Capítulo 10 — El tío enrollado deja de ser tan enrollado
(narra Vega)
Al principio molaba tener a Rodrigo en casa.
Me dejaba escuchar su música rara, me hablaba como si tuviera veinte años en vez de catorce y una vez llamó a mis padres «unos carcas encantadores» delante de ellos. Ni siquiera se metió en un lío, porque lo dijo con esa cara que hace que todo suene a broma, incluso cuando no lo es del todo.
El problema empezó el miércoles.
Estaba en mi cuarto, con la puerta entreabierta, cuando oí que llamaba.
—¿Puedo pasar?
—Depende de para qué.
Entró sin esperar respuesta, cosa que ya debería haberme avisado de algo. Se sentó en el borde de mi cama con el móvil en la mano y me lo enseñó, orgulloso, como quien enseña una foto de un cachorro.
—Mira, me he hecho un perfil en una de esas apps de citas. ¿Qué foto pongo, la del bar o la de la moto?
—No sé, Rodrigo.
—Tú eres de esa generación, sabrás mejor que yo.
—Tengo catorce años.
—Por eso. Sabéis de esto desde la cuna.
Le dije que la del bar, solo para que se fuera. No se fue.
Se puso a contarme, con pelos y señales, por qué había terminado su matrimonio.
Que si Sara ya no lo miraba igual. Que si él había cambiado, o no había cambiado nada y ese era el problema.
Que si a los cuarenta y cinco años una persona todavía tenía derecho a «reinventarse» o si aquello era solo una excusa de los que la habían fastidiado.
No le había pedido que me contara nada de eso. Yo solo quería elegirle una foto para que desapareciera de mi cuarto.
—A ver —dijo, mirándome fijamente—, tú, que estás empezando con esto de las relaciones, ¿crees que el amor dura?
Ahí me quedé un momento sin saber qué contestar, porque no sabía si me estaba hablando a mí, a los catorce años que tengo, o si en realidad se estaba haciendo esa pregunta a sí mismo y yo era solo la pared más cercana donde rebotarla.
—No sé, Rodrigo. Yo qué sé de eso.
—Es verdad. Perdona. Es que contigo hablo distinto que con los demás.
No supe si eso era un cumplido o una señal de alarma. Ahora, con unos días de perspectiva, creo que era las dos cosas.
Esa noche se lo conté a mamá, medio en broma, lo de la app de citas y las preguntas raras. Ella dejó lo que estaba haciendo y me miró de una forma muy concreta, la misma que pone cuando algo deja de parecerle gracioso de golpe.
—¿Te ha dicho algo que te haya incomodado?
—No, mamá, no es eso. Solo es raro. Habla conmigo como si yo tuviera treinta años y respuestas para todo.
Mamá se quedó pensando un momento.
—Es que ahora mismo no tiene con quién hablar de estas cosas. Y tú escuchas sin juzgarlo, que es más de lo que puede decir de nosotros.
—Pues que se compre un perro.
Mamá se rio, pero fue una risa corta, de esas que sirven para tapar que en realidad está preocupada por otra cosa.
Al día siguiente, sin que yo dijera nada, oí que mamá hablaba con Rodrigo en la cocina, con la puerta cerrada. No pillé toda la conversación, pero sí una frase suya, dicha bajito pero firme:
—Es mi hija, Rodrigo, no tu terapeuta.
Después de eso, algo cambió. Rodrigo seguía siendo majo conmigo, seguía dejándome escuchar su música rara, pero dejó de sentarse en mi cama a contarme su vida. Alguna vez lo pillé mirándome desde el pasillo con una expresión rara, como quien se ha dado cuenta tarde de algo obvio.
Un par de días después llamó a mi puerta.
—Oye. Perdona lo del otro día. A veces se me olvida que tienes catorce años y no cuarenta.
—Tranquilo.
—No, en serio. Eres la persona con la que más fácil me sale hablar en esta casa y eso, ahora que lo pienso, dice más de mí que de ti.
Aquello sí sonó sincero. No como su sonrisa de «estoy genial», sino como algo más pequeño y más verdadero.
—Búscate amigos de tu edad, tío.
—Es más difícil de lo que parece a los cuarenta y cinco.
Cerró la puerta antes de que pudiera contestarle nada, y me quedé un rato pensando que, debajo de todo el ruido, de la guitarra, las bromas y las apps de citas, mi tío estaba mucho más perdido de lo que dejaba ver, y que quizá esa era la razón por la que se aferraba a que alguien —cualquiera, aunque tuviera catorce años— le hiciera caso.