Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 21 — Cinco en la mesa
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Capítulo 21 — Cinco en la mesa

(narra Marta)

El domingo, por primera vez desde el día de las cajas —desde el principio de todo aquello, en realidad—, cenamos solos los cinco.

Mis padres estaban en su piso nuevo. Rodrigo había quedado con un antiguo compañero de universidad, algo que en sí mismo ya era una señal de que estaba recuperando una vida propia fuera de nuestro salón.

Puse la mesa para cinco. Me quedé mirándola un rato antes de sentarnos, como quien mira un puzle al que le sobran piezas guardadas en la caja.

Debería haber sido un alivio. Llevaba meses fantaseando en silencio con este momento exacto: la casa, durante unas horas, solo para nosotros cinco, sin calendarios de baño con anotaciones ajenas, sin tener que calcular si había suficiente comida para ocho.

Y sin embargo, la mesa se sentía rara. Demasiado silenciosa. Demasiado ordenada.

—Está muy tranquilo esto —dijo Vega, diciendo en voz alta lo que todos estábamos pensando sin atrevernos a decirlo.

—Qué raro sin el abuelo hablando de pájaros —dijo Bruno, empujando la comida por el plato sin mucho entusiasmo.

Álvaro intentó animar el ambiente con una de sus bromas habituales, algo sobre que por fin podíamos ver la tele sin que nadie cambiase de canal a mitad de programa, pero hasta él sonó menos convencido de lo normal.

—¿Echáis de menos el caos? —pregunté, casi sin querer.

—Un poco —admitió Vega—. Es raro decirlo después de haberme quejado tanto.

—Yo echo de menos al tío Rodrigo tocando mal la guitarra —dijo Bruno—. Y las croquetas de la abuela.

—Las croquetas las podemos hacer nosotros.

—No es lo mismo, mamá. Tú las haces bien, pero la abuela las hace con amor.

Me hizo gracia y también un poco de daño, esa distinción tan precisa e injusta que solo un niño de diez años puede hacer sin darse cuenta de que duele.

Después de cenar, Nico se quedó dormido en mi regazo antes de lo habitual, como si él también notara algo distinto en el aire de la casa.

Álvaro recogió la cocina sin que se lo pidiera, algo que, desde aquella mañana en que secó los platos en silencio, se había convertido en una costumbre nueva entre nosotros que yo agradecía más de lo que decía en voz alta.

Cuando por fin nos sentamos juntos en el sofá, los dos, con la casa en silencio, Álvaro me preguntó lo que llevaba días queriendo preguntarme, con cuidado, como quien toca algo que sabe frágil.

—¿Y tú? ¿Echas de menos que estén todos?

Lo pensé de verdad antes de contestar.

—Echo de menos partes. No el caos entero. Pero sí… no sé. La sensación de que había más gente sosteniendo esta casa además de mí.

Álvaro se quedó callado un momento.

—Yo también puedo sostenerla. Puedo hacerlo mejor.

—Ya lo estás haciendo mejor.

—¿En serio?

—En serio. Los platos. Lo de Rodrigo y la entrevista. Se nota, Álvaro.

Se le iluminó la cara de una forma que me recordó, extrañamente, a Bruno cuando alguien le dice que ha hecho algo bien.

Nos quedamos un rato más en el sofá, en un silencio distinto al de la mesa, uno que no pedía ser llenado con nada, mientras la casa, más vacía que en meses, empezaba a aprender también su nueva forma de estar llena.