Capítulo 25 — Los dos hermanos, lejos del ruido
(narra Marta)
Aquella tarde, antes de que volviéramos a casa con los coches llenos de arena, mientras Álvaro y Bruno seguían peleándose con las olas y mis padres dormitaban bajo la sombrilla, Rodrigo y yo nos alejamos un poco por la orilla, caminando descalzos por donde rompía el agua, sin ningún destino concreto más que alejarnos un rato del ruido feliz de toda la familia.
—Gracias por lo del otro día —dijo, sin mirarme, con la vista puesta en el horizonte—. Lo de decirme que podía estar mal.
—No hacía falta que me dieras las gracias.
—Sí hacía falta. Nadie me lo había dicho tan claro en mucho tiempo. Ni Sara, al final. Todos preferíamos que yo siguiera fingiendo que estaba genial, era más cómodo para todos.
Caminamos un rato en silencio, el tipo de silencio que solo se puede tener con alguien que te conoce desde antes de que ninguno de los dos supiera fingir nada.
—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —dijo Rodrigo al rato—. Que tú, precisamente tú, la que siempre lo ha tenido todo tan controlado, seas la que más me ha ayudado a soltar el control.
Me reí, aunque no tenía muchas ganas de reírme.
—Yo no tengo nada controlado, Rodrigo. Llevo años sosteniendo esta familia con celo y buena voluntad.
—Pues no se te nota.
—Por eso mismo. Porque llevo toda la vida aprendiendo a que no se me note.
Se quedó callado, esperando, dándome el espacio que yo llevaba meses sin darme a mí misma.
—El martes he quedado con Elena —dije al final, soltándolo sin previo aviso, como quien se quita algo pesado de encima—. Quiere hablarme de un proyecto y ver si puedo colaborar unas horas.
—¿Vas a volver a la investigación?
—No lo sé. Todavía tengo que ver cómo encaja. Pero llevo meses sin pensar en casi nada que no sea esta familia y una media jornada que no me exige nada, y, la verdad, echo de menos pensar en otra cosa. Echo de menos ser buena en algo que no sea logística doméstica.
—Eres muy buena en logística doméstica.
—Ya, pero eso no es lo que quería ser de mayor.
Rodrigo sonrió, con una sonrisa distinta a la de «estoy genial», una más pequeña y más sincera.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? Que yo vine pensando que el único que estaba hecho polvo era yo. Y resulta que aquí todos andábamos intentando arreglar alguna cosa.
—Menuda familia de desastres.
—La mejor que conozco.
Nos quedamos ahí un rato más, mirando el mar, sin necesidad de decir nada más importante que eso, mientras a lo lejos se oía a Bruno gritando otra vez que se había puesto de pie en la tabla, y a Álvaro riendo con esa risa suya tan fácil de reconocer incluso desde la distancia.
—Deberías volver con tu antiguo grupo —dijo Rodrigo, al fin—. Con Elena, con los de verdad. Y no como algo pequeño. Ve en serio. Te lo has ganado.
—¿Y tú qué vas a hacer ahora?
—Voy a seguir buscando hasta encontrar un trabajo normal y dejar de fingir que cada rechazo forma parte de un plan brillante. Y voy a aprender por fin a tocar esta guitarra como es debido, aunque tenga cuarenta y cinco años y sea un poco tarde para las cosas nuevas.
—Nunca es tarde, Rodrigo.
—Eso díselo a mis rodillas después de la tabla de surf de hoy.
Nos reímos los dos, con esa risa floja y agradecida de quien ha dicho, por fin, las cosas importantes sin necesidad de gritarlas, y volvimos caminando hacia el resto de la familia, hacia el ruido feliz que nos esperaba, sabiendo los dos que algo, entre nosotros y dentro de cada uno, acababa de encontrar por fin su sitio.