Capítulo 18 — El tío Rodrigo cuenta la verdad, por fin
(narra Bruno)
Llevaba semanas esperando aquel momento sin saber que lo estaba esperando.
Fue un domingo, uno de esos en que los abuelos venían a comer aunque ya no vivieran con nosotros. Era raro, pero a mí me gustaba: seguía viéndolos mucho y la casa estaba menos llena entre semana.
Estábamos todos a la mesa, con las croquetas de la abuela en el centro como si fueran las protagonistas de la comida, cuando el abuelo le preguntó a Rodrigo, así, sin avisar, como hace siempre:
—¿Y qué pasó con Sara, hijo? Nunca nos lo has contado bien.
Todos nos quedamos quietos, con el tenedor a medio camino.
Rodrigo dejó la croqueta en el plato.
—Me dejó ella —dijo—. Yo llevaba meses diciendo que todo estaba bien. No estaba bien.
Nadie respondió, lo cual en mi familia es raro, porque normalmente alguien rellena los silencios con una broma o con una pregunta sobre pájaros.
—Llevaba dos años sin trabajar en condiciones. Cogía trabajillos, proyectos que no llegaban a nada, y le decía a todo el mundo que estaba «reinventándome». Sara aguantó mucho tiempo. Más del que yo merecía, creo.
—Eso no lo sabes —dijo la abuela.
—Sí lo sé, mamá. Por eso me daba tanto miedo contároslo. Porque vosotros seguís pensando que soy el hijo divertido, el que siempre cae bien, y en realidad llevo un par de años siendo, sobre todo, el hijo que no ha sabido sostener nada.
Se hizo un silencio distinto. No era incómodo. Era uno de esos silencios que se quedan quietos porque nadie quiere estropear lo que está pasando.
El abuelo alargó la mano por encima de la mesa y la apoyó sobre el brazo de Rodrigo. No dijo nada de pájaros. No dijo nada de 1987. Solo la dejó allí un rato.
—Yo también estropeé cosas a tu edad —dijo al final—. La diferencia es que en mi época nadie hablaba de ello durante las comidas.
—¿Y qué hacíais?
—Nos íbamos a arreglar radios que no estaban rotas.
Todos nos reímos, hasta Rodrigo, que se limpió algo de la cara. Igual era una lágrima o igual era solo el picante de las croquetas, pero a mí me pareció más lo primero.
Después de comer, mientras los mayores recogían, salí al jardín y encontré a Rodrigo sentado en los escalones, con el móvil en la mano, mirando algo con mucha atención.
—¿Qué haces?
—Mirando ofertas de trabajo.
—¿En serio?
—En serio. Nada de reinventarme. Solo trabajar en algo normal, aunque sea aburrido.
Me senté a su lado.
—¿Y la guitarra?
—Esa la sigo tocando fatal por gusto, no por trabajo.
Me pareció un buen plan. Se lo dije.
—Gracias, sobrino —respondió, y me revolvió el pelo con esa fuerza excesiva que usa siempre, como si no supiera calcular cuánto pesa una mano sobre la cabeza de alguien.
Aquella noche apunté en mi cuaderno de cosas importantes que a veces los mayores tardan mucho en decir la verdad, pero que, cuando por fin la dicen, la casa entera respira un poco mejor, como si hubiera estado aguantando el aire sin que nadie se diera cuenta.