Familia numerable (Trilogía completa) 9. Nadie se lo pidió
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9. Nadie se lo pidió

(Marta)

Schiphol no es un aeropuerto. Schiphol es una provincia con techo.

Andamos veintidós minutos. Los conté, porque yo cuento cosas cuando estoy al borde de algo: un carrito, tres maletas de mano, un niño de dos años que quiere bajarse, una adolescente que camina detrás de todos como si nos hubieran presentado hace un rato y dos personas de setenta y tantos, una de ellas con una rodilla que no estaba para aeropuertos.

Yo iba buscando el control de pasaportes.

Y aquí es donde tengo que explicar una cosa que sabía perfectamente y que se me había olvidado que sabía.

No hay control de pasaportes.

Es Schengen. Valencia y Ámsterdam están dentro del mismo espacio fronterizo. Uno se baja del avión, anda veintidós minutos y sale directamente a recoger las maletas. No hay ventanilla. No hay cola. No hay un señor con un sello.

Es decir: habíamos hecho un montón de pasaportes y perdido un montón de días para nada. Para ese viaje nos bastaba con el DNI en vigor.

Mi padre llevaba el pasaporte en la mano desde que se apagó la señal del cinturón.

Lo llevaba en la mano derecha, cerrado, con el pulgar metido entre las páginas, por la mitad, para abrirlo rápido, que es como lleva la documentación en la ITV y en el ambulatorio. Y lo llevó así los veintidós minutos.

Yo lo vi. Y no le dije nada.

Le dije «por aquí, papá» dos veces, que es lo que se dice cuando una no sabe decir lo otro.

En la cinta de equipajes pasaron las cosas normales: tardaron veinte minutos en salir, la de mi hermano apareció antes que ninguna —un fenómeno físico que se repite en toda la familia y que él atribuye a su carácter— y mi madre se pasó todo el rato mirando a la gente.

Eso hay que decirlo. Mi madre, en un aeropuerto extranjero, no miraba los carteles ni las tiendas. Miraba a las personas. Una por una, con un descaro absoluto, como se mira en un pueblo.

—Hija.

—¿Qué?

—Es que son muy altos.

—Ya.

—No, Marta. Es que son muy altos.

Y tenía razón, por cierto. Es un dato objetivo y a mí me impresionó tanto como a ella. Lo que pasa es que yo tengo cuarenta y tres años y ya he aprendido a fingir que las cosas no me impresionan, que es la única cosa que sé hacer mejor que mi madre.

Luego salimos.

Y ahora viene el asunto de los diecisiete grados.

Salimos por unas puertas automáticas enormes y al otro lado había un mundo gris, con viento y diecisiete grados. Lloviznaba de esa manera que no llega a parecer lluvia, pero te va empapando por acumulación.

Nosotros veníamos de Valencia. Cuando salimos de casa a las cinco de la mañana, hacía veintisiete grados. A las cinco de la mañana. Al mediodía iban a ser treinta y seis.

Íbamos ocho personas en manga corta.

Ocho no. Siete.

Bruno llevaba un jersey.

Y este niño, que tiene once años y llevaba desde el 8 de julio diciéndolo en la mesa, en el coche y en el grupo de WhatsApp, y al que su padre le explicó que las aplicaciones del tiempo exageran para cubrirse y su hermana le dijo que era muy negativo, no dijo absolutamente nada.

Ni una palabra. Ni una cara.

Se subió la cremallera del jersey hasta arriba y esperó.

Mi hija, en cambio, dijo:

—Bruno lo dijo.

Y mi marido contestó:

—Bueno, es que esto es un frente pasajero.

Un frente pasajero. Duró ocho días.

Compré tres sudaderas con tulipanes estampados para mis padres y para Nico, a veinticuatro euros cada una, en una tienda del aeropuerto que se llamaba algo con «Holland».

Era eso o que mi madre cogiera una pulmonía el primer día.

Setenta y dos euros. La primera compra del viaje, y fue ropa de abrigo en julio.

Lo apunté en el móvil. Llevo una hoja de cálculo. No quiero hablar de la hoja de cálculo.

El tren a la ciudad sale de debajo del propio aeropuerto y funciona.

Eso hay que decirlo también, porque luego contamos solo los desastres: funciona.

Compramos los billetes en una máquina que estaba en inglés y en holandés; mi hija pulsó la bandera del Reino Unido antes de que yo llegara siquiera a la pantalla y, en cuarenta segundos, teníamos ocho billetes.

Yo iba preparada para pelearme con esa máquina. Llevaba dos días preparándome mentalmente para pelearme con esa máquina.

Fue humillante lo poco que costó.

En el tren nos sentamos donde pudimos, repartidos otra vez. Yo acabé enfrente de mis padres, con Nico encima y catorce bultos apilados a un lado. Álvaro los colocó formando una estructura que llamó «el muro» y que se cayó dos veces.

Por la ventanilla se veía todo verde y todo plano. Muy plano. Tan plano que a mí me puso un poco nerviosa, sin saber por qué, y que a mi madre le pareció estupendo porque, según dijo, «así se ve venir a la gente».

Y pasó un tren de bicicletas por al lado. No un tren: una fila. Una fila de gente en bicicleta a las tres de la tarde de un jueves, con impermeable, pedaleando bajo la lluvia con una normalidad absoluta.

Mi marido se pegó al cristal.

Yo vi cómo se le encendía una idea en la cara y supe, con una certeza física, en ese preciso instante, en ese vagón, que esa idea nos iba a costar dinero.

Pero de eso hablaremos mañana.

Lo que quiero contar de aquel trayecto es otra cosa.

Mis padres iban enfrente de mí. Mi madre, con el bolso encima de las rodillas, agarrado con las dos manos, miraba por la ventanilla y comentaba el paisaje como si el paisaje pudiera oírla.

Y mi padre estaba a su lado, callado.

Con el pasaporte todavía en la mano.

Habían pasado casi tres horas desde que aterrizamos.

Nadie se lo había pedido. Nadie se lo iba a pedir en diez días, porque allí no hacía falta, porque seguíamos dentro del mismo espacio aunque estuviéramos a dos mil kilómetros y aunque él se hubiera sacado aquel pasaporte a los setenta y tres años, por primera vez en su vida.

Y ahí estaba, cerrado, en su mano derecha, con el pulgar metido por la mitad.

Preparado.

Yo no le dije que no se lo iba a pedir nadie.

Se lo tenía que haber dicho. O no. Todavía no lo sé.