Capítulo 23 — Sara
(narra Vega)
Hacía años que no veía a Sara en persona. La recordaba por algunas Navidades de cuando yo era pequeña y por las fotos antiguas en las que aparecía junto a mi tío, en una época que ya parecía pertenecer a otra vida.
Se presentó un sábado por la mañana, sin avisar, con el pretexto de recoger unas cajas suyas que Rodrigo había metido por error entre sus cosas al salir de la casa que compartían y que llevaban semanas en nuestro trastero.
Rodrigo estaba en el jardín con mi padre, los dos liados con no sé qué del riego, cuando sonó el timbre. Abrí yo.
Era alta, llevaba el pelo más corto que en las fotos y tenía una expresión nerviosa que no encajaba con la seguridad que yo había imaginado en la mujer que había dejado a mi tío hecho polvo.
—Hola… ¿Está Rodrigo?
Fui a buscarlo. Cuando le dije quién era, se quedó tan quieto que por un momento pensé que no me había oído bien.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Está en la puerta.
Se pasó la mano por el pelo, se cambió la camiseta —en menos de un minuto; no sé cómo— y salió al recibidor con una calma que evidentemente no sentía, porque le tembló un poco la voz al saludarla.
—Hola, Sara.
—Hola.
Se quedaron allí un momento, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con las palabras. Yo debería haberme ido, lo sé, pero permanecí un poco más de lo estrictamente necesario, fingiendo buscar algo en el mueble de la entrada.
—Solo venía a por las cajas —dijo ella—. Perdona que me presente así.
—No pasa nada. Están en el trastero.
Fueron juntos a buscarlas. Desde la ventana del salón, sin querer —bueno, un poco queriendo—, los vi hablar unos minutos más de la cuenta para lo que se suponía que era «solo recoger cajas».
No sé qué se dijeron. Pero cuando Rodrigo volvió a entrar, después de que ella se marchara con el coche cargado, tenía una expresión que no le había visto nunca. No era la sonrisa de «estoy genial» ni la cara cansada del otro día. Era algo más callado, más adulto, casi en paz.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí —dijo, y esta vez le creí—. Me ha dicho que está mejor. Que para ella también está siendo raro, aunque fuera quien tomó la decisión. Y que le alegra ver que yo también estoy mejor.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Que es verdad. Que estoy mejor. No genial, pero mejor de verdad, que es distinto.
Se quedó callado un momento, mirando hacia la puerta por la que ella se había ido.
—No va a pasar nada más entre nosotros, Vega. Y está bien que sea así. Pero necesitaba verla una vez sin que fuera una despedida a gritos, ¿sabes? Cerrar la puerta en vez de dar un portazo.
Me pareció una de las cosas más maduras que le había oído decir en meses. Aun así, por dentro sentí una punzada rara al verlo tan tranquilo con algo que a mí, con solo pensar en las cosas que pueden romperse entre dos personas, todavía me daba miedo imaginar.
Esa noche se lo conté a mamá en la cocina, mientras preparaba la cena.
—A veces las cosas no se arreglan —dijo—, pero pueden cerrarse bien. Eso también cuenta como final feliz, a su manera.
No supe si me lo decía a mí, a Rodrigo o a ella misma, pero sonó a algo que llevaba tiempo queriendo decir en voz alta.
Aquella tarde no volvió a encerrarse en el despacho ni sacó la guitarra para tapar el silencio. Se sentó en la cocina con nosotros, tomó café y dejó que el día siguiera sin convertirlo en una tragedia ni en una historia de superación.
Rodrigo no volvió a ser el de antes, pero creo que esa era precisamente la idea.