Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 24 — El día del mar
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Capítulo 24 — El día del mar

(narra Álvaro)

La tabla lleva tres semanas terminada, apoyada contra la pared del garaje con un barniz que no quedó perfecto —se le nota el pulso en un par de zonas— pero que brilla de una manera que a mí, sinceramente, me parece más bonita que si hubiera salido de una tienda.

Organizar el viaje al mar resultó ser más complicado que construir la tabla en sí.

Cuadrar a mis suegros, a Rodrigo, a los tres niños y a Marta un mismo sábado fue casi una operación de logística militar, con un grupo de WhatsApp que se llamó, por votación popular de Bruno, «MISIÓN TABLA AL AGUA» y que generó más mensajes en cuatro días que todo el año anterior junto.

Salimos a las ocho de la mañana en dos coches. En el mío, Bruno no paró de hablar durante los cuarenta minutos de viaje, repasando en voz alta todo lo que llevábamos meses planeando: quién se metía primero, cómo había que remar, qué pasaba si se caía.

—Papá, ¿y si no sé mantener el equilibrio?

—Nadie sabe la primera vez. Eso es lo bueno.

—¿Tú tampoco sabías?

—Yo tampoco sé ahora, hijo. Vamos a aprender juntos.

Eso pareció tranquilizarlo más que cualquier otra cosa que le hubiera podido decir.

Llegamos a la playa a media mañana, con el sol ya alto y el mar en calma, como si el propio océano hubiera decidido portarse bien con nosotros por una vez.

Ernesto llevaba una nevera con bebida y fruta y una bolsa de bocadillos «por si el hambre nos pilla desprevenidos en alta mar», como si fuéramos a cruzar el Atlántico y no a meternos veinte metros en una playa tranquila.

Carmen se instaló bajo una sombrilla con un libro que no llegó a abrir en todo el día, más entretenida mirándonos a todos que leyendo.

Rodrigo llegó con bañador nuevo y una energía distinta a la de meses atrás, más tranquila, sin necesidad de ser el centro de nada.

Por insistencia de Marta —y porque, al parecer, ver tres vídeos no cuenta como titulación—, habíamos reservado una clase de iniciación.

La monitora revisó la tabla, comprobó que flotaba y nos hizo empezar en la zona menos profunda.

Dijo que la construcción era «artesanal». Yo decidí tomarlo como un elogio.

Metimos la tabla al agua entre Bruno y yo.

Las primeras caídas fueron muchas y ridículas.

Tragué más agua salada de la que había bebido en los últimos diez años.

Bruno se caía y volvía a subirse sin quejarse ni una vez, con una determinación que me hizo sentir, viéndolo desde fuera, más orgulloso de lo que puedo explicar con palabras.

A la quinta o sexta vez, algo encajó. Se puso de pie. Solo fueron cuatro o cinco segundos antes de volver a caer, pero durante esos segundos se mantuvo ahí, sobre el agua, con los brazos abiertos y una cara de sorpresa absoluta ante su propio cuerpo.

—¡Papá, lo he hecho!

—¡Lo has hecho!

Desde la orilla, oí gritar a todos a la vez —a Marta, a Vega, a mis suegros, a Rodrigo, que ya se había caído dos veces antes que yo— como si hubiéramos ganado algo importante, que en cierto modo sí habíamos ganado.

Me metí en el agua a abrazarlo, empapados los dos, riendo sin motivo concreto más que la pura alegría tonta de un momento que llevábamos más de catorce meses esperando sin saber que lo estábamos esperando.

Por la tarde, ya todos cansados, con la piel tirante de sal y sol, nos sentamos en la arena a comer los bocadillos de Ernesto, que resultaron ser exactamente lo que hacía falta después de tanto esfuerzo.

Marta se recostó en mi hombro, algo que llevaba tiempo sin hacer, mirando el mar con esa calma que solo le había visto en contadas ocasiones últimamente.

—Gracias por insistir con la tabla —me dijo—. Sé que a veces me sacó de quicio verte dedicarle tanto tiempo sin terminarla.

—A veces las cosas necesitan su tiempo. Los tiempos de la madera, ya sabes.

Se rio, floja, cansada, feliz.

—Los tiempos de la madera —repitió, como si por fin, después de tantos meses oyéndome decir esa frase medio en broma, entendiera de verdad lo que significaba.

Volvimos a casa ya de noche, los coches llenos de arena, los niños dormidos antes de salir del aparcamiento, y yo con la certeza rara y bonita de que algunas de las mejores cosas de la vida son precisamente las que se tarda demasiado en terminar.