11. Un baño
(Bruno)
APARTAMENTO. DATOS.
El cinco es el problema. Los demás son datos.
El reparto lo hizo mi madre de pie en el salón, con las maletas todavía sin abrir, y lo hizo deprisa, como hace ella las cosas cuando sabe que, si las piensa mucho, alguien va a protestar.
Los abuelos, en la habitación de dentro, que es la única con cama grande.
Mis padres, en la de al lado, con Nico en una cuna de viaje que había dejado el dueño del apartamento y que es como una jaula de tela.
Y en la tercera, mi hermana y yo. Dos camas pegadas, una ventana que da al canal y una puerta que no cierra del todo.
Mi hermana lo aceptó sin decir nada, lo cual me pareció muy raro, porque en casa ha llegado a discutir cuarenta minutos por dónde había dejado yo un vaso.
Y mi tío, en el sofá.
El sofá hay que describirlo. En las fotos de internet salía un sofá. Lo que había en el salón era un mueble estrecho, duro, de dos plazas y media, tapizado con una tela beige que raspaba, y mi tío lo miró, se sentó, se levantó, volvió a mirarlo y dijo:
—Perfecto.
Y durmió ahí nueve noches.
6. Mi tío mide 1,84. El sofá mide 1,60. Preguntarle cómo lo hace.
Ahora, el baño.
El baño de aquella casa era del tamaño del cuarto de las escobas de mi colegio. Yo lo medí también, a pasos, que es como se mide cuando no cabes para hacerlo de otra forma: dos pasos de largo y uno y medio de ancho desde la puerta.
Dentro había un váter, un lavabo pequeño y una ducha sin plato. La ducha era el suelo. O sea, no había una ducha: había un trozo del baño que hacía de ducha, con un desagüe en el suelo y una cortina de plástico, y cuando alguien se duchaba se mojaba el baño entero, incluido el papel.
Eso lo aprendimos el primer día. Quien lo aprendió primero fue mi padre y quien pagó las consecuencias fue todo el mundo.
Y el agua caliente se acababa.
No se enfriaba poco a poco, como en mi casa.
Se acababa. Había un calentador pequeño en la pared de la cocina, con una lucecita, y cuando cuatro personas se habían duchado seguidas, la quinta se duchaba con agua fría y ya estaba.
No servía de nada esperar, ni quejarse ni darle golpes al aparato, aunque mi padre hizo las tres cosas.
Así que la primera noche mi madre cogió un folio, un rotulador azul y un rollo de celo, y a las once y media hizo lo que ya sabíamos todos que iba a hacer.
El calendario del baño.
Otra vez.
Lo pegó en la puerta y lo dividió en franjas, con las horas escritas a mano y una raya para cada persona, exactamente igual que el del año pasado en casa. Lo hizo con la misma cara que puso entonces: la de estar haciendo algo por el bien de todos sabiendo que todos la iban a odiar durante un rato.
Mi hermana dijo que era «de locos».
Tenía asignados veinte minutos y protestó tanto que le dieron treinta, con lo cual demostró una cosa importante sobre esta familia que voy a escribir aquí y que ya sé que es verdad porque lo he comprobado varias veces:
7. En esta casa, quien protesta gana. El problema es que hay gente que no protesta nunca.
A mi abuelo le dieron el primer turno, a las siete y cuarto, porque mi madre dijo que él se levantaba pronto.
Y a mi abuelo nadie le preguntó si quería ser el primero.
Yo sí sé que no. En su casa se levanta a las seis y media, pero los diez días que estuvimos allí dejó pasar su turno y no salió de la habitación hasta que el pasillo se quedó vacío.
Estaba esperando a no tener a nadie detrás.
Al día siguiente, cuando volvimos de la calle, alguien había dibujado un delfín en una esquina del calendario, con bolígrafo azul.
Yo no fui.
Y en mi casa mi hermana ya había dibujado una vez el delfín del calendario, hacía un año, cuando estábamos todos muy raros y ella no quería hablar con nadie.
No dijo entonces que lo hubiera dibujado ella y tampoco lo dijo ahora. Pero yo tengo once años, no cinco.
Aquí voy a dejar la lista un momento, porque lo que viene no es un dato y no sé ponerle número.
Después de cenar el primer día me metí en la habitación de los abuelos a buscar el cargador de mi madre, que ella juraba haber dejado allí, y me encontré a mi abuelo sentado en una silla junto a la ventana.
Había extendido una toalla encima de la mesita.
Y sobre la toalla, en fila, ordenadas, estaban las piezas.
Las piezas de la radio. Todas. Los tornillos pequeños a la izquierda, las tres válvulas en el centro, el trozo de cable enrollado, el destornillador de mango naranja, la cosa esa marrón que no sé cómo se llama y que él siempre pone la última.
Exactamente igual que en su mesa camilla. En el mismo orden. En Holanda.
Habíamos llegado hacía seis horas.
Yo me quedé en la puerta y él levantó la cabeza. No se sobresaltó ni escondió nada, porque a él esto no le da vergüenza, y me dijo:
—El cargador está en la cocina.
Yo dije que vale y no me moví.
Y estuvimos así un rato, él sentado y yo de pie, sin decir nada, que con mi abuelo es una manera normal de estar.
Luego dijo:
—Aquí las mesas son más bajas.
Y siguió trabajando.
Yo me fui a la cocina a por el cargador y estuve buscándolo un rato largo, aunque lo había visto nada más entrar.
Por la noche, en la cama, saqué el cuaderno y usé como linterna el móvil de mi hermana, que me lo dejó sin que se lo pidiera, cosa que tampoco había pasado nunca.
Pasé de página. Empecé una nueva, sin número, y escribí:
El abuelo se ha traído la radio y la ha puesto igual que en casa. No la va a arreglar aquí. Aquí no tiene la pieza. Entonces no es para arreglarla.
Y debajo, después de estar un rato pensando:
Es para tenerla.
Y eso todavía no sé si es un dato.