Familia numerable (Trilogía completa) 7. Manises, seis de la mañana
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7. Manises, seis de la mañana

(Vega)

El vuelo salía a las diez y veinte.

Mi padre nos hizo estar en el aeropuerto a las seis.

No voy a discutir eso ahora porque ya lo discutí entonces, durante veinte minutos, en un chalet de mi cabeza donde yo tenía razón y todo el mundo estaba de acuerdo conmigo. En el mundo real me levanté a las cuatro y media.

Salimos en dos coches. En el mío iba mi padre, que llevaba puesta una riñonera.

Una riñonera. Mi padre llevaba veinte años sin ponerse una y decidió que salir de España era un motivo para recuperarla.

Además, la llevaba por delante, como los guiris que vienen aquí, que es lo que éramos ahora, supongo, aunque yo todavía no lo había asimilado a las cinco y cuarto de la mañana.

En Manises, a las seis, hay una temperatura muy rara. Ya hace calor, pero todavía no ha salido el sol, y todo el mundo está pálido y de mal humor menos mi padre, que se bajó del coche, respiró hondo y dijo:

—¿Olé o qué?

Nadie contestó.

Facturamos en cincuenta minutos porque delante había un grupo de sesenta personas que iban a Roma con una parroquia.

Mi abuela se puso a hablar con una señora del grupo y, en cuatro minutos, ya sabía dónde vivía, cuántos hijos tenía y que la habían operado de una cosa.

Mi abuela hace esto. Mi abuela entra en un sitio y sale con biografías.

Y luego fue el control.

Voy a contarlo bien porque los demás lo van a contar mal el resto de su vida.

Primero: mi abuela y el Agua del Carmen.

Mi abuela se llama Carmen y lleva siempre en el bolso un frasquito de Agua del Carmen, una cosa que huele a hospital antiguo y que se toma para la digestión y para los sustos. En su cabeza no es un líquido, sino una medicina; o sea, otra categoría de la realidad.

El chico del control le dijo que eran ciento cincuenta mililitros y que el máximo eran cien.

Mi abuela le dijo, muy amable:

—Pero, hijo, si es del Carmen.

Y el chico dijo que lo sentía. Y ella dijo que, si quería, lo probaba él.

Y el chico dijo que no hacía falta. Y ella dijo que le iban a dar los sofocos en el avión.

Y el chico, que tendría veintitrés años y una vida por delante, la miró con esa cara de quien está descubriendo en directo el límite de su formación.

El Agua del Carmen acabó en una papelera del aeropuerto de Manises. Mi abuela se lo tomó a la tremenda y estuvo cuarenta minutos diciendo que menos mal que no había metido el aceite.

Segundo: mi abuelo y el cinturón.

—Señor, el cinturón.

—No.

Así. Directamente no.

Mi madre se acercó.

—Papá, hay que quitárselo.

Y mi abuelo dijo, sin mover un músculo de la cara, que no se lo quitaba porque sin el cinturón se le caían los pantalones.

Y aquí está la cosa: tenía razón . Se lo quitó, empujado por la vergüenza colectiva de siete personas, y se le cayeron. No del todo. Lo justo. Lo justo es peor.

Mi abuelo, que es un hombre que en setenta y tres años no ha levantado la voz, cruzó el arco detector de metales sujetándose los pantalones con las dos manos y con una expresión de dignidad tan absoluta que a mí me entraron ganas de pegarle a alguien.

Y el arco pitó igual.

Tercero: la radio.

Esto es lo gordo.

Yo no sabía que mi abuelo se llevaba la radio. Bruno sí, porque lo había visto meterla en la maleta grande, aunque eso me lo contó después.

En algún momento entre aquella noche y las seis de la mañana, mi abuelo la sacó de la maleta facturada y la metió en la bolsa de mano. Solo. Sin decírselo a nadie.

Entonces la bolsa de mi abuelo pasó por el escáner y la cinta se paró.

La cinta se paró y no volvió a arrancar enseguida, que es una cosa que no habéis visto nunca hasta que os pasa a vosotros, y entonces os aseguro que la notáis.

Vino uno, vino otro, señalaron la pantalla, se llamaron por el nombre, y en la imagen se veía, con toda claridad, un aparato lleno de cables y piezas metálicas envuelto en dos toallas.

Nos apartaron a un lado. A los ocho.

Y mi abuelo tuvo que abrir la bolsa delante de todo el mundo, encima de una mesa de acero, mientras la parroquia de Roma pasaba por detrás mirando.

Entonces le preguntaron qué era aquello.

Y ahí pasó una cosa que yo no me esperaba y que no se me ha olvidado.

Mi abuelo intentó explicarlo. Y no pudo.

Y no era por el idioma, ¿eh? Estábamos en Valencia. El del control era de Torrent. Todos hablábamos exactamente el mismo idioma.

Mi abuelo empezó a decir que era una radio, que la estaba arreglando y que le faltaba una pieza.

A mitad de frase se dio cuenta de cómo sonaba aquello y se calló.

Se quedó allí de pie, con las manos apartadas de la mesa, como le habían indicado, delante de un aparato destripado que llevaba treinta años sin funcionar y sin ninguna manera de explicar por qué se lo llevaba a Holanda.

Porque no hay manera. Yo lo he pensado mucho después. No hay ninguna manera de decir eso en voz alta y que no suene raro.

Al final mi madre se metió por medio y dijo que era una radio antigua, de coleccionista. Lo dijo con esa voz suya de dar una explicación técnica, los del control se miraron, uno se encogió de hombros y dejaron pasar la radio.

Cuando le devolvieron la bolsa, mi abuelo volvió a envolverla en las toallas, despacio, sin que le temblara nada, cerró la cremallera y le dijo al chico del escáner:

—Muchas gracias. Muy amable.

Muy amable. Al tío que acababa de hacerle desnudar su radio delante de sesenta personas de una parroquia.

Yo no conozco a nadie de mi familia capaz de decir eso con esa cara.

Estábamos ya sentados en la puerta de embarque. Faltaban más de dos horas porque mi padre es como es. Entonces miré a mi abuela.

Estaba a mi lado. Había sacado la libreta de las flores del bolso y la tenía abierta sobre las rodillas, tapada un poco con la mano.

Repasaba mis cuatro frases moviendo los labios, sin emitir sonido.

Y yo, que soy tonta, había pensado todo este tiempo que aquello era para Ámsterdam.

No era para Ámsterdam. O no solo.

Mi abuela llevaba veinte minutos viendo a dos hombres uniformados hurgar en las cosas de su marido, y lo que estaba repasando, con el dedo debajo de la línea, era la cuarta.

La que eligió ella.