Capítulo 12 — El presupuesto del tejado
(narra Álvaro)
Llevo tres días mirando el segundo presupuesto del tejado como si, a fuerza de observarlo, fuera a bajar de precio.
No baja.
Marta lo ha guardado en una carpeta llamada «GASTOS SERIOS», que no existía hasta esta semana y que, ahora que existe, me da un poco de miedo abrir.
—Podemos pedir un préstamo —dije el martes, durante la cena, cuando ya no aguantaba más el silencio incómodo cada vez que alguien mencionaba la palabra «tejado».
—Ya tenemos uno. Se llama hipoteca.
—Podemos pedir otro.
—Álvaro, no vamos a apilar deudas como si fueran tuppers.
Ernesto, desde el otro lado de la mesa, carraspeó.
—Nosotros tenemos algo ahorrado.
—No, papá —dijo Marta, tan rápido que casi le corta la frase por la mitad.
—Es dinero de la venta del piso. Está ahí parado.
—Está ahí parado porque es vuestro colchón, no el nuestro.
—¿Y para qué queremos un colchón a los setenta y dos años? ¿Para comprarnos otra casa que no vamos a necesitar porque ya vivimos en esta?
Se hizo un silencio de esos que en mi familia significan que alguien acaba de decir algo demasiado verdadero para el volumen normal de una cena.
Carmen dejó la cuchara en el plato. Marta miró a su padre como si acabara de escuchar una confirmación que llevaba semanas temiendo.
—¿Ya vivimos en esta? —preguntó.
—Mientras encontremos otra cosa —se apresuró a añadir Ernesto.
Marta no contestó. Se levantó a por más agua, que es lo que hace cuando necesita un minuto sin que nadie la mire a la cara.
Rodrigo, que llevaba toda la cena callado —cosa rara en él—, dejó el tenedor con un golpe suave.
—Yo puedo poner algo.
Todos lo miramos.
—Rodrigo, tú duermes en un despacho con una silla atrapada contra la pared —dije, con todo el cariño del mundo.
—Ya, pero tengo ahorros de antes. De cuando estaba con Sara. No es mucho, pero es algo.
—No hace falta —dijo Marta, ya de vuelta en la mesa.
—Marta, llevo aquí un mes durmiendo gratis y comiendo lentejas que no he comprado. Deja que aporte algo, aunque sea simbólico.
Fue la primera vez que vi a Rodrigo hablar sin ese tono de «estoy genial» pegado a cada frase. Sonó a persona normal, un poco cansada, que quería sentirse útil en un sitio donde llevaba semanas sintiéndose de más.
Al final llegamos a un acuerdo incómodo, como casi todos los acuerdos de familia: Ernesto y Carmen ponían una parte, Rodrigo otra, y nosotros el resto, a plazos. Nadie se quedó del todo contento, que probablemente es la señal de que el reparto fue justo.
Después de cenar, salí al garaje a mirar la tabla de surf, que seguía sin barnizar y se apoyaba contra la pared como un reproche silencioso.
Ernesto entró detrás de mí, con la radio bajo el brazo como siempre.
—¿Cuánto te queda? —preguntó, señalando la tabla.
—El barniz. Solo el barniz.
—¿Y qué esperas?
Me quedé pensando la respuesta un rato largo.
—No lo sé. Supongo que mientras no la termino, todavía puede salir perfecta.
Ernesto asintió, como quien reconoce una frase que podría haber dicho él mismo sobre su radio.
—A veces hay que arriesgarse a que salga imperfecta.
Cogí el bote de barniz esa misma noche. No la terminé —eso habría sido demasiado bonito para ser verdad—, pero abrí el bote, mojé la primera brocha nueva que había comprado hacía semanas, y di la primera pasada sobre la madera.
Quedó torcida. Se notaba el pulso.
No importó. Por primera vez en más de un año, la tabla dejó de ser una idea y empezó a ser, de verdad, una tabla.