Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 11 — El día de las profesiones
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Capítulo 11 — El día de las profesiones

(narra Bruno)

En el cole celebramos una cosa que se llama «el día de las profesiones», en la que un familiar viene a contar en qué trabaja. Normalmente vienen los padres. Normalmente viene solo uno.

Yo cometí el error de contarlo en casa delante de todos a la vez.

—¡Yo voy! —dijo el abuelo, levantando la mano como si estuviéramos en el cole y no en el salón.

—Yo también podría ir —dijo papá—. Puedo hablar de mi proyecto de emprendimiento.

—¿Qué proyecto? —preguntó mamá.

—El de la tabla de surf.

—Eso no es una profesión, Álvaro. Es una afición con retraso.

—Es una futura línea de negocio.

Rodrigo, que estaba tirado en el sofá con la guitarra apoyada en las rodillas, levantó la mano también.

—Yo puedo contarles lo que es reinventarse profesionalmente a los cuarenta y cinco.

—Eso suena a charla motivacional de la que la gente sale llorando —dijo Vega.

—Exacto. Es mi punto fuerte.

Al final decidieron que solo iría una persona y eligieron a mamá porque «es la única con una profesión de verdad que se explica en cinco minutos», según papá. Lo dijo sin maldad, pero provocó una mirada de mamá capaz de cortar jamón.

Mamá es bióloga. Hasta hace unos años trabajaba en un laboratorio investigando genes.

Ahora hace media jornada en el mismo sitio, pero en cosas que ella dice que no son investigación de verdad, y el resto del tiempo investiga por qué nunca hay suficiente papel higiénico en esta casa, pero eso no lo dijo delante de la profe.

El día de las profesiones, mamá llegó puntual, con una presentación hecha en el ordenador y unas muestras de ADN de mentira hechas con fideos y purpurina para que los niños entendiéramos la doble hélice.

Fue la mejor charla de todo el día. Mejor que la del padre de Marcos, que es piloto y solo enseñó fotos de aviones. Mejor que la de la madre de Sofía, que es dentista y trajo un diente gigante de plástico que dio bastante mal rollo.

Todo iba perfecto hasta que se abrió la puerta de la clase.

Era el abuelo.

Yo les había contado que la profe permitiría entrar a otros familiares al final, por si querían ver las exposiciones. Lo que no había dicho —porque pensé que era evidente— era que «ver» no significaba «preparar una intervención propia».

—Perdón, perdón, llego un poco tarde. ¿Puedo hablar de pájaros? —preguntó.

La profe se quedó paralizada. Mamá se quedó paralizada. Yo me quise morir un poco, pero solo un poco, porque en el fondo también me hizo gracia.

—¿Es usted familiar de Bruno? —preguntó la profe.

—Soy el abuelo. Y este es mi yerno.

Detrás de él apareció papá con una caja de herramientas en la mano, como si fuera a montar algo allí mismo.

—Perdón por el retraso. Hemos venido juntos y la tabla ocupaba los asientos de atrás.

Toda la clase se giró a mirarlos. Marcos me miró a mí con una expresión que no supe si era pena o envidia.

La profe, que ya no sabía muy bien qué hacer, decidió dejarlos hablar cinco minutos a cada uno «ya que estaban allí».

El abuelo habló de pájaros con tanta pasión que dos niños empezaron a apuntar nombres de especies en sus cuadernos.

Papá enseñó fotos de la tabla de surf sin barnizar y explicó «los tiempos de la madera» con tanta seriedad que un niño le preguntó si era carpintero de verdad.

—Casi —respondió papá, con la dignidad de alguien que ha decidido no dar más explicaciones.

Cuando terminó todo, mamá recogió sus fideos de ADN sin decir una palabra. En el coche, de vuelta a casa, se hizo un silencio largo.

—¿Estás enfadada? —preguntó papá.

—Estoy decidiendo si estoy enfadada o si me hace gracia.

—¿Y cuál va ganando?

Mamá tardó en contestar.

—De momento, empate.

Esa noche, mientras cenábamos, la profe mandó un mensaje al grupo de clase agradeciendo «la participación tan completa de la familia de Bruno». Mamá lo leyó en voz alta con un tono que no dejaba claro si era un cumplido o una queja disfrazada de cumplido.

—Bueno —dijo el abuelo, sirviéndose más ensalada—, ha ido bien, ¿no?

Nadie contestó, pero nadie lo negó tampoco, y en mi cuaderno de cosas importantes apunté que a veces las cosas pueden salir mal y bien a la vez, y que probablemente eso es lo que le pasa a mi familia entera casi todos los días.