Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 22 — «Estoy genial» (versión recaída)
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Capítulo 22 — «Estoy genial» (versión recaída)

(narra Vega)

La llamada llegó un martes por la tarde. Yo estaba en el salón haciendo deberes cuando Rodrigo, que había vuelto a casa para comer después de pasar la mañana fuera, cogió el móvil, vio el número y salió al jardín a contestar con una prisa que ya lo decía todo antes de que dijera nada.

Volvió a los cinco minutos con la sonrisa puesta. Esa sonrisa suya de «estoy genial» que llevaba semanas sin aparecer, la que pensábamos que había quedado atrás.

—Han elegido a otra persona —dijo, encogiéndose de hombros—. Da igual, la verdad. Ese trabajo tampoco era para tanto. Seguro que sale algo mejor.

Mamá, que estaba fregando, se quedó quieta un segundo.

—Rodrigo, lo siento mucho…

—No pasa nada, en serio. Estoy genial.

Ahí estaba otra vez: la frase que durante tanto tiempo había significado exactamente lo contrario de lo que decía.

Se quedó a la mesa, contó un par de chistes malos y, después, tocó la guitarra con más energía de la habitual, como quien sube el volumen de la música para no tener que escuchar otra cosa. Todo demasiado alto, demasiado alegre, demasiado el-de-antes.

Cuando se encerró en el despacho, mamá se quedó mirando la puerta con esa expresión que pone cuando está calculando algo que no nos va a contar del todo.

—Va a estar bien —dijo papá, con su optimismo de siempre.

—No lo sé —respondió mamá—. Creo que necesita que alguien le diga que puede estar mal, en vez de que todos le sigamos la corriente del «estoy genial».

Esa noche, mamá llamó a la puerta del despacho. No escuché la conversación entera, pero pillé algunos fragmentos desde mi cuarto, con la puerta entreabierta como siempre.

—Rodrigo, puedes estar mal. En serio. No hace falta que finjas conmigo.

Silencio.

—Ya sé que has mejorado mucho. Precisamente por eso puedes permitirte un mal día sin que se caiga todo lo que has construido.

Otro silencio.

—Vale. Mañana hablamos. A la hora que quieras.

Al día siguiente, Rodrigo apareció en la cocina a la hora de comer. No sonreía tanto. Tenía ojeras y la voz más baja de lo normal.

—No he dormido bien —admitió, sin que nadie le preguntara—. Estoy hecho polvo, la verdad. Lo del trabajo me ha dolido más de lo que dije ayer.

Nadie respondió «no pasa nada, ya saldrá algo mejor». Nadie intentó arreglarlo con una frase optimista. Simplemente lo dejamos estar allí, cansado y sincero, comiendo con nosotros en silencio.

Por primera vez, aquella versión suya —la agotada, sin sonrisa forzada— me pareció mucho más fácil de querer que la otra.