Familia numerable (Trilogía completa) 12. La cocina cierra
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12. La cocina cierra

(Álvaro)

La primera cena la organicé yo, y voy a contarla entera porque se ha establecido una versión que no es exacta.

Yo tenía un sitio. Lo había mirado. Lo tenía guardado en el móvil desde hacía tres semanas, con las fotos, las opiniones y todo: uno de esos locales con vigas de madera, a diez minutos andando, comida de allí, precio razonable, cuatro coma tres.

Salimos de casa a las nueve.

Las nueve, que en Valencia es una hora normal para pensar en cenar. De hecho, es pronto. En mi casa, a las nueve todavía no está puesta la mesa.

Bajamos los ocho por aquella escalera —diez minutos solo para bajar, con la rodilla de mi suegro y el carrito de Nico, que hubo que llevar en brazos; el carrito, no el niño—, salimos al canal y anduvimos los diez minutos bajo esa lluvia que no moja pero cala.

Y estaba abierto. Que quede claro: el sitio estaba abierto.

Entramos. Había gente bebiendo. Todo iluminado, todo funcionando. Y vino una chica muy alta, muy simpática, y nos dijo, en un inglés que se entendía perfectamente, que la cocina estaba cerrando y ya no aceptaban más pedidos.

Yo miré el reloj. Eran las nueve y veinticuatro.

Le dije que éramos ocho.

Y ella me dijo que sí, que lo veía.

Aquello formó parte de una salida de una hora y cuarto que se cuenta como si hubiera sido culpa mía.

Porque resulta —y esto no lo sabía nadie, ¿eh?

, que luego todos lo sabían— que en aquel país se cena a las seis.

A las seis de la tarde. A la hora a la que mis hijos meriendan.

A las siete y media hay familias enteras terminando el postre.

A las nueve y media las cocinas apagan los fuegos y a las diez y media la gente está en la cama.

Eso no lo ponía en ninguno de los sitios que miré. Y miré muchos.

Anduvimos.

Anduvimos por el canal buscando algo abierto, y cada tres minutos alguien decía «ahí», y ese ahí estaba abierto, pero solo servía bebida.

Mi suegra iba detrás de mí diciendo «Álvaro, hijo, con cualquier cosa nos apañamos», que es la frase más terrible que existe, porque significa exactamente lo contrario.

Mi hija dijo que se iba a desmayar. Nico se durmió en brazos de su madre y pesa catorce kilos. Bruno no dijo nada, pero es que Bruno no dice nada.

Y mi suegro iba el último, sin quejarse, andando sobre aquellos adoquines mojados con una rodilla que anuncia tormentas, y cada vez que yo me giraba para mirarlo él me hacía un gesto con la mano de que todo iba bien.

A las diez y cuarto encontramos un sitio.

Era un italiano.

Cruzamos media Ámsterdam y cenamos en un italiano regentado por egipcios, con las cartas plastificadas y fotos de los platos. Y quiero decir aquí, para que conste, que las pizzas estaban buenas y que nadie se murió.

Y en aquel italiano pasaron las dos cosas.

La primera fue lo de mi mujer.

Marta quería preguntar si tenían algo sin lactosa para Bruno. Cosa razonable.

Y Marta habla inglés. Habla mejor inglés que yo, que hablo el de los aeropuertos, y muchísimo mejor que su hermano, que habla el de las canciones. Marta lee artículos científicos de treinta páginas. Ha ido a congresos. Ha escrito cosas en inglés que yo no entendería ni traducidas.

Lo que pasa es que, cuando le toca hablar, le sale así:

— Excuse me, I would like to know whether it would be possible to determine if any of these dishes contain lactose, considering that my son has a certain degree of intolerance.

Todo seguido. Sin respirar. Con una frase metida dentro de otra.

El camarero se quedó un momento parado. No porque no la entendiera. Se notaba perfectamente que la había entendido a la primera, palabra por palabra, mejor de lo que me entiende a mí mi jefe.

Se quedó parado porque nadie le había pedido nunca una pizza así.

Y le contestó. Le contestó rápido, largo y con acento holandés: tres frases seguidas, señalando la carta y explicando lo del queso.

Y mi mujer, que había construido aquella frase perfecta, se quedó mirándolo con la boca un poco abierta.

Luego, ya de vuelta en el apartamento, me dijo una cosa que no se me ha olvidado:

—Yo puedo preguntar lo que quiera en inglés. El problema es que me contestan y yo no entiendo nada.

Y la segunda cosa fue lo de mi hija.

Porque cuando el camarero se estaba yendo, Marta lo llamó otra vez para pedir agua del grifo y dijo « wáter », con la a bien abierta, como lo pronunciamos aquí.

Y mi hija, desde el otro lado de la mesa, sin levantar la vista del móvil, dijo:

— Wóorer , mamá.

Delante del camarero.

Se hizo un silencio en aquella mesa que yo he vivido pocas veces en mi vida y ninguna con tan poca hambre de por medio.

Marta le dijo, muy tranquila, que muchas gracias.

Y Vega dijo que solo estaba ayudando.

Y Marta dijo que ya, que gracias.

Y ahí empezó una cosa que duró nueve días y que yo, personalmente, considero que se les fue de las manos a las dos.

Al final de la cena vino la cuenta.

Ciento noventa y cuatro euros.

Yo saqué la tarjeta. Y mi suegro me puso la mano sobre la mía.

Y sacó del bolsillo interior de la chaqueta un sobre blanco, de los de toda la vida, doblado por la mitad y con los billetes dentro. Se veía perfectamente que lo llevaba preparado desde Valencia.

Y pagó él. La primera cena. Los ocho.

Marta hizo un gesto y él la cortó con dos palabras. Marta se calló, y a mí me pareció que se ponía de mal humor. Se lo dije luego en la habitación y me pidió que la dejara en paz.

Yo creo que hice bien en dejarlo pagar. Un hombre de esa edad necesita hacer esas cosas, y quitárselo habría sido humillarlo delante de sus nietos.

Además, tampoco era tanto dinero, repartido entre ocho.

El caso es que salimos de allí a las once y veinte, contentos, y volvimos andando por el canal, con Nico dormido y mi suegra diciendo que menos mal que se había traído el jamón.

Un buen primer día, en general.

Yo no sé por qué luego se cuenta de otra manera.