Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 29 — La casa se queda con cinco otra vez
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Capítulo 29 — La casa se queda con cinco otra vez

(narra Bruno)

El tío Rodrigo encontró piso propio. Uno pequeño, dice él, «del tamaño de mi vida actual, ni más ni menos», que es una frase que no entendí del todo pero que apunté igual en mi cuaderno porque sonaba a las cosas importantes que dice la gente cuando ya ha aprendido algo.

El día de la mudanza no hubo tantas cajas como cuando llegó. Solo dos maletas, la guitarra —que ahora suena bastante mejor, para que conste—, y una caja pequeña con cosas que se había ido quedando en casa sin darse cuenta, como quien deja pedacitos de sí mismo por el camino sin proponérselo.

Le ayudamos entre todos a bajarlo todo al coche.

Fue raro, porque no era como la mudanza de los abuelos, que se sintió como un final de etapa clara.

Esto se sentía más como una despedida a medias, porque el tío Rodrigo prometió venir a cenar por lo menos dos veces por semana, «para no perder la costumbre de que alguien me diga que como fatal», según dijo él mismo.

Antes de irse, se paró un momento en el salón y miró a su alrededor, igual que hizo el abuelo con la buhardilla el día que se fueron.

—Gracias por aguantarme —dijo, dirigiéndose a todos a la vez—. Llegué aquí hecho polvo y me marcho bastante más entero. No sé cómo se agradece eso.

—No hace falta que lo agradezcas —dijo mamá—. Para eso está la familia.

—Ya, pero no todas las familias lo hacen bien. Vosotros sí.

Se despidió de cada uno por separado. A mí me revolvió el pelo, como siempre, con esa fuerza excesiva calculada mal.

—Cuida el garaje, sobrino. Y no dejes que tu padre convierta ningún otro mueble en un proyecto eterno.

—Eso no te lo puedo prometer.

Se rio y se fue.

Cuando el coche desapareció calle abajo, la casa se quedó otra vez con cinco, como al principio de todo esto, aunque ya no se sentía igual que aquel primer «cinco» de antes de que llegaran los abuelos.

Este era un cinco distinto, con más silencios buenos, con menos miedo a que algo se rompiera para siempre.

Subí a la buhardilla esa tarde, como hago ahora casi todos los días.

Papá ya ha empezado a arreglarla de verdad, con ayuda de un albañil de verdad, no solo con promesas de «en un momento».

Todavía no sabemos bien en qué se va a convertir, si en estudio para mamá, en cuarto de invitados serio, o en algo que todavía nadie ha pensado.

Me senté en el suelo, como siempre, debajo de la mancha que dejó la gotera. Ya no caía agua, pero el silencio de aquel rincón parecía más tranquilo, como si la casa entera, poco a poco, estuviera aprendiendo a respirar mejor.