2. Lo que yo aplaudí
(Vega)
Vamos a dejar una cosa clara desde el principio, porque en mi casa se cuentan las cosas fatal y luego pasa lo que pasa.
Yo no aplaudí un viaje. Yo aplaudí una palabra.
La palabra era Ámsterdam. Y Ámsterdam, para cualquier persona de mi edad que no viva en una cueva, es una ciudad de canales con barquitas, tiendas de ropa de segunda mano que quitan el sentido, cafeterías donde la gente lee libros de verdad y un puente concreto donde todo el mundo se hace la misma foto y aun así queda bien.
Eso es Ámsterdam. Lo he visto ciento cuarenta veces en mi teléfono.
Lo que mi padre dijo, en realidad, si le quitas la parte bonita y te quedas con la información, fue esto:
Diez días. Con tus abuelos.
Pero eso yo no lo procesé. Yo oí la palabra, hice dos palmadas como una foca amaestrada y me pasé el resto de la comida tan tranquila.
Tardé exactamente cuatro horas en enterarme de lo que había hecho.
A las siete y media de la tarde, mi padre creó un grupo de WhatsApp.
Se llamaba ÁMSTERDAM FAMILY .
Cinco emojis. Cinco. Uno de ellos una bandera.
En el grupo estábamos todos menos Nico, porque mi hermano pequeño tiene dos años.
Mi abuelo sí estaba, aunque tarda cuarenta minutos en escribir «vale».
A los once segundos de crearlo, mi padre mandó una foto de unos zuecos de madera y escribió: «PREPARAOS EQUIPO».
Mi abuela contestó con un ramo de flores animado y las palabras «Buenos días familia».
Ahí ya empecé a sospechar.
Pero el momento exacto en que se me cayó el mundo encima fue a las nueve y cuarto, cuando estaba tirada en la cama y me llegó otro mensaje en el grupo de las chicas. Alba había puesto las fechas del apartamento de Gandía. Del once al dieciocho de julio. Siete días. Las cuatro.
Marcos y yo lo habíamos dejado hacía unos días. Sin drama, sin cuernos y sin una de esas razones que se pueden contar bien: simplemente se nos acabó. En casa todavía no se habían acostumbrado del todo a la idea.
Y ahora estaba el hermano de Alba, que tenía coche y al que había empezado a mirar de otra manera justo cuando ya no tocaba sentirme culpable por hacerlo.
Del once al dieciocho de julio.
Fui al otro grupo. El de los zuecos.
«Salimos el 10 ».
Me quedé mirando el techo un rato largo. Un rato de esos en los que oyes la nevera.
Después hice lo que haría cualquiera: bajé al salón a plantear el asunto con calma y con argumentos, como una persona adulta.
—ME QUIERO MORIR.
Mi madre no levantó la vista del portátil.
—Buenas noches a ti también.
—Mamá. Es la semana de Gandía. LA semana. Llevamos hablándolo desde Navidad.
—Vega, hemos comprado siete billetes esta tarde.
—¡Pues que se los queden!
—Mira, eso justo no se puede.
Y entonces mi padre, que estaba en el sofá con el móvil, dijo la frase. La que yo voy a llevar grabada el resto de mi vida. La dijo sin apartar la vista de la pantalla, con la voz de un hombre que cree que está ayudando:
—Además vas a practicar el inglés.
Voy a practicar el inglés. Diez días en el norte de Europa con mi abuelo, que llama «la wifi» a todo aparato que tenga una luz encendida, para practicar el inglés.
Le contesté algo. No voy a poner aquí lo que le contesté.
Lo peor no fue eso. Lo peor vino dos días después, cuando mi madre nos enseñó las fotos del apartamento de allí y dijo, con una alegría que a mí me pareció francamente sospechosa, que era «acogedor». En esta casa «acogedor» significa pequeño y «pintoresco» significa que hay que subir andando.
Habitaciones: tres. Personas: siete. Baños: uno.
Uno.
Hice el cálculo. En esta familia todos hacemos el cálculo, es genético, es lo único que he heredado de mi madre además de la nariz. Siete personas. Un baño. Diez días.
Siete, digo. En ese momento eran siete.
—¿Y yo con quién duermo?
—Con Bruno y con Nico.
Con Bruno. Que ronca. Y con Nico, que a las seis y cuarto de la mañana se despierta y empieza a decir «mamá» ochenta veces seguidas con la entonación de quien está probando un micrófono.
Aquella noche me metí en la cama a las once y media y me dediqué a una actividad muy sana que consiste en abrir las fotos de Gandía del año pasado una por una.
Y el jueves pasó lo otro.
Estaba en mi cuarto y llamó a la puerta mi abuela. Ella no entra nunca sin llamar, ni cuando la puerta está abierta, cosa que mi hermano podría aprender antes de cumplir los doce.
Traía una libreta pequeña. De esas de gomilla, con la tapa de flores, que venden en los estancos.
—Vega, hija. ¿Tú tienes un rato?
Yo tenía un rato. Yo tenía todos los ratos del mundo y una rabia de tres días guardada en el pecho buscando dónde caerse.
—¿Para qué?
—Para que me enseñes a decir cosas.
—¿Cosas de qué?
—En inglés —dijo, y se sentó en el borde de mi cama con la libreta en las rodillas, muy recta, como una alumna—. Que allí no me voy a enterar de nada.
Y yo le dije que se lo pidiera a mamá, que mamá sabe inglés de verdad, del de los papeles y los congresos, y que yo solo sé el del colegio y las series. Se lo dije con una voz que no voy a defender.
Mi abuela no se ofendió. Mi abuela nunca se ofende, que es una cosa que te desarma bastante.
—Tu madre me lo explica muy bien —dijo—. Pero me lo explica como si yo fuera a aprender inglés. Y yo no voy a aprender inglés, cariño. Yo tengo setenta y dos años. Yo quiero cuatro cosas.
Nos quedamos calladas.
—¿Qué cuatro cosas? —dije.
Y entonces sacó el boli del interior de la gomilla, abrió la libreta por la primera página, que estaba en blanco, y me miró esperando.
Le dije «gracias». Lo escribió: zenkiu .
Le dije «perdone». Lo escribió: excius mi .
Le dije «no entiendo». Se atascó, me lo hizo repetir tres veces, y escribió: ai dont anderstán , y debajo, entre paréntesis y con su letra de lista de la compra, (esta es la importante) .
Y cuando yo iba a decirle la cuarta, porque ya la tenía pensada —«dónde está el baño», que a mí me pareció utilísima—, mi abuela cerró un poco la libreta contra el pecho y dijo:
—La cuarta la elijo yo.
—Vale.
—¿Cómo se dice «es mi marido»?
Y yo se lo dije. Y ella lo escribió despacio, con la lengua un poco fuera, como escribe la gente que aprendió a escribir con miedo. Y luego lo leyó dos veces en voz baja para ella sola.
Setenta y dos años. Cincuenta de ellos casada con el mismo hombre. En un pueblo, en una casa, en un barrio donde todo el mundo sabía perfectamente quién era su marido sin que ella tuviera que decirlo nunca.
Se iba a un sitio donde no lo sabía nadie.
Yo no sé explicar lo que se me puso ahí, en un punto concreto entre la garganta y el resto de las cosas. Tengo quince años y no tengo palabras para eso todavía.
Lo que sí sé es que cuando se fue de mi cuarto yo abrí el grupo de las chicas, escribí «al final me voy a Ámsterdam, un rollo» y me quedé mirando la frase como diez segundos.
Y la borré.