Capítulo 20 — El coach catastrófico
(narra Álvaro)
Rodrigo me llamó el martes con una noticia que no me esperaba.
—Tengo entrevista de trabajo. El jueves.
—¡Eso es genial!
—Es en una gestoría. Nada del otro mundo. Pero llevo dos años sin currar en condiciones, así que para mí es enorme.
Le pregunté si necesitaba algo, más por decir algo que por pensar que de verdad iba a necesitar mi ayuda, y él, en un error de cálculo que creo que ambos lamentamos después, dijo que sí.
—No tengo ni idea de cómo van estas cosas ahora. Antes conseguía curro por contactos, nunca me han hecho una entrevista de verdad.
—Yo te ayudo —dije, con la confianza de quien no ha hecho una entrevista de trabajo en quince años y no recuerda ese detalle en el momento de ofrecerse.
El miércoles por la noche montamos un simulacro en el salón. Le presté una corbata que tengo desde mi propia boda, de un azul que en su momento me pareció elegante y que ahora, visto en Rodrigo bajo la luz del salón, parecía más bien sacada de un anuncio de coches de los noventa.
—¿Seguro que esta corbata da buena imagen?
—Transmite seriedad y estabilidad.
—Transmite que fuiste padrino de boda en 2003.
Ignoré el comentario y seguí con mi plan.
—Bueno, empecemos. Cuéntame tus fortalezas.
—Soy buena persona, aprendo rápido y toco la guitarra.
—Rodrigo, eso último no lo digas en la entrevista real.
—¿Por qué no? Es verdad.
—Porque no es relevante para un puesto de gestoría.
—Podría ser relevante si necesitan animar la fiesta de Navidad.
Seguimos así casi una hora, con preguntas que yo había sacado de un artículo que encontré buscando «cómo preparar una entrevista de trabajo» con el móvil, sin demasiado criterio sobre cuáles servían de verdad.
Le pregunté dónde se veía dentro de cinco años, y contestó «vivo, con suerte», lo cual nos hizo reír a los dos pero que, le advertí, tampoco debía decir en la entrevista real.
Marta entró en algún momento, nos vio a los dos de pie en el salón, Rodrigo con mi corbata de 2003 y yo dándole consejos que a todas luces no tenía autoridad moral para dar, y se quedó mirando la escena con esa cara que pone cuando algo le hace gracia pero no quiere dárnoslo a entender.
—¿Qué hacéis?
—Preparo a Rodrigo para el mercado laboral moderno.
—Álvaro, tú llevas en la misma empresa desde hace quince años. No sabes nada del mercado laboral moderno.
—Por eso mismo puedo darle una perspectiva fresca.
Marta se rio, esta vez sin disimulo, y se sentó a ver el resto del simulacro, que, a partir de ahí, se convirtió más en un espectáculo para su entretenimiento que en una preparación seria de cara a la entrevista.
El jueves, Rodrigo se fue a la entrevista con un traje que le quedaba un poco holgado, la corbata de 2003 —que al final decidió llevar de todas formas, «por superstición»—, y una calma que no le había visto en meses.
Volvió por la tarde con una expresión que no supimos leer al principio.
—¿Qué tal? —preguntamos los dos a la vez.
—Bien —dijo—. Raro, pero bien. Me preguntaron por qué había un hueco de dos años en mi currículum y les dije la verdad: que había encadenado proyectos que no salieron y que durante demasiado tiempo lo disfracé de reinvención.
—¿Y qué dijeron?
—Que valoraban la sinceridad. Que me llamarían la semana que viene.
No supimos si eso era una buena señal o la forma educada de decir que no, pero esa noche lo celebramos igual, con una cena improvisada, como si el simple hecho de haberse presentado a algo real, sin disfrazarlo de «reinventarme» ni de «esto es lo mejor que me ha pasado», ya fuera en sí mismo una victoria.
—Gracias por lo de la corbata —me dijo Rodrigo, al final de la noche.
—Gracias por dejar que me sienta útil un rato —contesté, y los dos supimos que hablábamos, en el fondo, de algo bastante más grande que una corbata.