10. Cincuenta y seis grados
(Vega)
Yo quería que fuera horrible.
Lo digo y no me arrepiento. Llevaba dos meses queriendo que aquel apartamento fuera horrible, oscuro, con humedades y con vistas a un muro, para poder mandar una foto al grupo y que Alba me dijera pobre, y para poder odiar el viaje entero con la conciencia tranquila.
Y entonces giramos una esquina y estaba el canal.
Un canal de verdad, con el agua quieta y verde, con las barcas amarradas, con los árboles pegados al borde, con las casas todas juntas, torcidas, altísimas y estrechas, cada una de un tono de ladrillo distinto, y unas farolas que ya estaban encendidas a las cuatro de la tarde porque el cielo era del color de una lavadora.
Y llovía un poco. Y aun así.
Odio decir esto, pero lo digo: era el sitio más bonito que yo había visto en mi vida.
Me quedé un momento parada, arrastrando la maleta por los adoquines, que es donde se te rompe una rueda —a mí se me rompió al segundo día—, y pensé en Gandía.
Pensé en el apartamento de los padres de Alba, con la persiana de plástico, el ventilador de techo y el olor a crema, que a mí me gusta muchísimo y que, en ese momento, mirando aquello, me pareció de repente una cosa muy pequeña.
Eso no se lo he dicho a nadie hasta ahora.
Luego subimos y se acabó la parte bonita.
Según mi hermano, que el segundo día se empeñó en calcularla con una aplicación del móvil porque no podía vivir sin saberlo, la escalera de aquella casa tenía una inclinación de cincuenta y seis grados respecto al suelo .
Cincuenta y seis grados de inclinación. Una escalera normal, de las de aquí, suele tener treinta y pocos.
Aquello no era una escalera. Era una escalera de mano con moqueta. Los peldaños tenían el ancho de un pie, no de dos, o sea que había que subir de lado, y en vez de barandilla había una cuerda gorda sujeta a la pared con unas anillas, como en un barco.
Y el apartamento estaba en el tercero.
Mi padre empezó a subir el primero, con dos maletas, diciendo «bueno, bueno, bueno» todo el rato, que es como avisa él de que algo lo supera y no piensa admitirlo. Hizo tres viajes. En el tercero se sentó en un escalón y dijo que era una cuestión de técnica.
Fue entonces, ya otra vez en la calle, cuando descubrió los ganchos.
Porque resulta que en la fachada, arriba del todo, encima de la ventana, hay un gancho de hierro con una polea. Todas las casas lo tienen. Es para subir los muebles por fuera, colgados, porque por la escalera no cabe ni una silla.
Mi padre se quedó mirando aquel gancho, con la boca un poco abierta, y dijo:
—Esto es lo más inteligente que he visto en mi vida.
Y luego dijo que en casa se podía poner uno.
Vivimos en una casa de Valencia. Da igual. Estuvo hablando del gancho ocho días.
Mi abuela subió despacio, agarrada a la cuerda con las dos manos y parando cada cuatro escalones. Cuando llegó arriba, dijo:
—Madre mía. Esto lo hacen para que no vengan visitas.
Y mi abuelo no subió.
O sea, sí subió. Pero no subió con nosotros.
Se quedó abajo, en el portal, diciendo que se quedaba con las maletas que faltaban, que ya subiría, que no corría prisa. Y todos le dijimos que vale porque todos entendimos y nadie dijo nada. En mi familia hacemos mucho eso y, hasta este viaje, yo creía que era normal en todas.
Yo lo vi mirar la escalera antes.
Se paró en el primer escalón, levantó la cabeza y la miró entera, hasta arriba. Cinco segundos. Con la misma cara con la que mira una factura.
Y entonces dijo lo de las maletas.
Mi tío estaba a mi lado y también lo vio.
Y a mí me pasó una cosa rara, porque mi tío Rodrigo es el más tonto de esta familia con diferencia.
Es un hombre de cuarenta y seis años que se hace fotos con el pulgar hacia arriba y, sin embargo, se quedó mirando a su padre en aquella escalera con una cara que yo no le había visto nunca.
No dijo nada. Cogió una maleta y se fue para arriba.
El piso, por dentro, era pequeño y estaba bien. Tres habitaciones, una cocina en el mismo salón, un baño. Un baño. Ya hablaremos del baño.
Y unas ventanas enormes.
Enormes de verdad, casi del suelo al techo, con los cristales divididos en cuadraditos y sin nada delante. Sin persiana. Sin visillo. Sin una triste cortina de esas de gasa que pone la gente para disimular.
Mi abuela se plantó delante y estuvo un rato callada.
Enfrente, al otro lado del canal, había otra fila de casas iguales y, como el cielo estaba muy oscuro y dentro tenían las luces encendidas, se veía el interior. Se veía todo. Se veía a un señor cenando. Se veía una lámpara naranja, una estantería, un cuadro y un gato subido a una mesa.
—Vega.
—Qué.
—Que se ve el comedor de esa gente.
—Ya.
—Que se les ve.
—Es que aquí no ponen cortinas, abuela. Lo he leído.
Mi abuela se quedó pensando y dijo, muy seria:
—Pues qué imprudencia.
Y ahí se acabó la conversación, pero no el asunto, porque durante los diez días siguientes la pillé mirando ese comedor cuarenta veces. Las cuarenta veces le pareció fatal y ninguna de las cuarenta dejó de mirar.
Yo bajé al rato a por mi mochila, que me la había dejado en el portal.
Había bajado apenas unos peldaños cuando vi a mi abuelo a mitad de la escalera, sentado en un escalón, con las dos manos sobre la rodilla.
No me vio.
Estaba de espaldas, tres o cuatro peldaños por debajo de mí, en la oscuridad, sentado en el borde, con la espalda muy recta y respirando de una manera que yo no le había oído respirar nunca a nadie de mi familia.
Y yo tenía dos opciones.
Podía bajar y preguntarle si estaba bien. Que es lo que se supone que hay que hacer y lo que habría hecho mi madre.
O podía volver arriba.
Volví arriba sin hacer ruido. Estuve un minuto entero en el rellano mirando el móvil sin mirar nada.
Y luego empecé a bajar otra vez, pero haciendo ruido. Mucho ruido. Dando pisotones y diciendo en voz alta «joder, qué escalera» para que me oyera.
Cuando llegué a su altura, mi abuelo ya estaba de pie y subía tan normal, agarrado a la cuerda. Se hizo a un lado para dejarme bajar y me dijo:
—Cuidado, hija, que esto está muy inclinado.
Y yo le dije que sí, que muchísimo.
Pero no pasé. Me di la vuelta. La mochila podía esperar.
Y subimos los dos.
Y no sé qué hice, si bien o mal. Pero sé que fue la primera vez en mi vida que le escondí algo a alguien para que no pasara vergüenza, y me acuerdo perfectamente de que pensé, en ese escalón: Ah, o sea que esto es lo que hacen ellos.