Capítulo 3 — El proyecto de la tabla de surf
(narra Álvaro)
Hay gente que dice que no se me dan bien las manualidades, y yo creo que esa gente simplemente no entiende de procesos creativos largos.
Llevo catorce meses construyendo una tabla de surf en el garaje. Catorce meses no significa «nunca vas a terminarla», como dice Marta. Catorce meses significa «estoy respetando los tiempos de la madera», una frase que leí en un foro y que me pareció tan buena que ahora la uso para casi todo.
—¿Has llamado al fontanero?
—Estoy respetando los tiempos de la avería.
Marta no encuentra la frase tan versátil como yo.
El caso es que esta semana, con mi suegro instalado también en el garaje —porque resulta que Ernesto también tiene proyectos; el hombre tiene setenta y dos años y más energía creativa que yo, cosa que no pienso admitir ante nadie—, hemos llegado a un acuerdo tácito para compartir el espacio.
Él ocupa su rincón, donde arregla una radio antigua que, según insiste, «ya casi está». Yo ocupo el mío y respeto los tiempos de la madera.
Bruno se une casi todas las tardes. Es mi ayudante favorito, aunque no puedo decirlo porque entonces habría «un problema de favoritismo», según Marta, que tiene una lista mental de cosas que son un problema y que crece cada semana.
Bruno me pasa herramientas y me hace preguntas que no sé responder.
—¿Por qué el pegamento tarda tanto en secar?
—Es química, hijo.
—Mamá es bióloga.
—Sí, pero esto es química de madera.
—Eso te lo acabas de inventar.
Diez años y ya cuestiona a la autoridad. Me siento orgulloso y atacado a partes iguales.
El otro día me dijo, muy serio, que cuando la tabla estuviera terminada quería que fuéramos juntos al mar a probarla. Vivimos a cuarenta minutos de la costa y ninguno de los dos ha hecho surf en su vida.
Le dije que sí, obviamente.
Un padre no dice que no a algo así. Dice que sí y se preocupa por los detalles más adelante.
Esa es más o menos mi filosofía general. Digo que sí primero. Los detalles llegan después, normalmente en forma de gritos de Marta.
Como lo de esta mañana.
Se me ocurrió una idea genial —y sigo pensando que era genial—: hacer una videollamada familiar sorpresa con mi hermano, que vive en Alemania, para presentarle a todo el mundo reunido.
Mis suegros, mis hijos, el caos completo.
Una especie de foto de familia moderna, pero en movimiento y con peor cobertura.
Puse el móvil en el trípode y convoqué a todos en el salón con la excusa de que tenía que comunicarles «una cosa importante».
Marta llegó corriendo porque creyó que había pasado algo.
Vega llegó diciendo que como fuera otro vídeo de una caída graciosa se iba.
Ernesto apareció con la radio desmontada debajo del brazo.
Carmen trajo un plato de fruta porque mi suegra considera que cualquier reunión familiar requiere vitaminas.
En el minuto exacto en que mi hermano contestó, Nico decidió vomitarme encima del hombro justo delante de la cámara.
Mi hermano se quedó un segundo en silencio.
—Veo que sigue todo igual por ahí —dijo.
En mi familia, esa es la forma más cariñosa posible de decir «sois un desastre encantador».
Marta no dijo nada.
Marta tiene un tipo de silencio muy específico que uso como termómetro emocional.
Si es corto, está pensando en otra cosa.
Si es largo y me mira fijamente, significa que en algún momento del día, cuando estemos solos, voy a tener una conversación sobre «planificación», «avisar con tiempo» y «no todo tiene que ser una sorpresa, Álvaro».
Tiene razón, para qué nos vamos a engañar.
Pero también creo, sinceramente, que una vida sin sorpresas es una vida más triste y que alguien en esta casa debe encargarse de que no todo sean calendarios y turnos de ducha.
Por la noche, con Nico dormido y la casa en ese silencio raro de después de una tormenta, me senté con Ernesto en el porche. Él tenía su radio. Yo, una cerveza. Los dos mirábamos la nada con la satisfacción tranquila de dos hombres que habían sobrevivido a otro día sin que se cayera el techo.
—Tu tabla de surf —dijo, sin mirarme—. ¿De verdad la vas a terminar algún día?
—Este verano.
Lo dije con la misma convicción con la que llevaba catorce meses diciéndolo.
Ernesto asintió despacio, como quien reconoce en otro un mal que también padece.
—Yo llevo treinta años arreglando esta radio.
—¿Y qué le pasa?
—Lo de siempre.
—Entonces, ¿por qué la arreglas?
Se encogió de hombros.
—Porque mientras la arreglo todavía puede quedar mejor.
No dijimos nada durante un rato. La radio descansaba sobre sus rodillas; la tabla, detrás del cristal del garaje, esperaba una capa de barniz que probablemente tardaría otro mes en llegar.
—Bruno quiere que la probemos juntos —dije.
—Entonces tendrás que terminarla.
Lo dijo sin darle importancia, pero la frase me cayó encima como una fecha límite.
A la mañana siguiente entré en el garaje antes de desayunar. Coloqué la tabla sobre los caballetes, abrí el bote de barniz y busqué una brocha limpia.
No encontré ninguna.
Así que anoté «comprar brocha» en el móvil y decidí que, técnicamente, aquello también contaba como avanzar.