Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 26 — Lo que queda cuando el verano empieza a irse
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Capítulo 26 — Lo que queda cuando el verano empieza a irse

(narra Bruno)

Ya ha pasado casi una semana del día del mar y todavía tengo arena en la mochila del cole, cosa que mi profe no encuentra tan simpática como yo.

En mi cuaderno de cosas importantes he apuntado esta semana varias cosas que quiero que no se me olviden nunca:

Que estar de pie en una tabla, aunque sean cuatro segundos, es la sensación más increíble que he tenido en mi vida, mejor que ganar al fútbol, mejor que las notas buenas, casi tan buena como cuando el abuelo me dice «campeón» con esa voz suya.

Que papá lloró un poco cuando me puse de pie, aunque dijo que era agua del mar en los ojos. No era agua del mar. Lo sé porque yo también estaba llorando un poco y sé perfectamente qué se siente.

Que mamá ha quedado con una tal Elena el martes que viene, y que cuando lo dijo en la cena le brillaban los ojos de una forma que no le había visto en mucho tiempo, como si por dentro se estuviera abriendo una ventana que llevaba cerrada desde antes de que yo naciera.

Que el tío Rodrigo ahora toca la guitarra mejor. No mucho mejor. Pero un poco. Y que ya no dice tanto lo de «estoy genial», que en realidad decía más cuando no lo estaba, y ahora que a veces reconoce que está regular, parece estar mejor de verdad.

La casa se ha quedado en un tamaño raro.

Ya no está tan llena como cuando vivían aquí los abuelos, pero tampoco hemos vuelto a ser cinco: el tío Rodrigo sigue durmiendo en el despacho.

Los domingos nos vemos siempre para comer y algún jueves hay croquetas, como prometieron.

Rodrigo pasa cada vez más horas fuera, enviando currículos, haciendo entrevistas o intentando recuperar una vida que no dependa por completo de nuestro salón.

Ayer, sin que nadie me lo pidiera, subí a la buhardilla, la que se quedó casi vacía cuando se fueron los abuelos.

Ya no gotea desde que arreglaron el tejado, pero la mancha redonda sigue en el techo.

Me quedé un rato sentado en el suelo, escuchando el silencio donde antes sonaba tap, tap, tap .

Aquella gotera llevaba años marcando el tiempo de la casa y ahora, después de todo lo que había pasado, su ausencia también parecía decir algo.

No sé explicarlo bien. Solo sé que ya no me dio pena.

Papá subió un rato después y me encontró ahí sentado.

—¿Qué haces aquí solo, campeón?

—Pensar.

—¿En qué?

—En todo lo que ha pasado. En que esta buhardilla ha visto un montón de cosas este año.

Papá se sentó a mi lado, en el suelo, sin importarle ensuciarse el pantalón.

—¿Sabes qué creo que deberíamos hacer con este espacio? —dijo, mirando alrededor—. Convertirlo en algo nuevo. No en trastero. En algo que sea de verdad.

—¿Como qué?

—No lo sé todavía. Pero algo. Esta casa se merece que la buhardilla, por una vez, no sea solo el sitio donde metemos lo que no sabemos dónde poner.

Me pareció una idea bastante buena, de esas que a veces tiene mi padre en medio de todas las que son un desastre.