Capítulo 31 — Ocho otra vez, por elección
(narra Marta)
Convoqué la cena un sábado, sin motivo oficial, solo con ganas de tener a todos otra vez alrededor de la misma mesa, aunque ya no vivieran bajo el mismo techo.
Vinieron mis padres, con Ernesto cargando, cómo no, algo «por si acaso» —esta vez un flan casero que Carmen llevaba toda la semana perfeccionando.
Vino Rodrigo, con la guitarra, porque ya es incapaz de venir sin ella, aunque ahora la toca lo bastante bien como para que dejara de darnos miedo cuando la saca después de cenar.
Ocho personas otra vez, apretados en la misma mesa pensada para cinco, exactamente igual que el día que Rodrigo llegó con sus dos maletas y su brindis vacío por «los nuevos comienzos».
Pero esta vez era distinto, y lo noté nada más sentarnos.
Nadie estaba ahí por necesidad. Nadie dormía en el despacho ni en la buhardilla goteando. Cada uno tenía su propia casa, su propio espacio, su propia vida en marcha. Estábamos ahí porque queríamos estar, no porque no cupiéramos en ningún otro sitio.
—Un brindis —dijo Rodrigo, levantando la copa, como siempre.
Todos levantamos la nuestra, con esa mezcla de resignación cariñosa y curiosidad por saber qué se le iba a ocurrir esta vez.
—Por esta familia de desastres —dijo—. Por los que llegaron, por los que se fueron y por los que seguimos viniendo aunque ya tengamos dónde dormir. Y por vosotros, por dejarme caer aquí cuando no sabía dónde más caer.
Se le quebró un poco la voz al final.
—Y por mí, ya que estamos, porque llegué aquí hecho polvo y cada día me siento un poco más entero.
Nadie dijo nada durante un momento. Ernesto carraspeó, disimulando algo que le brillaba en los ojos. Carmen le apretó la mano por debajo de la mesa a su hijo.
—Por la familia —dije yo, al fin, levantando también mi copa—. Por que quepamos todos, aunque sea a duras penas, aunque sea con turnos de baño y calendarios y goteras que tardan tres años en arreglarse.
—Por que quepamos todos —repitieron los demás, cada uno a su manera, algunos en voz alta, otros casi susurrando.
Bebimos. Bruno, con su vaso de zumo, brindó con más solemnidad que nadie, como si estuviera cerrando oficialmente un capítulo importante de su cuaderno de cosas importantes.
Después de cenar, Rodrigo cogió la guitarra y tocó, por primera vez delante de todos, una canción entera de principio a fin sin equivocarse ni una sola vez.
Cuando terminó, todos aplaudimos como si acabara de ganar un festival, y él se rio, feliz, sin necesidad de fingir que estaba genial, porque por fin, sencillamente, lo estaba.
Miré la mesa llena, el ruido, las risas, el flan de mi madre a medio terminar, la guitarra de Rodrigo apoyada contra la silla, y pensé que aquella casa, la misma que un año antes se me había quedado pequeña de golpe, había terminado enseñándonos a todos algo que ninguno sabíamos del todo bien al principio: que el sitio siempre se encuentra, si de verdad se quiere estar.