Familia numerable (Trilogía completa) 4. Siete pasaportes
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4. Siete pasaportes

(Álvaro)

De los pasaportes me encargué yo, porque las cosas hay que repartirlas y porque Marta ya llevaba lo de los vuelos, lo del apartamento, lo del seguro y lo de las tarjetas sanitarias europeas, que son cuatro cosas, y esto eran siete pasaportes que revisar y cinco que sacar o renovar, o sea que en realidad yo llevaba más.

Se lo dije. No le hizo gracia. A veces no sé por qué.

El caso es que empecé el lunes convencido de que era un trámite de media mañana y terminé el jueves de la semana siguiente, y por el camino aprendí una cosa sobre mi suegro que llevo veintiún años sin saber.

Vamos por orden.

Cita previa. Esa es la palabra. En este país no existe hacer una cosa: existe pedir cita para hacer una cosa.

Entré en la web un lunes a las nueve y no había citas.

Entré el martes a las nueve y no había citas.

El miércoles me levanté a las siete y media porque un compañero me juró que las liberan de madrugada, y a las siete y treinta y uno seguía sin haber citas, pero por lo menos era yo el que no las tenía y no un señor durmiendo.

Al final las saqué el jueves. Tres citas en un día y dos al siguiente, en dos comisarías distintas, porque juntas no había. Le mandé el reparto al grupo con un cuadrito que hice yo. Nadie contestó al cuadrito.

Vega y Bruno tenían pasaportes de hacía unos años y les tocaba renovarlos.

Nico no había tenido nunca porque tiene dos años y hasta ahora su vida ha transcurrido íntegramente dentro de un radio de nueve kilómetros.

Marta tenía. Yo tenía. Mi cuñado no venía, así que no contaba, aunque conste que él sí tiene pasaporte: se lo sacó hace años para un viaje a Praga que no llegó a hacer, que es muy de él.

Las tres primeras citas fueron las de los niños.

Vega y Bruno renovaron los suyos y a Nico se lo sacamos por primera vez.

Marta vino conmigo y salimos de la comisaría con los tres trámites hechos, que fue tan sencillo que no tengo nada más que contar, y eso, tratándose de nosotros, ya es una noticia.

Y luego estaban mis suegros.

Carmen conservaba uno caducado desde hacía décadas.

Se lo había sacado cuando su hermana se puso mala y estuvo a punto de irse a verla a Alemania, aunque al final no fue, y esa historia la contó así, de pasada, mientras buscaba el documento en una caja de galletas.

Yo hice como que no la había oído porque no supe qué decir.

Y mi suegro no tenía.

Y cuando digo que no tenía, no digo que lo tuviera caducado. Digo que no había tenido nunca. Que en setenta y tres años de vida ese hombre no ha rellenado ese impreso jamás.

Yo me quedé un poco parado, la verdad. Le dije:

—Ernesto, ¿pero nunca?

Y él dijo:

—¿Para qué?

No lo dijo con pena. Que quede claro, porque luego cuento estas cosas y parece otra cosa. Lo dijo como quien te explica por qué no tiene una bicicleta estática. Con lógica. Con una lógica que a mí me dejó sin argumentos durante todo el trayecto en coche.

A mis suegros los llevé yo a los dos. Un viernes por la mañana.

Antes pasamos por la tienda de fotos, porque yo dije que las de la máquina salen mal y que, ya que Carmen tenía que renovar el suyo y Ernesto iba a sacárselo por primera vez, hombre.

A mi suegra le hicieron la foto primero.

Se colocó el cuello de la blusa, miró a la cámara y salió seria y un poco preocupada, como si hacerle la foto fuera una molestia para el fotógrafo.

Con mi suegro tuvimos el primer episodio.

Que si no se puede sonreír. Que si no se pueden enseñar los dientes. Que las orejas tienen que verse. Que la frente despejada. Mi suegra le mojó el pelo con los dedos, dos veces, con saliva la segunda, y él la dejó hacer sin decir nada, mirando al frente como un preso político.

Yo intenté ayudar.

—Ernesto, relaje usted la cara.

—Tengo la cara relajada.

—Tiene usted cara de estar declarando.

Salió una foto que me impresionó bastante, y no por lo que estáis pensando.

Salió bien. Es una foto correcta. Lo que pasa es que yo a mi suegro lo veo todos los domingos y en esa foto tenía setenta y tres años. Los tenía todos. Estaban ahí, uno detrás de otro, en un rectángulo de tres centímetros y medio. Y yo pensé, sin querer pensarlo, que un pasaporte dura diez años.

No dije nada. Pagué las fotos y nos fuimos.

En la comisaría estuvimos una hora y cuarenta minutos.

Carmen renovó el suyo sin hacer ruido: entregó el pasaporte antiguo, firmó donde le dijeron y guardó el resguardo en el bolso.

Mi suegro no se quejó ni una vez. Yo me quejé cuatro.

Cuando por fin le tocó, se sentó muy derecho delante del funcionario, contestó a todo con una precisión de hombre que ha ido mucho al banco, puso el dedo donde le dijeron que lo pusiera y firmó en la pantallita con ese boli que no escribe como un boli.

Y cuando salimos, ya en la calle, se paró en la puerta, se guardó el resguardo en el bolsillo de la camisa, le dio dos golpecitos por fuera con la mano y dijo:

—Bueno.

Nada más. Bueno.

Y a mí eso, no sé por qué, me duró toda la tarde.

El último trámite fue en la agencia de viajes, que está a dos calles y donde entramos porque yo quería preguntar por un abono de transporte para los diez días, que al final resultó que se compra allí y no aquí, o sea que perdimos el rato, pero bueno.

Y ahí es donde yo hice la promesa.

Porque yo el domingo oí perfectamente lo que dijo mi suegra en la puerta de la cocina. Lo de los tulipanes. Y me pareció, y me sigue pareciendo, que una mujer que en cincuenta años no ha pedido absolutamente nada y que un día dice que quiere ver una cosa, tiene que ver esa cosa. Punto.

Así que en el coche, de vuelta, con ella detrás y él delante, dije:

—Carmen. Que usted va a ver tulipanes. Se lo digo yo.

Y mi suegra se rio y dijo «ay, hijo, qué cosas», que es lo que dice ella cuando algo le gusta y le da apuro que le guste.

Yo iba encantado. Iba conduciendo y encantado. Ya me estaba imaginando la cara de mi suegra en medio de un campo de esos de rayas de colores que me enseñó Bruno en la tablet, y ya me veía yo haciéndoles la foto, y la foto en el grupo, y todo.

Se me olvidó una cosa, por cierto, ahora que lo pienso.

Mi suegro, al salir de la agencia, se quedó un momento atrás hablando con la chica del mostrador. Yo ya estaba en la puerta con mi suegra. Fueron treinta segundos, cuarenta como mucho. Cuando llegó al coche le pregunté qué había querido saber y me dijo «nada».

Yo supuse que el servicio, la verdad. A esa edad uno pregunta mucho por el servicio.

El hombre no volvió a abrir la boca en todo el camino. Iba mirando por la ventanilla.

Pero se le veía contento.