Capítulo 4 — Las cosas que sé y que nadie sabe que sé
(narra Bruno)
Tengo diez años, pero no soy tonto.
Sé cosas.
Por ejemplo, sé que cuando mamá dice «estoy bien» en realidad está diciendo «no preguntes más», porque siempre lo dice con la misma voz. Es la voz de cuando en el cole nos dicen que el examen «no es para tanto» y luego resulta que sí que es para tanto.
También sé que el abuelo se hace el dormido en el sofá cuando la abuela le pide que la ayude a doblar la ropa. En cuanto ella se va a la cocina, abre un ojo y me guiña, como si fuéramos socios en un plan secreto.
Nuestro plan secreto se llama «que no nos manden hacer cosas aburridas» y, de momento, nos funciona bastante bien.
Y sé una cosa más que no le he contado a nadie.
El otro día oí a papá y a mamá hablando bajito en la cocina. Los mayores usan esa voz cuando creen que los niños no escuchamos, pero los niños escuchamos mejor que nadie porque a nosotros nunca nos dejan participar en las conversaciones interesantes.
Mamá dijo:
—No sé cuánto tiempo podemos seguir así, con todos aquí.
Papá respondió:
—Va a estar bien, ya verás.
Eso es lo que dice siempre. Lo dice para todo. Incluso para cosas que luego no están nada bien, como cuando aseguró que la tabla de surf estaría lista para el verano y ya vamos por el segundo.
No sé si mamá está triste o solo cansada. Creo que a veces son casi lo mismo, aunque eso no te lo explican en el cole.
Lo que sí sé seguro es que el abuelo Ernesto es la persona más interesante que ha vivido nunca en esta casa.
Sabe arreglar cosas. Sabe nombres de pájaros. Sabe cuándo va a llover porque le duele una rodilla, aunque la abuela dice que eso no es meteorología, sino artrosis.
El otro día me contó que de joven quiso ser piloto de aviones, pero al final fue empleado de banco durante cuarenta años.
—La vida, Bruno, casi nunca hace lo que tú quieres. Hace lo que puede —me dijo.
No entendí bien la frase, pero la apunté en mi cuaderno de cosas importantes.
Es un cuaderno que escondo debajo del colchón. Escribo frases de los mayores que creo que me servirán más adelante, aunque todavía no sé para qué.
También apunté una que dijo la abuela mientras hacíamos croquetas el sábado:
—En esta familia nadie dice lo que siente; todos lo cocinan.
Después se rio sola, con esa risa que le sale de la barriga. Yo no entendí del todo el chiste, pero me reí también porque cuando la abuela se ríe así es imposible no hacerlo.
El viernes pasó algo raro.
Vega, que normalmente solo me habla para decirme que salga de su habitación, se sentó a mi lado en el sofá sin que yo se lo pidiera.
—¿Tú estás bien con todo esto? —preguntó.
—¿Con qué?
—Con la casa llena.
Le dije que sí. A mí me gustaba tener al abuelo en el garaje y a la abuela haciendo croquetas. Era como tener el doble de gente que te quiere, aunque también fuera el doble de gente diciéndote que te lavaras las manos.
Vega se quedó callada un rato.
—Eres más listo de lo que pareces, enano.
En el idioma de Vega, aquello fue casi una declaración de amor.
Lo que no le dije, porque hay cosas que uno se guarda incluso a los diez años, es que a veces, por las noches, oigo la gotera de la buhardilla encima de mi cuarto.
Tap.
Tap.
Tap.
Antes me molestaba. Ahora me tranquiliza.
Significa que ahí arriba están los abuelos, durmiendo cerca. Significa que la casa está llena y que nadie se ha ido todavía.
A veces pienso que mamá quiere que todo vuelva a ser como antes. Yo no.
Yo solo quiero que deje de parecer que, para que unos se queden, otros tienen que estar incómodos.
No sé cómo se arregla eso.
Papá diría que se arregla en un momento.