Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 14 — La mañana después de todo
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Capítulo 14 — La mañana después de todo

(narra Álvaro)

Nadie duerme bien después de una noche así. Lo sé porque a las siete de la mañana ya estábamos todos despiertos, moviéndonos por la cocina como personajes de una película muda y evitando mirarnos a los ojos con una educación exagerada.

—¿Café? —le pregunté a Ernesto.

—Gracias.

Fue toda la conversación. Dos palabras, y las dos hicieron más ruido del que deberían.

Marta bajó la última, con Nico en brazos y la cara de alguien que ha dormido tres horas pensando en lo que dijo. Se quedó parada en la puerta de la cocina un segundo, como si estuviera calculando si merecía la pena entrar.

Entró.

Nadie mencionó la noche anterior. Fuimos poniendo la mesa, sacando el pan y calentando la leche con ese cuidado exagerado que se pone cuando se maneja algo frágil sin saber exactamente dónde está la grieta.

Fue Carmen quien rompió el silencio, con una taza en la mano y la vista puesta en la ventana.

—Ayer estuvimos mirando un piso —dijo, sin dirigirse a nadie en particular—. Ernesto y yo. Antes de la cena.

Todos nos quedamos quietos.

—¿Cuándo? —preguntó Marta.

—Por la tarde. Hay uno a quince minutos de aquí, un tercero sin ascensor, pero con buena luz. No dijimos nada porque queríamos verlo primero, no fuera a ser que os hiciéramos ilusiones.

Marta dejó la cuchara con la que estaba removiendo el café.

—¿Y qué os pareció?

Ernesto y Carmen se miraron con esa mirada de casi medio siglo de matrimonio que dice más que cualquier frase.

—Pequeño —dijo Ernesto—. Pero nuestro.

Nadie supo muy bien qué decir. Había algo raro en la escena: la misma noticia que un mes antes habría sido un alivio ahora sonaba, de alguna manera, a pérdida.

Como si la casa, a fuerza de estar llena, hubiera dejado de ser solo un problema de espacio y se hubiera convertido, sin que nadie lo planeara, en otra cosa.

—Deberíais quedaros con él —dijo Marta.

Lo dijo en serio, aunque le costó.

—Lo sabemos —respondió Carmen—. Por eso ya hemos dejado una señal.

Se quedó un momento callada, con la taza entre las dos manos.

—Llevamos meses mirando pisos, Marta. Todos.

Y todos tenían algo mal. —Dejó la taza sobre la mesa—.

No tenían nada mal. La que no se atrevía a elegir era yo.

Después de treinta años en la misma casa, elegir la última da mucho miedo.

Y lo que dijo tu padre el otro día, lo de que ya vivíamos aquí, lo dijo por mí.

Bruno, que llevaba toda la conversación con la cuchara de los cereales a medio camino de la boca, preguntó lo que todos estábamos pensando y nadie se atrevía a decir.

—¿Y nos seguiremos viendo los domingos?

—Todos los domingos que queráis —dijo Ernesto—. Y algún jueves, que vuestra abuela hace croquetas de más y alguien tendrá que comérselas.

Eso relajó algo el ambiente. No del todo, pero algo.

Más tarde encontré a Marta sola en la cocina, mirando el calendario del baño que seguía pegado en la puerta con imanes. Tenía ya tantas anotaciones y correcciones que apenas se distinguía el diseño original.

—¿Estás mejor? —le pregunté.

—Estoy cansada de estar bien todo el rato.

No supe qué responder, así que hice lo único que se me ocurrió: cogí el trapo y empecé a secar los platos que ella estaba fregando. Sin que nadie me lo pidiera. Sin convertirlo en un gesto grande ni en una sorpresa con trípode.

Solo sequé platos.

Durante un rato largo, en silencio, los dos.

Fue, creo, una de las cosas más útiles que he hecho en meses.