Capítulo 16 — El piso pequeño de la calle Aurora
(narra Bruno)
Fuimos a comer a casa de los abuelos por primera vez el domingo siguiente a la mudanza, y yo llevaba toda la semana con ganas de ver dónde vivían ahora, como quien va a conocer un país nuevo del que solo le han hablado.
El piso está en un tercero sin ascensor, en una calle que se llama Aurora, cosa que a la abuela le pareció «de buen augurio» en cuanto vio el cartel, aunque el abuelo dijo por lo bajo que lo que sería de buen augurio de verdad es que hubiera ascensor a su edad.
Subimos los tres pisos con papá cargando una caja de herramientas «por si hace falta arreglar algo», que es su forma de decir que no sabe estar en ningún sitio nuevo sin buscarse una excusa para trastear.
El piso es pequeño. Mucho más pequeño que nuestra casa. Pero tiene una luz distinta, una luz que entra de lado por la tarde y que hace que todo parezca más cálido de lo que es en realidad.
—Es pequeño pero es nuestro —dijo el abuelo, con esa frase que ya le había oído decir la mañana que se fueron.
Tienen un salón con la misma lámpara de siempre —la que mi padre ha estado a punto de tirar por la escalera dos veces— y una mesa nueva, más pequeña que la nuestra, donde ya no caben tantas sillas, así que comimos algunos de pie, con el plato en la mano, entre risas, como si fuera una fiesta improvisada en vez de una comida de domingo cualquiera.
—¿Echáis de menos nuestra casa? —le pregunté a la abuela, mientras ella terminaba de poner la mesa.
Se quedó pensando un momento, con esa cara suya que usa cuando quiere contestar la verdad y no la respuesta fácil.
—Echo de menos el ruido. Este piso, al principio, se me hacía muy silencioso por las noches, después de tantos meses oyéndoos correr por el pasillo.
—¿Y ahora?
—Ahora ya me he acostumbrado. Pero los domingos que venís, cuando esta casa se llena un rato de ruido otra vez, me doy cuenta de cuánto lo había echado de menos.
El abuelo me enseñó su rincón nuevo, un pequeño escritorio junto a la ventana donde ha puesto la radio que llevaba treinta años «arreglando» y que, según él, «ya casi está».
Tiene también una estantería con los libros de pájaros, ordenados por primera vez en años, y una foto nuestra, de todos juntos y apretados alrededor de la mesa la última noche que durmieron en casa, en un marco que compró especialmente para eso.
—Es mi foto favorita de toda mi vida —me dijo, señalándola—. Aquella noche entendí algo que no sabía que necesitaba entender.
—¿El qué?
—Que no hacía falta vivir todos juntos para ser familia de verdad. Solo hacía falta querer estar.
No entendí del todo esa frase en el momento, pero la apunté igual en mi cuaderno, como hago siempre con las cosas que dicen los mayores y que parecen importantes aunque tarde un tiempo en entenderlas bien.
Antes de irnos, la abuela me metió a escondidas una bolsa con croquetas «para el camino», aunque el camino solo dura quince minutos en coche.
—Abuela, esto es para hoy, no hace falta que sea para el camino.
—Ya lo sé, cielo. Es solo una forma de decir que quiero que os llevéis algo mío a casa.
Me pareció la explicación más bonita que había oído nunca sobre por qué la gente hace croquetas de más.