Familia numerable (Trilogía completa) 8. Lo que se ve desde arriba
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8. Lo que se ve desde arriba

(Carmen)

Yo lo que quería era ir en el pasillo.

No por nada. Porque en el pasillo una se levanta cuando quiere y no tiene que molestar a nadie, y a mi edad eso importa más de lo que la gente cree.

Pero los asientos los repartió mi hija con un papel y unos números, y a mí me tocó en medio, entre mi marido y una señora holandesa muy grande que ya dormía antes de despegar y que durmió prácticamente las dos horas y cuarto, sin moverse, con una manta encima, como una montaña con manta.

Mi marido en la ventanilla. Yo en el medio. Y el resto de mi familia repartida por todo el avión como si nos hubieran tirado desde arriba.

Voy a contar esto lo mejor que sepa. Yo no soy de contar cosas. En mi casa la que cuenta las cosas es mi hija, que además las cuenta con gracia. Yo lo que hago normalmente es estar delante mientras pasan.

Pero es que esto lo vi yo sola.

Cuando el avión empezó a correr por la pista, mi marido puso las dos manos encima de las piernas. Así, planas. Como cuando espera en el médico.

Y no las movió.

Yo lo miré de reojo, que es como llevo mirándolo casi cincuenta años, y le vi la mandíbula apretada y que no respiraba bien.

Entonces le puse la mano encima de la suya, y él no me la cogió, pero tampoco la quitó.

La dejó ahí debajo. Que en él es lo mismo que un abrazo, aunque a la gente joven eso hay que explicárselo.

Y despegamos.

Ahora tengo que contar una cosa que, de los que íbamos en ese avión, solo sabíamos él, mi hija Marta y yo.

Mi marido quería ser piloto.

No es una manera de hablar. Lo quería de verdad.

Cuando éramos novios, en 1968, me lo dijo una tarde en el paseo, muy serio, como quien confiesa un delito.

Yo me acuerdo perfectamente de lo que llevaba puesto ese día y de que me pareció el hombre más raro del mundo, porque en mi barrio nadie quería ser nada. En mi barrio se era lo que salía.

Él había ido a preguntar. Eso es lo que a mí me impresionó. No es que lo soñara: es que había ido a preguntar. Sabía dónde había que ir, cuánto costaba y cuántos años eran.

Y costaba lo que no teníamos.

Después su padre se puso malo, y luego se murió, y luego estábamos casados, y luego llegó Rodrigo. Y un día entró en el banco a trabajar por unos meses, mientras salía otra cosa.

Cuarenta años estuvo dentro de aquel banco.

Yo no le he oído quejarse ni una vez. Ni una.

Y quiero que se entienda bien lo que digo, porque es fácil oír esto y pensar «pobre hombre», y a mí eso me da mucha rabia.

Mi marido no es un pobre hombre. Mi marido decidió, y en aquellos años decidir era eso: elegir lo que había.

Lo que pasa es que hubo un momento, y yo sé cuál fue, en que dejó de hablar del asunto.

Fue en el setenta y seis. No hizo nada especial. Simplemente ya no volvió a nombrarlo.

Casi cincuenta años casada, y de las cosas que sé de ese hombre, esa es la que más me pesa. Que yo estaba delante el día que se calló.

Bueno. Que estábamos volando.

Yo pensaba que se notaría más. La gente lo cuenta como si fuera algo extraordinario, y en realidad va una sentada en una silla, con un ruido de fondo, igual que en el autobús a Alicante, pero con más ruido y más caro.

Lo que sí me impresionó fue lo de las nubes. Que estén debajo. Eso no me lo esperaba, y mira que lo he visto en la televisión mil veces. Es distinto tenerlas debajo. Una se pasa la vida mirando las nubes hacia arriba y, de repente, están ahí abajo, quietas, como un campo, y una piensa: pues anda.

Y entonces pregunté yo la cosa.

La pregunté en voz baja, a mi marido, porque no soy tonta y ya me imaginaba que no era una pregunta muy lista. Pero la pregunté igual, y mi nieta Vega estaba en la fila de atrás y lo oyó, y en esta familia eso ya no se arregla.

Le dije:

—Ernesto. ¿Y desde aquí se ve París?

Él tardó un poco. Miró por la ventanilla, la primera vez que lo hacía en todo el viaje, volvió a mirar al frente y me dijo:

—No sé, Carmen.

Y luego añadió:

—A lo mejor.

Y eso es lo bueno de este hombre. Que en casi cincuenta años no me ha dejado en ridículo delante de nadie ni una sola vez, ni cuando me lo merecía.

Mi nieta lo va a contar en las comidas hasta que se muera.

Y que lo cuente. Yo he entendido una cosa que a lo mejor ellos no entienden: nosotros llevamos toda la vida diciendo «el extranjero» como si fuera un sitio.

Un sitio grande, ahí arriba, donde se habla raro.

Y cuando una lleva setenta y dos años pensando que es un sitio, es muy difícil que de repente sean cuarenta países.

A mí lo de París no me daba vergüenza. Lo que me daba vergüenza era no saber lo que no sabía.

Antes de aterrizar pasó lo otro.

Cuando la señora holandesa se despertó y se levantó a estirar las piernas, aproveché el hueco para levantarme yo también. Al pasar unas filas más atrás, vi a mi nieto Bruno.

Iba con el cinturón puesto y las manos debajo de la mesita, escondidas, como si estuviera haciendo algo malo.

Y lo que tenía en las manos era el avión.

El avión de metal. El de mi marido. El que tenía él de crío y que llevaba veinte años metido en una caja, los últimos en la buhardilla, con el ala doblada de un golpe que le dio su hermano cuando eran niños y que ya nunca se le quitó.

Yo sabía que Bruno se había quedado con él después de lo de las cajas mojadas. Lo que no sabía era que se lo había traído.

Y ahí estaba, en las manos de un niño de once años, a diez mil metros, mientras su abuelo iba tres filas más adelante, subido en uno de verdad por primera vez.

No le dije nada. Le puse la mano en la cabeza al pasar, como se la pongo siempre, y seguí andando al baño. Allí me estuve más rato del que hacía falta.

Cuando volví a mi sitio, mi marido seguía mirando al frente.

Casi todo el vuelo mirando al frente. Un hombre que quiso volar y que solo había girado la cabeza hacia la ventanilla unos segundos, para no dejarme en ridículo.

Y ya al final, cuando la azafata anunció el descenso y el avión se inclinó un poco, mi marido se volvió despacio hacia la ventanilla y se quedó mirando.

No dijo nada. No dice nada nunca.

Pero yo lo tengo visto en la iglesia, en el hospital cuando nació Rodrigo y en el entierro de su padre, y sé perfectamente qué cara pone este hombre cuando algo le está pasando por dentro y no piensa contarlo.

Y voy a decir una cosa aquí y no la voy a repetir.

Cuando el domingo dije lo de los tulipanes, en la puerta de la cocina, con los platos en la mano, fue porque era lo único que se me ocurrió que sonara a motivo.

Yo no quería ver tulipanes.

Yo quería ver a mi marido subido en un avión antes de que fuera tarde.

Y ya lo he visto.

Todo lo demás son diez días de vacaciones.