Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 30 — Tres preguntas incómodas
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Capítulo 30 — Tres preguntas incómodas

(narra Vega)

Si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a echar de menos a mis abuelos viviendo en mi buhardilla, o al tío Rodrigo tocando mal la guitarra a las diez de la noche, le habría dicho que estaba fatal de la cabeza.

Y sin embargo, aquí estoy.

Marcos vino a cenar la semana pasada, por fin, después de meses de excusas por mi parte para evitar exactamente ese momento. Yo había calculado unas quince situaciones posibles de humillación y ninguna incluía que la primera persona en atacarlo fuera Nico.

Marcos acababa de sentarse cuando mi hermano pequeño le lanzó un trozo de pan desde la trona. Le dio en el brazo.

—Perdón —dije yo, porque alguien tenía que asumir la responsabilidad institucional de aquella familia.

Marcos recogió el pan, lo dejó junto a su plato y miró a Nico.

—Buen lanzamiento.

Nico se rio como si acabaran de reconocerle un récord mundial.

Mi madre estuvo simpática sin pasarse, que era justo lo que yo le había pedido. Mi padre, en cambio, había prometido que no iba a interrogar a nadie y consiguió cumplir su promesa durante aproximadamente cuatro minutos.

—¿Qué tal se te da Historia? —preguntó.

Lo miré.

—Papá.

—¿Qué? Es una conversación normal.

—Mejor que Lengua —dijo Marcos.

—Eso no es difícil —dije yo.

—Vega —dijo mi madre.

—Es verdad.

Mi padre asintió, como si estuviera archivando la respuesta en una carpeta invisible. Primera pregunta incómoda.

La segunda llegó con el primer plato.

—¿Vives lejos?

—Álvaro —dijo mi madre.

—Solo pregunto por logística.

Marcos me miró, muy serio.

—Creo que esta es una de las preguntas que me habías advertido que llegarían.

Bruno soltó una carcajada. Yo quise meter la cabeza debajo de la mesa.

—Vive a quince minutos —contesté por él.

—En bici son doce —dijo mi padre.

—Gracias por el cálculo.

—De nada.

La tercera no la hizo hasta el postre, y durante un rato llegué a pensar que quizá habíamos terminado. Fue un exceso de optimismo por mi parte.

—¿Y tus padres saben que estás aquí?

Cerré los ojos.

—Tres —dije.

—¿Tres qué? —preguntó mi padre.

—Tres preguntas incómodas. Has quedado bastante por debajo de mi previsión.

Mi madre se echó a reír. Marcos también. Hasta mi padre acabó riéndose, aunque insistió en que la pregunta era «de responsabilidad básica».

Entre una cosa y otra, Bruno decidió contar la historia completa de la tabla de surf. No la versión corta. La completa: la madera, el garaje, los meses de espera, el día del mar y el momento exacto en que consiguió ponerse de pie.

—Fueron como tres segundos —dijo Bruno.

—Fueron más —protestó mi padre.

—Fueron tres y medio.

Marcos lo escuchó con una atención que a mí me pareció, sinceramente, bastante atractiva. Le hizo preguntas de verdad, no de esas que los adultos hacen a los niños mientras están pensando en otra cosa, y Bruno acabó enseñándole una foto de la tabla en el móvil de mi madre.

Después Nico volvió a lanzar pan.

—Eso significa que ya le caes bien —le expliqué.

—Menos mal. Pensaba que era una amenaza.

Cuando terminó la cena, Marcos se despidió de mis padres, chocó la mano con Bruno y mantuvo una distancia prudente con Nico por si quedaba munición. Lo acompañé hasta la puerta.

—Tu familia es tan random como me contaste —me dijo cuando salimos—. Me han caído genial.

—Solo has conocido la versión reducida.

—¿Hay una versión ampliada?

—Mis abuelos y mi tío.

Marcos se quedó pensando un segundo.

—Entonces necesito una segunda temporada.

Me reí, aunque no pensaba admitirle que aquella frase me había gustado muchísimo.

Escribo esto en mi cuarto, con la puerta entreabierta, como siempre, oyendo el ruido de fondo de mi casa: la tele, Nico riéndose de algo en el salón y mis padres discutiendo en broma sobre qué serie ver esta noche.

Hace un año ese ruido me parecía un problema. Ahora me cuesta imaginar la casa sin él.

No pienso decirlo en voz alta delante de nadie, por supuesto. Todavía tengo una reputación que mantener.