Capítulo 9 — Dos gallos, un gallinero y una tabla sin barnizar
(narra Álvaro)
Nunca me he considerado una persona competitiva.
Siempre he dicho que en esta vida lo importante es pasarlo bien, disfrutar del momento y no medirse con nadie. Lo sigo pensando.
Lo que pasa es que Rodrigo lleva cuatro días en casa y ya ha hecho reír más a mis hijos jugando a las cartas después de cenar que yo en catorce años de paternidad, y eso, sin ser competitivo, tampoco es plan.
El martes, por ejemplo.
Yo llevaba días preparando una sorpresa: palomitas caseras con una receta secreta para ver una película en familia. La receta es canela y un poco de miel. No hay demasiado secreto, pero me gusta llamarlo así porque «palomitas con dos cosas encima» no crea expectación.
Monté el salón con mantas. Apagué las luces con gesto solemne. Elegí una película que, según una página de internet, gustaba a personas de entre diez y setenta y cinco años, aunque no especificaba qué ocurría con los bebés ni con las adolescentes que odian todo por principio.
Justo cuando iba a pulsar el botón de reproducción, Rodrigo apareció con la guitarra.
—Esperad, esperad. Os tengo que enseñar una canción que me sé.
No se la sabía.
Se equivocaba cada dos acordes y cantaba medio tono por debajo de la música, pero en tres minutos tenía a Vega grabándolo con el móvil, a Bruno pidiéndole que le enseñara y a mis suegros dando palmas como si estuviéramos en un tablao.
Yo me quedé de pie con el bol de palomitas en las manos, sonriendo de una manera completamente natural.
—Parece que te duele algo —dijo Marta.
—Estoy sonriendo.
—Pues hazlo menos fuerte.
Rodrigo terminó la canción y todos aplaudieron. Luego probó mis palomitas y dijo que estaban increíbles.
—El toque de canela es brutal, cuñado.
Lo dijo con sinceridad, que fue casi peor.
—Qué majo tu hermano —le comenté a Marta esa noche.
Intenté que sonara sincero porque, en el fondo, lo era.
Rodrigo es majo. Ese es exactamente el problema.
No puedo enfadarme con él porque no ha hecho nada malo.
Solo ha llegado a mi casa con una guitarra desafinada y se ha llevado, sin proponérselo, un pedacito del lugar que yo llevaba catorce años construyendo a base de sorpresas, chistes malos y tortitas los domingos.
Marta me miró por encima del libro.
—¿Estás celoso de tu cuñado?
—No.
Contesté tan rápido que incluso a mí me pareció sospechoso.
—Vale.
—No lo estoy.
—Ya te he dicho que vale.
—Es importante que quede claro.
—Ha quedado cristalino.
Un hombre adulto no está celoso de su cuñado por una guitarra. Eso sería absurdo.
Lo que sí puede ocurrir es que un hombre adulto considere necesario recordar a sus hijos que él también sabe hacer cosas interesantes.
Por eso, al día siguiente, anuncié que íbamos a tener una clase de surf en el jardín.
—¿Sin mar? —preguntó Vega.
—El mar distrae al principio.
—Claro.
—Vamos a practicar el equilibrio sobre la tabla.
—¿La tabla está acabada? —preguntó Bruno.
—Está en una fase funcional.
No estaba barnizada del todo y tenía una pequeña grieta en un lateral, pero «fase funcional» es una expresión lo bastante amplia.
Colocamos la tabla sobre dos cojines en el césped. Expliqué la postura básica con ayuda de un vídeo que había visto aquella misma mañana. Rodrigo salió al porche con una cerveza y se apoyó en la barandilla.
—¡Dale, cuñado! —gritó.
No sé por qué su apoyo me puso más nervioso.
Subí a la tabla. Flexioné las rodillas. Extendí los brazos.
Durante tres segundos fui exactamente el padre aventurero y carismático que imaginaba ser.
En el cuarto segundo, uno de los cojines salió despedido, la tabla se inclinó y yo caí de espaldas sobre una maceta de plástico.
Vega grabó todo.
Bruno corrió a ayudarme. Marta apareció en la puerta de la cocina con Nico en brazos. Ernesto preguntó si me había roto algo. Carmen dijo que no debía moverme. Rodrigo bajó del porche y se agachó a mi lado.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
No podía sentir la mitad izquierda de mi trasero, pero no era el momento de entrar en detalles.
Rodrigo examinó la tabla.
—Se ha abierto un poco más la grieta.
—Eso forma parte del diseño.
—¿Diseñaste una grieta?
—Alivia tensión estructural.
Me miró durante un segundo.
—Eres un genio.
No supe si hablaba en serio. Con Rodrigo nunca se sabe, porque dice las cosas con una cara que puede significar admiración o que se está riendo de ti desde dentro.
Aquella noche encontré la tabla en el garaje, colocada sobre los caballetes. Alguien había lijado con cuidado la zona de la grieta.
Rodrigo estaba sentado en el suelo, viendo un tutorial en el móvil.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Nada. No podía dormir.
A su lado había una lata de cerveza vacía y otra sin abrir.
—No hacía falta que la tocaras.
—Ya. Pero Bruno me ha dicho que tenéis que llevarla al mar este verano.
—La voy a terminar.
—Claro.
Lo dijo sin ironía.
Se hizo un silencio incómodo. Yo podría haberle preguntado por Sara. Podría haberle preguntado si estaba bien o si de verdad no podía dormir. En vez de eso, cogí la otra lija.
—Estás usando un grano demasiado grueso —dije.
—Pues enseña, maestro.
Nos sentamos uno al lado del otro y trabajamos en la grieta.
No era una competición. En absoluto.
Aunque terminé lijando más rápido que él, por si acaso.