Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 13 — Todos gritando a la vez
12%

Capítulo 13 — Todos gritando a la vez

(narra Marta)

No recuerdo exactamente cómo empezó. Creo que fue por una toalla mojada encima de la cama, pero eso sería como explicar una guerra por el primer disparo: técnicamente cierto y completamente insuficiente.

Lo que sí recuerdo es el orden en que fue creciendo.

Empezó conmigo y con Álvaro, en el pasillo, discutiendo en voz baja sobre una toalla mojada, el calendario del baño y la costumbre de decir que sí a todo sin consultarme.

Subió de volumen cuando mi madre salió de la cocina a «mediar», que en su idioma significa darme la razón en voz alta y dársela luego a Álvaro en privado, cosa que a esas alturas ya no colaba con nadie.

Subió más cuando mi padre intentó aligerar el ambiente con una broma sobre pájaros que a nadie le hizo gracia por primera vez en la historia de sus bromas sobre pájaros.

Subió mucho más cuando Rodrigo, desde el sofá, dijo:

—A ver, tampoco es para tanto.

Fue la frase equivocada, dicha por la persona equivocada, en el peor momento posible.

—¿Que no es para tanto? —dije, girándome hacia él con una velocidad que me sorprendió hasta a mí—.

Llevo tres meses fregando para todo el mundo, el último para ocho, durmiendo mal porque el techo gotea y calculando turnos de baño como si dirigiera un aeropuerto.

Y tú, que llevas aquí un mes sin buscar piso en serio, ¿me dices que no es para tanto?

—Solo digo que a veces exageras.

—¿Exagero?

Ahí ya no hablaba solo con Rodrigo. Hablaba con todos.

—Exagero cuando digo que esta casa se ha quedado pequeña.

Exagero cuando digo que llevo meses sin poder entrar en mi propia cocina sin encontrar algo cambiado de sitio.

Exagero cuando digo que nadie en esta casa me ha preguntado, ni una sola vez, si yo estoy bien con todo esto, porque todos dais por hecho que puedo con todo porque siempre puedo con todo.

Mi madre se quedó blanca.

—Nosotros no queríamos ser una carga.

—Pues lo sois. No por elegirlo, no os culpo por eso, pero lo sois, y llevo tres meses fingiendo que no pasa nada porque si lo digo en voz alta parece que os estoy echando, y yo no quiero echaros, solo quiero…

No terminé la frase.

—¿Qué quieres? —preguntó Álvaro, muy bajito.

Y ahí me quedé callada, porque la verdad es que no lo sabía del todo.

Quería que la casa fuera más grande. Quería que Rodrigo encontrara piso y encontrara paz al mismo tiempo.

Quería que mis padres tuvieran un sitio propio donde no dependieran de mis enchufes ni de mis horarios de ducha.

Quería, sobre todo, dejar de ser la única persona en esa casa que llevaba la cuenta de todo mientras los demás vivían tranquilos dentro del sistema que yo sostenía.

—Quiero un rato en el que nadie necesite nada de mí —dije, por fin, con una voz que ya no reconocía como mía—. Un rato. Eso es todo.

El salón se quedó en silencio.

Bruno, que llevaba un rato en la puerta sin que nadie lo hubiera visto entrar, dijo, muy flojito:

—Yo también quiero eso a veces.

Nadie supo qué contestar.

Vega bajó las escaleras, atraída por el ruido, y se quedó parada al ver la escena: su abuela con los ojos llorosos, su abuelo mirando al suelo, Rodrigo con la cara de quien acaba de entender que se ha equivocado de frase en el peor momento, y yo, en medio de todos, respirando como si acabara de terminar una carrera larga.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Nada —dijo mi madre.

—Todo —respondí yo casi al mismo tiempo.

Las dos palabras se cruzaron en el aire y por primera vez en meses nadie intentó arreglarlo con una broma, ni con una frase optimista, ni con un «esto se soluciona en un momento».

Simplemente nos quedamos ahí, todos, en silencio, dejando que la casa entera absorbiera lo que acababa de pasar.