Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 17 — Marcos, del instituto
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Capítulo 17 — Marcos, del instituto

(narra Vega)

Llevo meses mencionando a Marcos como si no fuera nada, como quien habla del tiempo o de la marca del móvil.

«Es Marcos, del instituto. Los dos odiamos Lengua».

Eso es lo que digo cuando alguien pregunta. Es más fácil que contar la verdad: que llevo desde octubre pensando en él con una intensidad que me da vergüenza reconocer incluso dentro de mi propia cabeza.

El jueves pasó algo.

Estábamos en la biblioteca, supuestamente estudiando para el examen de Historia, y en algún momento dejamos de estudiar y empezamos a hablar de todo lo demás: de música, de series, de que su hermano mayor se había independizado y ahora tenía la casa medio vacía, algo que a mí me sonaba a ciencia ficción.

Le conté lo de mis abuelos, lo de mi tío durmiendo durante semanas en el despacho y lo del calendario del baño con la casilla de imprevistos. Pensé que le parecería raro, o directamente un despropósito, pero se rio tanto que la bibliotecaria nos mandó callar dos veces.

—Tu familia parece una serie —dijo.

—Es más bien un documental de catástrofes con toques de comedia.

—Me encantaría conocerlos.

No supe qué responder. Por un lado me hizo ilusión; por otro, sentí un pánico real, físico, al imaginarme a Marcos sentado a nuestra mesa mientras mi abuelo contaba la historia completa de cómo casi se compró un piso en 1987, mi padre explicaba los tiempos de la madera y mi tío intentaba impresionarlo tocando mal la guitarra.

—Mi familia da mucho miedo en persona —le dije.

—Todas las familias dan miedo en persona. La mía tiene un perro que odia a todo el mundo menos a mí.

Nos quedamos un rato en silencio, uno de esos silencios raros que aparecen cuando los dos sabéis que está ocurriendo algo pero ninguno quiere ser el primero en decirlo en voz alta.

Al final fue él.

—¿Te apetece que quedemos este fin de semana? Sin la excusa de estudiar.

Le dije que sí tan deprisa que después me arrepentí de no haber esperado ni dos segundos por dignidad, pero ya estaba dicho.

Llegué a casa flotando y cometí el error de contárselo a mi madre mientras cenábamos, en un momento de debilidad emocional que ahora lamento profundamente.

—¿Un chico? —dijo mi abuela, que ya no vivía allí pero estaba de visita, con una velocidad de reacción que no le conocía.

—Abuela, es solo quedar.

—¿Y viene a casa a conocernos?

—No, abuela. Todavía no. Puede que nunca.

—Qué exagerada.

Mi padre, por su parte, entró en un modo que solo puedo describir como «padre de comedia de instituto de los años noventa».

—¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? ¿Qué notas saca?

—Papá, para.

—Solo pregunto por su bienestar académico.

—No es verdad.

—Es un poco verdad —admitió.

Mi tío, que todavía dormía en el despacho y seguía apareciendo en todas las conversaciones aunque nadie lo hubiera invitado, me guiñó un ojo desde el otro lado de la mesa.

—Tranquila, yo te cubro las espaldas si necesitas una coartada.

—No necesito una coartada, Rodrigo. Tengo catorce años y voy a tomar un batido.

—Yo también empecé así.

—Tú tienes cuarenta y cinco años.

—Por eso lo digo con perspectiva.

Al final, la única que no dijo nada raro fue mi madre.

Se limitó a mirarme con una sonrisa pequeña, de esas que no necesitan palabras, y me hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que en medio de todo el caos de esta familia había también sitio para que a mí me pasaran cosas normales de tener catorce años, sin que se convirtieran automáticamente en el drama de toda la casa.

El sábado me puse tres camisetas distintas antes de decidirme por la primera que me había probado.

Como siempre.