Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 15 — Las cajas bajan
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Capítulo 15 — Las cajas bajan

(narra Bruno)

Es raro ver las mismas cajas que subieron hace meses volver a bajar por la misma escalera de caracol. Esta vez nadie se pelea con ellas ni se rompe ningún jarrón.

Bueno, casi nadie.

Papá estuvo a punto de tirar la lámpara de pie por la escalera, que es más o menos lo que hizo con el jarrón el día que llegaron, solo que aquella vez lo consiguió.

—¡Que no, que esto es fácil! —dijo, exactamente con las mismas palabras de la primera vez.

Mamá, desde abajo, ni siquiera se molestó en contestar. Solo levantó una ceja, que en su idioma significa «ya lo veremos».

La caja de LIbrOS DE ERNESTO bajó la primera.

La misma caja, con el mismo rotulador ya un poco más gastado y una esquina todavía abombada por la noche de la tormenta.

El abuelo la cogió él solo y la llevó hasta la furgoneta con una cara rara, entre feliz y triste, como cuando terminas un libro que te ha gustado mucho y sabes que ya nunca podrás leerlo por primera vez.

—¿Estás contento, abuelo?

Se paró un momento antes de responder.

—Estoy las dos cosas a la vez, Bruno. Contento y un poco apenado. Se puede.

Apunté eso en mi cuaderno: contento y apenado a la vez. Se puede.

Cuando terminamos de bajarlo todo, la buhardilla se quedó vacía de las cosas de los abuelos por primera vez desde que llegaron, con las cosas viejas de siempre otra vez solas ahí arriba.

Así parecía más grande de lo que recordaba. También más triste. El tejado ya no dejaba pasar agua desde que lo repararon, pero la mancha seguía en el techo, redonda y amarillenta, como una prueba de que allí había pasado algo aunque el agua hubiera dejado de caer.

Mamá se quedó un rato en la puerta, mirando el espacio vacío.

—Habrá que pintar esto —dijo.

—Papá lleva dos años diciendo que lo hace en un momento —le recordé.

—Ya. Por eso llamaré yo mañana a un pintor.

Eso me hizo gracia, aunque no lo dije en voz alta.

Rodrigo ayudó a bajar las últimas cajas.

Seguía durmiendo en el despacho, pero aquella mañana ocupó menos espacio que de costumbre.

No hizo bromas sobre heredar la buhardilla ni preguntó si podía instalar allí su guitarra.

Solo cargó con las maletas de la abuela y comprobó tres veces que la furgoneta estuviera bien cerrada.

Cuando terminamos, los abuelos se despidieron como si se fueran a otro país, aunque su piso estaba a quince minutos en coche. La abuela abrazó a cada uno por separado, con uno de esos abrazos largos que aprietan un poco más de lo normal.

—Nos vemos el domingo —dijo.

—Nos vemos el domingo —repitió mamá.

El abuelo me revolvió el pelo, como hace siempre, y me dijo al oído:

—Cuida de la casa mientras no estoy. Tú sabes dónde están todas las cosas importantes.

No supe si hablaba de las herramientas del garaje o de otra cosa, pero le dije que sí de todas formas.

Cuando se fue la furgoneta, la casa se quedó rara. Más silenciosa de lo que había estado en meses. Vega subió a su cuarto sin decir nada. Papá se quedó mirando el hueco de la lámpara en el salón, ese espacio que ahora habría que llenar con algo, aunque todavía no sabíamos con qué.

Mamá se sentó en el sofá, respiró hondo y, por primera vez en mucho tiempo, no dijo nada de organizar ni de calendarios.

Solo se quedó allí, en el silencio nuevo de la casa, dejando que aquel silencio también tuviera su sitio, como todo lo demás que había pasado durante esos meses.