Capítulo 28 — Elena, el café y una puerta que se vuelve a abrir
(narra Marta)
Llegué diez minutos antes a la cafetería, algo que no me pasaba desde hacía años, desde una época en la que llegar puntual a las cosas no era un logro sino algo automático.
Elena llegó con una sonrisa enorme y un abrazo que duró más de lo esperado.
—¡Cuánto tiempo! Estás igual.
—Tú también. Bueno, con menos horas de sueño, seguro.
Se rio. Pedimos café, el mismo tipo de café que yo llevaba pidiendo en solitario desde aquella primera tarde libre, unas semanas atrás, cuando ni siquiera sabía qué hacer con cuatro horas sin nadie que me necesitara.
Hablamos primero de cosas normales: hijos, casas, la vida. Le conté por encima lo de la casa llena, lo de mis padres, lo de Rodrigo, y ella escuchó con esa cara de quien está, sinceramente, fascinada por la vida ajena.
—Deberías escribir un libro con todo esto.
—Ni de broma. Bastante tengo con vivirlo.
Después, ya con el segundo café, llegamos al motivo real de la cita.
—Cuéntame —dijo—. ¿Qué es eso de que quieres volver a meter la cabeza en esto?
Se lo expliqué lo mejor que pude, que no fue muy bien, porque llevaba meses sin poner en palabras algo que solo había sentido como un vacío difuso, una sensación de haber dejado algo a medias sin decidirlo del todo.
—No sé si quiero volver a la investigación a jornada completa. No sé si es compatible con todo lo demás. Pero echo de menos pensar en algo que no sea logística doméstica. Echo de menos ser buena en algo técnico, algo mío.
Elena asintió, sin prisa, dejándome terminar antes de hablar.
—Hay una opción que igual te interesa. No es jornada completa.
Es una colaboración con el grupo, dos días a la semana, para un proyecto de divulgación científica que estamos empezando.
Necesitamos a alguien que sepa explicar genética a gente que no tiene ni idea, sin que suene a manual aburrido.
Se me ha ocurrido tu nombre en cuanto leí tu mensaje.
Me quedé un momento sin saber qué decir.
—¿Divulgación? Yo no he hecho eso nunca.
—Has estado explicándole ciencia a tus hijos durante años, ¿no? Es lo mismo, con más público.
Me reí, porque tenía razón: llevaba diez años explicándoles a mis hijos por qué el cielo es azul, por qué heredamos los ojos de un abuelo y no de otro, por qué las plantas necesitan luz. Puede que llevara todo este tiempo entrenándome sin saberlo.
—Dos días a la semana —repetí, casi para mí misma, calculando ya, sin poder evitarlo, cómo encajarlo con mis medias jornadas en aquel laboratorio que había dejado de interesarme, con los horarios de los niños, con Álvaro, con toda la logística que llevaba meses gobernando mi cabeza.
—Piénsalo con calma. No hay prisa.
—No, creo que no necesito pensarlo mucho más.
Elena sonrió, esperando.
—Sí —dije—. Quiero hacerlo.
Salí de esa cafetería con una sensación que no había tenido en años, una mezcla de vértigo y alegría que me recordó, extrañamente, a los nervios de mi primer día de universidad.
Volví a casa flotando un poco. Álvaro estaba en la cocina, con Nico en la trona y algo quemándose ligeramente en una sartén.
—¿Qué tal? —preguntó, sin darse la vuelta, demasiado ocupado salvando la cena.
—Bien —dije.
Y esta vez, como aquella primera tarde libre, la palabra tampoco fue una respuesta automática. Fue una puerta que se abría, despacio, después de mucho tiempo cerrada.