18. Micropia
(Marta)
El museo lo eligió Bruno.
No fue una concesión ni un premio ni nada por el estilo. Álvaro sacó su lista de sitios el martes anterior al viaje, nadie quiso ninguno y entonces mi hijo dijo, sin levantar la voz, que había un museo de bacterias.
—¿De qué?
—De bacterias. De microbios. Está dentro del zoo.
Mi hija dijo que le daba asco. Mi madre dijo «ay, qué cosas». Mi marido preguntó si estaba incluido en aquella tarjeta que había comprado.
Y fuimos.
Se llama Micropia, está dentro de ARTIS, el zoológico de la ciudad, y es —esto lo digo con conocimiento de causa— el único museo del mundo dedicado enteramente a los microorganismos.
Yo no sabía que existía. Debería haberlo sabido. Hubo un momento de mi vida en el que yo sabía estas cosas.
La mañana en el zoo fue lo que es una mañana en un zoo con un niño de dos años: Nico vio ochenta animales y el que le gustó fue una paloma.
Mi padre se sentó en un banco delante de las jirafas y estuvo allí veinte minutos.
Cuando le pregunté, me dijo que las jirafas le parecían mal hechas pero que, sin embargo, funcionaban, y que eso le daba que pensar.
Y luego entramos.
Micropia es oscuro. Todo es negro, con vitrinas iluminadas, y hay microscopios que puedes manejar tú, con placas de verdad y cultivos vivos.
Hay una pared entera de placas de Petri, encendidas por detrás como si fueran cuadros.
Hay una máquina que te escanea el cuerpo y te indica, por zonas, cuántos microorganismos llevas encima, y mi hija estuvo cinco minutos leyendo el resultado con una expresión de horror sincero que no le había visto en todo el viaje.
Y hay carteles.
Carteles largos. En inglés y en holandés, con esquemas, nombres en latín y explicaciones de metabolismo, simbiosis y transferencia horizontal de genes.
Y yo los leía.
Los leía sin pararme. Sin traducir. Sin ese segundo de retraso que llevaba cuatro días teniendo ante cada carta de restaurante, cada cartel de tranvía y cada frase que me decía una persona.
Los leía como se lee el periódico.
Es que era mi idioma. No el inglés: eso . Yo eso lo sé. Llevaba cuatro días en un país donde no conseguía pedir un agua del grifo sin que mi hija se riera de mí y, de repente, estaba delante de un panel sobre extremófilos entendiendo hasta la letra pequeña.
Y me puse a explicárselo a Bruno.
No lo decidí. Me salió.
—Mira, esto de aquí es una bacteria que vive a noventa grados. En el fondo del mar hay unas chimeneas por las que el agua sale hirviendo y microorganismos que viven allí. Y no solo viven: es que necesitan esas condiciones. Si los sacas y los pones en agua fría, se mueren.
Y Bruno me preguntó por qué.
Y se lo expliqué.
Y me preguntó otra cosa. Y se la expliqué.
Y me preguntó otra.
Estuvimos así, él y yo, delante de una vitrina, no sé cuánto rato. Yo creo que veinte minutos. Puede que más. En algún momento levanté la cabeza y ya no estaban Álvaro, ni Vega, ni mi hermano, ni nadie más. Se habían ido a la cafetería. Ni siquiera me enteré de que se iban.
Entonces se acercó un chico.
Trabajaba allí. Llevaba la camiseta del museo, tendría veintiséis años y llevaba un rato a nuestro lado, escuchando.
Me dijo, en un castellano lento y con mucho acento, que le había gustado cómo se lo estaba explicando. Después buscó la palabra y preguntó:
—¿Tú… científica?
Y ahí me pasó una cosa que no esperaba y que no supe controlar.
Se me hizo un nudo. Físico. En la garganta, en mitad de un museo, delante de mi hijo de once años.
Le contesté:
—Sí. Soy bióloga. Ahora trabajo en divulgación científica con mi antiguo grupo de investigación.
En presente. Era la verdad y, aun así, tardé demasiado en decirla.
La primera palabra era la importante. El resto lo añadí porque todavía parecía necesitar justificarla.
Él sonrió, dijo «ah, bien» y se fue.
Bruno no dijo nada entonces.
Lo dijo por la tarde, en el tranvía, sentado a mi lado, mirando por la ventanilla, con esa manera suya de soltar las bombas sin girar la cabeza.
—Mamá.
—Qué.
—¿Tú por qué dejaste de investigar?
Y yo le dije lo que decimos siempre en esta familia, porque llevo quince años diciéndolo y ya me sale solo:
—Porque nacisteis vosotros.
Él dijo «ah, vale» y siguió mirando por la ventanilla.
Y ahora tengo que contar la verdad, porque me prometí que en esto no iba a mentir y ya he mentido una vez esta tarde.
No dejé de investigar porque nacieran ellos.
Cuando nació Vega pedí una excedencia. Nueve meses.
Nueve. Y cuando volví, el grupo había seguido, que es lo que hacen los grupos.
Había un proyecto nuevo y una chica que había entrado durante mi ausencia y que era muy buena.
Yo regresé a un sitio que seguía siendo el mismo, pero donde mi lugar ya no lo era.
No me echaron. Eso habría sido más fácil de explicar. Me propusieron otras tareas, útiles y razonables y cada vez más lejos de la investigación que a mí me gustaba. Las acepté durante un tiempo.
Después encontré un puesto de media jornada en el laboratorio de una empresa privada. Me permitía seguir trabajando de bióloga y llegar a tiempo a casi todo. También me aburría muchísimo.
Podía haber peleado por recuperar mi sitio en el grupo. Se puede pelear. Hay gente que pelea.
Yo no peleé.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que, cuando me fui, sentí alivio.
Alivio.
Llevo quince años sin decir esa palabra en voz alta, ni siquiera delante de Álvaro. Es más fácil decir «porque nacisteis vosotros». Queda mejor. Suena a sacrificio.
Hasta que, unos meses atrás, Elena me propuso volver al antiguo grupo para un proyecto de divulgación científica.
Dos días a la semana, al principio. Dejé el laboratorio privado y regresé al lugar donde había empezado, pero por otra puerta: ya no para investigar, sino para explicar la ciencia que conocía.
Volver no cambiaba la forma en que me había ido. Pero tampoco significaba que hubiera dejado de ser científica.
Y a los hijos hay que darles una versión que les deje dormir.
Aunque luego resulta que uno de ellos tiene once años, elige un museo de bacterias, mira a través de la ventanilla de un tranvía y no se lo cree.