6. Diecisiete grados
(Bruno)
La semana de las maletas, mi madre puso una hoja en la nevera.
La hoja tenía ocho columnas, una por persona, y en cada columna ponía lo que tenía que llevar esa persona. Debajo, con rotulador rojo, ponía: NADIE AÑADE NADA SIN DECÍRMELO.
Esa frase estaba subrayada dos veces. Yo he contado ocho cosas que pasaron aquella semana. Cinco importan. Voy por orden otra vez, que si no me lío.
MALETAS. LO QUE PASÓ.
Uno. El 8 de julio por la mañana miré el tiempo de Ámsterdam para los diez días, lo apunté y bajé a decirlo.
—Diecisiete grados. Y llueve cuatro días.
Y mi padre dijo:
—Anda ya.
Mi madre, que estaba doblando camisetas, dijo:
—Bruno, cariño, es julio.
Y mi hermana, que estaba en el sofá, añadió:
—Tú es que eres muy negativo.
Yo no soy negativo. Yo lo había mirado en tres sitios.
Lo volví a decir en la comida y mi padre me explicó que las aplicaciones del tiempo exageran para cubrirse, que es otra de las cosas que se inventa mi padre. Luego dijo que en julio Europa es Europa, que yo no sé lo que significa eso, y se acabó la conversación.
En mi maleta metí un jersey. Solo yo. En la de nadie más había uno.
RECORDAR ESTO. (Es importante para luego.)
Dos. Mi abuela llegó el 8 de julio por la tarde con una bolsa de tela azul. Dentro llevaba dos paquetes de jamón envasado al vacío, un chorizo entero, una lata de mejillones, magdalenas de las de la panadería de abajo, cuatro sobres de sopa y una botella pequeña de aceite.
Mi madre se quedó mirando la bolsa como se mira un accidente.
—Mamá. Que hay comida.
—Ya sé que hay comida.
—Que allí hay supermercados.
—A saber lo que venden.
—Venden comida, mamá. Es Holanda, no es la luna.
Y mi abuela dijo la frase que dice siempre, que es la frase con la que ha ganado todas las discusiones de su vida:
—Por si acaso.
El aceite no pasó la inspección de mi madre.
La botella superaba los cien mililitros y, para llevarla en el equipaje de mano, eso era demasiado; meterla en una maleta facturada tampoco le parecía buena idea porque podía abrirse.
Estuvieron veinte minutos discutiendo si el aceite era un líquido.
Mi abuela decía que el aceite es aceite.
Mi padre se puso de su parte, no por convencimiento, sino porque estaba aburrido.
Al final el aceite se quedó en casa y mi abuela lo mencionó tres veces más durante los diez días siguientes, cada vez que una comida le pareció cara.
El jamón sí fue. El jamón siempre va.
Tres. Mi padre compró un aparato para pesar maletas. Es como un gancho con una pantalla y tienes que levantar la maleta con el brazo. Pesó las ocho maletas. Tardó una hora y cuarenta minutos, se hizo daño en la espalda y descubrió que tres se pasaban de peso.
Entonces empezó la parte de sacar cosas.
En ese proceso no salió ni un solo alimento de ninguna maleta.
Salió el secador de mi hermana, que provocó una escena que duró de las nueve y media a las diez y cuarto.
Salieron dos libros míos. Salió una plancha del pelo, que no era de mi hermana, sino de mi madre, cosa que mi hermana señaló en voz muy alta.
De la maleta de mi abuelo no salió nada, porque nadie se acordó de revisarla.
Cuatro. Y ahí fue cuando pasó lo otro.
Yo estaba en casa de los abuelos el 9 de julio por la noche porque me quedé a cenar. Mi abuela estaba con mi madre en la cocina, discutiendo lo del aceite otra vez.
Y mi abuelo estaba en el cuarto de atrás, con la maleta abierta encima de la cama.
Yo lo vi desde la puerta. No entré.
Mi abuelo cogió la radio.
La radio esa suya, la de la mesa camilla, la que lleva arreglando desde que yo tengo memoria y desde bastante antes, según mi madre. No la lleva arreglando como se arregla una cosa. La lleva arreglando como quien tiene una planta.
La envolvió en una toalla. Luego en otra. La puso en el centro de la maleta y colocó la ropa alrededor, apretando con los dedos por los lados, como cuando colocan los cacharros en una caja de mudanza.
Y luego sacó del bolsillo de la camisa un papel doblado en cuatro y lo metió dentro de la toalla, junto a la radio.
Yo no sé lo que ponía en el papel. Estaba doblado y yo me encontraba a unos seis metros. Lo único que alcancé a ver es que era pequeño y que tenía escritas dos o tres líneas, y que mi abuelo lo miró un momento antes de meterlo, como se mira una cosa que ya te sabes de memoria, pero miras igual.
Y entonces levantó la cabeza y me vio.
Yo pensé que me iba a decir algo. Que me iba a explicar para qué se lleva un hombre de setenta y tres años una radio rota a otro país en un avión.
No me explicó nada.
Se quedó un momento callado, cerró la maleta, le dio dos palmadas por encima y dijo:
—Tú no has visto nada, ¿eh?
Y sonrió un poco. Con la mitad de la boca. Como sonríe él.
Y yo dije que vale.
Bajé al comedor, me senté en el sofá con el cuaderno y escribí:
10. El abuelo se lleva la radio.
11. Y un papel.
12. No he visto nada.
Eso último lo escribí y luego estuve un rato mirándolo, porque es mentira, y en el cuaderno yo no pongo mentiras.
Pero es que tampoco es exactamente mentira.
Yo lo vi. Lo que pasa es que no lo entendí.
Y en mi cuaderno, cuando ves una cosa pero no la entiendes, todavía no cuenta como que la sabes.
Cinco. Esto no lo he contado y es lo último.
Yo también metí una cosa que no estaba en la hoja de la nevera.
En el bolsillo exterior de mi mochila, envuelto en un calcetín, va un avión de juguete. Es de metal, es antiguo, pesa más de lo que parece y tiene un ala doblada hacia abajo desde antes de que yo naciera.
Lo tengo desde el año pasado, desde el día de las cajas mojadas. Es del abuelo. Yo dije que se le podía arreglar el ala y él dijo que claro que se podía, y luego pasó todo lo que pasó aquel año y ya no volvimos a hablar de eso.
He intentado arreglarlo tres veces: con los dedos, con unos alicates de mi padre y con un destornillador pequeño. Está mejor que antes, pero sigue torcido.
No se lo he dicho a nadie. Ni a mi madre.
13. Yo tampoco.
Eso es lo que escribí debajo, y creo que se entiende, pero por si acaso lo explico: quería decir que yo tampoco había visto nada y que a mí tampoco me había visto nadie.