Familia numerable (Trilogía completa) 5. El octavo
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5. El octavo

(Marta)

Mi hermano escribió al grupo el veintiséis de junio a la una y cuarto de la madrugada. El mensaje entero decía:

«voy»

Tres letras. Sin mayúscula, sin punto, sin contexto y sin la menor consideración por el hecho de que las personas adultas de este grupo tenemos despertadores puestos a las seis y cuarenta.

Lo leí a las siete menos diez, en la cocina, antes que nadie, y me quedé mirándolo con la taza en la mano, intentando decidir si estaba emocionada o si quería matarlo. Todavía no lo he decidido. Llevo así con mi hermano desde 1983.

Porque hay que entender una cosa. Rodrigo no estaba invitado.

Eso suena fatal. Voy a explicarlo mejor: Rodrigo no estaba no invitado .

Rodrigo estaba en esa categoría de personas a las que no se les propone nada porque se da por hecho que dirán que no y que, si dicen que sí, será por razones que acabarán costándote dinero.

Es una categoría que él se ha construido él solito a lo largo de cuarenta y seis años y en la que ha vivido muy cómodo.

Ahora ya no está ahí. Ese es el problema.

Este último año mi hermano ha hecho tres cosas que yo no le había visto hacer nunca: pagar un alquiler puntualmente, mantener el mismo trabajo durante meses y no venir a comer los domingos porque tenía otros planes.

Y yo, que me pasé quince años deseando exactamente eso, resulta que no sé qué hacer con ello.

Es como cuando arreglas por fin un grifo que goteaba y luego no puedes dormir por el silencio.

A las siete y cuarto le escribí por privado.

«¿Vas a qué?»

«a amsterdam no?»

«Rodrigo son diez días.»

«ya»

«En julio.»

«ya»

«¿Y el trabajo?»

Tardó cuarenta minutos en contestar a eso, que en mi hermano es una eternidad geológica, y contestó:

«lo he pedido en marzo»

En marzo.

Me senté.

Mi hermano había pedido esos días en marzo. O sea que, cuando aquella noche Álvaro tuvo su aparición y todos aplaudieron, Rodrigo ya tenía libres precisamente aquellas fechas. No estaba. No lo habíamos llamado. No hizo falta.

Lo llamé por teléfono, que es una cosa que en esta familia solo se hace cuando alguien se muere o cuando alguien va a decir una tontería muy gorda.

—¿Por qué no lo dijiste en su momento?

—Porque no me lo habíais preguntado.

—Rodrigo.

—Marta.

Y hubo uno de esos silencios de hermanos, que son distintos de todos los demás silencios porque los dos sabéis exactamente lo que hay dentro y ninguno de los dos piensa abrirlo.

—Es que son los cincuenta años de papá y mamá —dije yo, por decir algo.

—Ya.

—Y me parece muy bien que vengas, ¿eh? De verdad. Es que ahora tengo que cambiar el apartamento y, a estas alturas, un vuelo en julio está…

—Marta.

—¿Qué?

—¿Tú has visto a papá subir las escaleras?

Yo estaba de pie en la cocina y me tuve que apoyar en la encimera. No por lo que dijo. Por lo rápido que lo entendí, que es distinto y es peor.

Sí que lo he visto. Lo veo cada domingo.

Veo cómo se para en el rellano del segundo y hace como que mira el buzón de los Peiró, que lleva vacío desde que se murió la señora, y luego sigue.

Lo he visto doce, quince, veinte veces, y en ninguna me había permitido pensar qué significaba: que papá ya no estaba igual y que quizá no convenía aplazar aquel viaje.

Mi hermano sí lo había pensado. Mi hermano, que no ha terminado nada en su vida, había llegado antes que yo a esa conclusión.

—Ya —dije.

—Pues eso.

Y entonces, porque es él y porque, si el momento dura tres segundos más, se le desmonta entero, añadió:

—Además me han dicho que allí las tías son altísimas.

—Adiós, Rodrigo.

—Que es un dato objetivo. Es de los países más altos del…

Le colgué.

Lo que vino después fue menos emocionante y más caro.

El apartamento estaba reservado para siete. Escribí al propietario en mi mejor inglés, con una frase larguísima y muy educada, para preguntar si era posible incorporar a un octavo ocupante adulto, y el hombre me contestó en cuatro palabras que sí y que eran cuarenta euros más por noche.

Cuarenta euros por noche. Nueve noches. Por dormir en un sofá que, en las fotos, ahora que lo miro con lupa, es más bien una idea de sofá.

El vuelo, a catorce días de la salida, costaba casi el doble de lo que habían costado los otros siete. Casi el doble. Y cuando se lo dije a Álvaro, mi marido, que es un hombre incapaz de sentir dolor económico, levantó los brazos como si hubiera marcado el Valencia y dijo:

—¡Pero si ya somos ocho!

Como si fuera una buena noticia. Como si el número ocho tuviera algo de bueno.

Vega, que estaba desayunando, dijo sin levantar la vista del móvil: «Bueno, con el tito por lo menos habrá alguien normal», que es la frase más ofensiva que se ha dicho en esta casa este año y que, además, dijo delante de su padre.

Y Bruno sacó el cuaderno, tachó un número y escribió otro encima. Lo hizo despacio y con la lengua fuera, y yo no le pregunté qué estaba tachando porque ya me lo imaginaba.

Así que ya está. Ocho.

Ocho personas, un apartamento con tres habitaciones y un baño, diez días y una ciudad al norte de todo donde ninguno de nosotros ha estado nunca.

Aquella noche, cuando ya estaba todo pagado y todo cambiado y todos dormidos, me quedé un rato sentada en el sofá con el móvil apagado, que es mi único vicio.

Y pensé una cosa que no le he dicho a nadie, que no es bonita y que la pongo aquí porque, si empiezo a mentir en la primera semana, ya no hay libro.

Pensé: menos mal que viene.

Porque si mi hermano pidió aquellos días en marzo y si ha mirado a papá subir las escaleras, entonces quizá llevaba meses pensando lo mismo que yo llevo dos sin dejarme pensar.

Que a lo mejor este viaje no es un regalo.

Que a lo mejor es un plazo.