1. Cincuenta años
(Marta)
La culpa, técnicamente, fue de Bruno.
Era el tercer domingo de mayo y comíamos en casa, como casi todos los domingos, lo cual significa que éramos siete a una mesa de cinco y que Nico estaba en su trona presidiendo el desastre con la autoridad moral de sus dos años.
Mi hermano no vino, lo cual es una novedad de este último año y, aunque me cueste decirlo, una buena noticia: Rodrigo ya tiene domingos propios.
Había croquetas. Mi madre había traído croquetas porque mi madre no sabe entrar en una casa con las manos vacías, ni en la mía, ni en ninguna, ni probablemente en un hospital.
Bruno tenía el cuaderno abierto al lado del plato.
Lo tiene siempre. Once años y un cuaderno de tapas duras donde apunta lo que él considera importante, un criterio que no he conseguido descifrar en cuatro años y que incluye, sin jerarquía aparente, los nombres de los planetas, lo que costó el pan el jueves y cosas que dice su tío.
—Abuela —dijo, sin levantar la cabeza—, ¿tú en qué año te casaste?
Mi madre le dijo el año. Bruno hizo la resta con el lápiz, despacio, moviendo los labios, y luego levantó la cara con esa expresión de científico que acaba de descubrir algo y no está seguro de si es bueno.
—Cincuenta años.
Se hizo un silencio raro. De esos que se meten en una comida familiar sin avisar y todo el mundo nota, incluido el que no entiende nada.
—Cincuenta años en julio —dijo mi madre, y se puso a recoger migas de la mesa con el canto de la mano, que es lo que hace cuando algo le da vergüenza.
Mi padre siguió comiendo.
—Papá —dije—. Cincuenta años.
—Ya lo he oído.
—¿Y no dices nada?
Dejó el tenedor. Se limpió la boca con esa lentitud que él usa para hacerse el interesante y que en realidad es que le duele el hombro.
—Cincuenta años no es un mérito, Marta. Es aguantar. Los méritos son otra cosa.
Mi madre le dio en el brazo sin mirarlo, sonriendo hacia el mantel. Vega, que llevaba media comida con un auricular puesto y el otro colgando —su forma de estar presente sin conceder nada—, se quitó los dos.
Y entonces habló mi marido.
Tengo que explicar algo sobre Álvaro. Álvaro no tiene ideas: tiene apariciones. Le vienen de golpe, enteras, luminosas, sin ningún cálculo detrás, y las anuncia con la cara de un hombre que trae buenas noticias del frente. Lo he visto proponer una mudanza así. Lo he visto proponer un perro.
—Nos vamos todos a Ámsterdam.
Nadie dijo nada durante tres segundos, que es mucho tiempo.
—¿Todos quiénes? —dije.
—Todos, todos. Los abuelos, los niños, nosotros. Diez días. Bodas de oro. —Abrió las manos como si estuviera colocando un mueble en el aire—. Cincuenta años y no han salido de España. Se lo merecen.
Y ahí empezó el aplauso.
Aplaudió Bruno, que ya estaba escribiendo «Ámmsterdam» en el cuaderno, con las dos emes juntas, porque nadie le había dicho todavía cómo se escribe.
Aplaudió Nico, que aplaude cualquier cosa.
Aplaudió mi madre, con las manos a la altura del pecho y muy poco recorrido, como se aplaude en misa.
Y aplaudió Vega. Mi hija de quince años, que llevaba desde marzo comunicándose conmigo casi exclusivamente por suspiros, dio dos palmadas y dijo «buah, qué guay» sin ninguna ironía detectable, y yo la miré como se mira a un desconocido que se sienta en tu coche.
Yo no aplaudí. Yo estaba sumando.
Porque esto es lo que pasa en mi cabeza mientras en la mesa hay alegría: siete billetes de avión.
Siete. En julio, que es cuando podemos, porque los niños tienen colegio y yo colaboro en un proyecto de divulgación científica con mi antiguo grupo de investigación, dos días a la semana sobre el papel y todos los que hagan falta cuando hay una entrega.
Siete billetes comprados en mayo para volar en julio, que es como comprar hielo en el desierto y encima pedir factura.
Diez días de alojamiento para siete personas en una ciudad que no conozco.
Diez días de comer fuera. Un carrito. Pañales.
Un padre con una rodilla que anuncia la lluvia con más precisión que la Agencia Estatal de Meteorología.
Sumé todo eso en el tiempo que tardó mi familia en aplaudir, que es el superpoder inútil que me ha dado la maternidad, y cuando terminé abrí la boca para decir que lo miraríamos, que lo pensaríamos, que había que ver, que ya veríamos —el repertorio completo de mi cobardía— y entonces mi madre dijo una cosa.
Se levantó a llevar los platos, porque nunca ha dejado que le recojan la mesa, y desde la puerta de la cocina, sin darse la vuelta del todo, dijo:
—Yo, si vamos, quiero ver los tulipanes.
Eso me dio en un sitio muy concreto, y hay que explicar por qué.
En casa de mis padres, en el mueble de la máquina de coser, hay una lata de galletas.
Es holandesa, azul y dorada, con un campo de tulipanes en la tapa y unas palabras que no son las nuestras.
Dentro no ha habido galletas desde antes de que yo naciera: hay botones, imperdibles, un dedal, dos cremalleras sueltas y un carrete de hilo negro que no se acaba nunca.
Esa lata lleva en mi vida más tiempo que yo.
Y en cincuenta años mi madre no había dicho una sola vez que quisiera ver eso de la tapa.
Lo acababa de decir, de espaldas, camino de la cocina, con dos platos en la mano, como si no fuera nada.
—Vale —dije.
Y ya está. Así se hunden los barcos.
Aquella tarde, mientras yo secaba y él enjuagaba, mi padre esperó a que no hubiera nadie más en la cocina, cerró un poco el grifo y me preguntó lo único que le preocupaba de todo el asunto.
—Oye. ¿Y para eso hace falta pasaporte?