despierto.

Yo, no.

Yo tenía en la cabeza una hoja de cálculo. Es literal. Yo veo la hoja. Tiene columnas.

Ciento noventa y cuatro euros la primera cena.

Y no los pagué yo.

Esa era la parte que llevaba masticando desde el italiano. Cuando mi marido me preguntó en la habitación qué me pasaba, no supe explicárselo sin sonar horrible, así que le dije que me dejara en paz. No me arrepiento, porque se durmió a los cuarenta segundos igualmente.

Voy a explicarlo aquí, que es donde se pueden explicar estas cosas.

Mi padre sacó un sobre.

Un sobre blanco, de esos de carta, doblado por la mitad, con los billetes dentro.

Y yo sé lo que significa ese sobre porque lo he visto toda mi vida.

En ese sobre va lo que hay . Mi padre trabajó cuarenta años en un banco y no se fía de las tarjetas ni de los teléfonos ni de nada que no se pueda contar dos veces encima de una mesa.

Antes de un viaje se sienta, calcula lo que va a hacer falta, lo saca, lo mete en un sobre y ese es el dinero que hay.

Yo no sé cuánto había en ese sobre. Pero sé cómo calcula mi padre, porque me enseñó él, y sé que había calculado diez días.

Y el primer día se fueron ciento noventa y cuatro euros.

Eso es lo que yo estaba haciendo en aquella mesa cuando mi marido decidió que yo me había puesto de mal humor: estaba dividiendo. Estaba viendo cómo el sobre de mi padre se quedaba sin nueve días.

Y no pude decir nada, porque si le digo algo delante de todos lo dejo en ridículo y porque él lo hizo exactamente para que nadie dijera nada. Mi padre no invita: mi padre cierra conversaciones.

O sea que me lo comí. Como todo.

La casa de noche sonaba rarísima.

En Valencia, en julio, por la noche se oyen los aires acondicionados, algún cubo de basura y a los del bar de abajo. Allí se oía el agua. El canal hace un ruido pequeñito, constante, de agua tocando piedra, y de vez en cuando pasaba una barca a horas absurdas y la casa entera crujía.

A las dos y algo pasó un grupo de chicos cantando por la calle. Cantaban muy bien, además, cosa que me pareció injusta.

Y el nórdico.

No había sábana encima. Solo un edredón nórdico metido en una funda, sin nada debajo, que es como duerme, al parecer, toda la Europa que está por encima de los Pirineos.

Yo me pasé media noche con el brazo fuera y medio cuerpo asado, en una ciudad a diecisiete grados, discutiendo mentalmente con un país entero sobre la utilidad de la sábana de arriba.

A las tres menos cuarto me levanté para ir al baño.

Y ahí descubrí que el pasillo de aquella casa, de noche, a oscuras y con el suelo crujiendo bajo los pies, es un acto de fe.

Al volver me paré.

Me paré porque nuestra habitación y la de mis padres comparten tabique, y el tabique de aquella casa era de papel de fumar, y se oía hablar.

Se oía hablar bajito. Los dos.

Yo tengo cuarenta y tres años. Llevo cuarenta y tres años sabiendo que mis padres son dos personas, en teoría. En la práctica mis padres son mis padres, que es una categoría distinta, y a mí, hasta esa noche, nunca se me había ocurrido que hablaran entre ellos cuando no hay nadie.

Hablaban de las almohadas. Mi madre decía que eran muy altas. Mi padre decía que se podía doblar la de abajo. Mi madre decía que entonces se quedaba igual de alta.

Estuvieron con las almohadas un rato largo.

Luego mi madre dijo algo de la escalera y mi padre dijo algo que no oí, y mi madre se rio.

Se rio bajito, dos veces, con la boca cerrada.

Y yo, en aquel rellano, en calcetines, a las tres menos cuarto de la mañana, me di cuenta de que no había oído a mi madre reírse así nunca. Nunca. Mi madre se ríe mucho, mi madre se ríe todo el rato, pero se ríe hacia fuera , para que la fiesta siga, para que nadie se quede solo con su chiste.

Aquello era otra cosa. Aquello no era para nadie.

Y luego se quedaron callados un rato, y yo debería haberme ido, y no me fui.

Y mi madre dijo:

—Ernesto.

—¿Qué?

—¿Te ha gustado volar?

Mi padre tardó en contestar. Tardó tanto que yo pensé que se había dormido y estuve a punto de moverme.

Y luego dijo:

—Mucho.

Nada más.

Una palabra, en voz muy baja, a las tres menos cuarto de la mañana, a más de mil kilómetros de su casa, en un cuarto alquilado, a la única persona del mundo a la que se lo iba a decir.

Yo me quedé allí de pie hasta que pude volver a respirar sin hacer ruido. Luego me metí en la cama con el brazo fuera del nórdico y no dormí nada.

Antes de acostarme me asomé a la ventana.

Enfrente, al otro lado del canal, seguía encendido el comedor del hombre aquel. Eran casi las cuatro. Estaba dormido en un sillón con la tele puesta y el gato encima de la mesa, y se veían la lámpara, la estantería y hasta el color del sofá.

Toda su vida en un escaparate. Sin una cortina.

Y yo, que llevaba cuarenta y tres años creyendo que conocía a mis padres, acababa de enterarme aquella noche, a través de un tabique, de que mi madre se ríe de otra manera cuando no la ve nadie.

Nosotros sí tenemos persianas.

Igual ese es el tema.