Capítulo 19 — No sé qué hacer con una tarde libre
(narra Marta)
Álvaro se llevó a los tres niños el sábado por la tarde. A todos. Nico incluido, con su silla, su bolsa de pañales y su expresión de sorpresa permanente ante el mundo.
—Vete —me dijo—. En serio. Vete a algún sitio sin nosotros.
Me quedé mirándolo como si me hablara en un idioma que había olvidado.
—¿Adónde?
—No sé. Adonde vayas tú cuando no tienes que ser madre de nadie durante cuatro horas.
El problema era que no recordaba la respuesta. Llevaba tanto tiempo siendo la persona que organiza, reparte y sostiene que había olvidado qué hacía yo antes de que existiera ese trabajo no remunerado y sin vacaciones que consiste en dirigir una casa con demasiada gente dentro.
Cogí el bolso. Salí a la calle. Y me quedé parada en la acera durante casi un minuto entero, sin saber hacia dónde caminar.
Al final entré en una cafetería. Pedí un café solo, no uno para llevar: uno de esos que se toman sentada, despacio, mirando por la ventana sin que nadie te pregunte nada ni te necesite para nada.
Duré exactamente ocho minutos antes de sacar el móvil.
No para mirar los mensajes de la familia. Para eso ya tenía las notificaciones. Lo saqué para buscar algo que llevaba meses sin buscar: el nombre de mi antiguo grupo de investigación.
Seguían publicando. Habían sacado dos artículos nuevos desde que me fui, sobre líneas de trabajo que yo misma había ayudado a abrir antes de que la vida —los niños, la reducción de jornada, la casa y después la casa llena— me fuera apartando poco a poco, decisión razonable tras decisión razonable, de un lugar en el que una vez fui buena en algo que no tenía que ver con calendarios de baño.
Leí tres veces el resumen de uno de los artículos. Lo entendí todo.
Eso me sorprendió más de lo que debería: todo aquel conocimiento seguía allí, esperando debajo de la logística doméstica como una habitación cerrada que nadie había vaciado.
Le mandé un mensaje a mi antigua jefa de grupo antes de que la parte sensata de mi cerebro pudiera convencerme de no hacerlo.
«Hola, Elena. Espero que estés bien. He visto el último artículo; enhorabuena. Llevo tiempo pensando en volver a meter la cabeza en esto, aunque sea poco a poco. ¿Te apetece que tomemos un café algún día?»
Lo envié antes de arrepentirme.
Después me quedé mirando la taza vacía, sintiendo una mezcla rara de miedo y algo parecido a la ilusión, una emoción que llevaba tanto tiempo sin experimentar que casi no la reconocí.
Salí de la cafetería. Caminé sin prisa, entré en una librería sin buscar nada concreto y me senté un rato en un banco del parque.
Nadie me llamó para preguntar dónde estaban los calcetines de Nico.
Nadie necesitó que resolviera una discusión.
Durante un par de horas no fui la pieza central de ningún sistema.
Volví a casa con dos horas de regalo sin gastar, porque no supe en qué gastarlas.
Solo fui yo.
Cuando volví a casa, la encontré casi como la había dejado, salvo por un rastro de puré en el pasillo y por Álvaro, dormido en el sofá con Nico encima. Los dos tenían la misma expresión de agotamiento satisfecho.
—¿Qué tal? —susurró Álvaro, medio despierto.
El móvil vibró dentro de mi bolso. Era Elena.
«Claro que sí. Dime cuándo te viene bien y buscamos un hueco.»
Miré a Álvaro. Miré el salón, que volvía a parecer demasiado grande y demasiado pequeño al mismo tiempo. Pensé en aquel café pendiente, en la casa, en los niños y en todo lo que todavía no sabía cómo iba a encajar.
—Bien —dije.
Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella palabra no fue una respuesta automática.
Fue el principio de un plan.