Capítulo 27 — Un trabajo sin necesidad de ser una historia increíble
(narra Álvaro)
Rodrigo me llamó un miércoles a media mañana, cosa rara en él, porque normalmente reserva las llamadas importantes para las tantas de la noche, cuando el resto del mundo ya duerme y a él, según dice, «le da por pensar demasiado».
—Tengo curro —dijo, sin preámbulos.
—¡¿En serio?! ¿Dónde?
—En una asesoría pequeña. Llevando cuentas de autónomos, nada glamuroso. El sueldo es normal, el horario es normal, todo es completamente normal.
Lo dijo con un tono raro, y al principio no supe interpretarlo, hasta que caí en la cuenta: sonaba tranquilo. No emocionado de más, no vendiéndose la moto a sí mismo. Solo tranquilo, como quien cuenta algo bueno sin necesidad de convertirlo en un titular.
—¿Estás contento?
—Estoy tranquilo, que creo que es mejor que contento. Llevo meses necesitando algo aburrido y estable, y por fin lo tengo.
Quedamos en celebrarlo esa misma noche, en casa, con todos.
Marta hizo una tarta improvisada, de esas que salen mejor cuando no hay tiempo de complicarse.
Mis suegros vinieron en cuanto se enteraron, con Ernesto trayendo una botella de algo que llevaba guardado «para una ocasión especial» desde hacía más años de los que quiso confesar.
Durante la cena, Rodrigo levantó la copa, igual que hizo el día que llegó, meses atrás, con aquel brindis demasiado grande por «los nuevos comienzos» que ninguno de nosotros se creyó del todo.
Esta vez fue distinto.
—Por lo normal —dijo, simplemente—. Por currar en algo aburrido, vivir en un piso pequeño y no necesitar que mi vida sea una historia increíble para sentir que vale la pena.
Brindamos todos, y esta vez sí que nos lo creímos, cada palabra.
—¿Y qué vas a hacer con el sueldo? —preguntó Bruno, siempre tan práctico.
—Pagar el alquiler. Comprar cuerdas nuevas para la guitarra. Y ahorrar un poco, por primera vez en mi vida, para algo que todavía no sé qué es, pero que ya no necesito decidir hoy mismo.
Vega, desde el otro lado de la mesa, le sonrió con un cariño que meses atrás, cuando él se sentaba en su cama a hablarle de sus crisis de adulto, no habría sido capaz de sentir con tanta naturalidad.
—Estoy orgullosa de ti, tío.
—Yo también estoy orgulloso de mí, la verdad, aunque suene raro decirlo así.
—No suena raro —dijo Marta—. Suena a que por fin te lo crees.
Y era verdad. Se le notaba en la forma de sentarse, de hablar, de reírse de sus propios chistes malos sin necesidad de comprobar en la cara de los demás si habían colado. Rodrigo, por primera vez desde que lo conocíamos en esta nueva versión de sí mismo, no estaba actuando de estar bien.
Solo estaba bien, sin más adjetivos, y eso, después de todo lo que habíamos pasado juntos ese año, me pareció el final más bonito que le podía tocar a nadie.