Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 32 — El día de las cajas (otra vez, pero al revés)
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Capítulo 32 — El día de las cajas (otra vez, pero al revés)

(narra Marta)

Un año exacto después de aquel primer día de las cajas, hay otra vez cajas en el salón.

Esta vez no traen cosas. Se las llevan.

La buhardilla lleva tres semanas de obras —el albañil de verdad, no las promesas de Álvaro— y hoy, por fin, hemos vaciado lo último que quedaba de trastero antiguo: revistas viejas, una silla coja, otra caja sin abrir desde antes de que empezara todo esto, la que nadie recordaba qué contenía y que resultó ser, cuando por fin la abrimos, un montón de dibujos que hizo Vega de pequeña, guardados por mí hace años y olvidados después por completo.

Entre las cajas, envuelto en papel de periódico amarillento, apareció algo que no esperaba encontrar: los seis trozos del jarrón, guardados «por si se podía pegar», como dije aquel primer día, hace ya un año.

Nunca lo pegamos. Nunca hubo tiempo, entre la mudanza de mis padres, la llegada de Rodrigo, el estallido, el reordenamiento entero de esta casa y de todos nosotros dentro de ella.

Me senté en el suelo del salón con los trozos delante, mientras Álvaro terminaba de bajar la última caja y Bruno correteaba detrás de Nico, que ahora corre por el pasillo diciendo «no» a todo con una convicción admirable, creciendo tan rápido que a veces me da vértigo mirarlo.

—¿Lo tiramos por fin? —preguntó Álvaro, viéndome con los trozos en las manos.

Lo pensé un momento.

—No. Vamos a pegarlo.

—¿Después de un año?

—Después de un año. No hace falta que quede perfecto. Solo que aguante en pie.

Álvaro sonrió, y supe que había entendido exactamente lo que yo quería decir, porque es de las pocas personas del mundo que entiende mis frases a medias sin que tenga que explicárselas del todo.

Finalmente dejé la media jornada. No fue una decisión valiente ni meditada durante meses: simplemente un día me di cuenta de que llevaba años yendo a un sitio donde nadie me echaría de menos y que dos días a la semana en algo que me importaba valían más que cinco mañanas en algo que no.

Álvaro dijo que estaba loca. Luego dijo que hiciera lo que quisiera.

Y esa misma noche me dijo que era una de las mejores decisiones que había tomado en mi vida.

Esa tarde, mientras el resto de la familia terminaba de organizar la buhardilla —que ya no es trastero, ya no es cuarto de invitados improvisado, sino un estudio pequeño y luminoso donde pienso preparar mis charlas de divulgación los martes y jueves, con una mesa que Ernesto insistió en regalarnos porque «no me cabe en el piso nuevo y aquí le vais a dar más uso»—, pegué el jarrón con paciencia, pieza a pieza, dejando ver las grietas en vez de esconderlas.

Quedó torcido. Se notan las uniones, las líneas donde antes hubo una rotura.

Es, sin ninguna duda, el objeto más bonito que tenemos en esta casa.

Lo puse en el rellano, donde estuvo siempre, justo donde Álvaro lo rompió aquel primer día subiendo un colchón con más entusiasmo que técnica. Cada vez que alguien entra, lo ve ahí, roto y pegado, entero a su manera.

Por la noche, con la casa ya tranquila, con Nico dormido, con Vega hablando por videollamada con Marcos y Bruno leyendo en su cuarto, me quedé un rato en el salón con Álvaro, mirando la buhardilla nueva desde abajo, esa buhardilla que había visto pasar a mis padres y que ahora, por fin, era simplemente mía.

—Va a estar bien, ¿no? —preguntó Álvaro, con la misma pregunta que me hizo aquella primera noche, hace un año, cuando todo esto empezaba.

Esta vez no dudé.

—Ya lo está —dije—. Contenta y un poco apenada por todo lo que ha costado llegar hasta aquí. Se puede.

Álvaro se rio, reconociendo la frase de mi padre, y me pasó el brazo por los hombros, el mismo gesto de siempre, el mismo de aquella primera noche.

Arriba, en la buhardilla nueva, ya no quedaba gotera. La habían arreglado por fin, después de tres años de promesas, dos presupuestos y una tormenta que lo decidió por nosotros.

Pero si escuchaba con atención, todavía me parecía oírla, tap, tap, tap, marcando en mi memoria el tiempo de una casa que un día se quedó pequeña de golpe, y que terminó, contra todo pronóstico, siendo exactamente del tamaño que necesitábamos.

FIN