Familia numerable (Trilogía completa) Capítulo 2 — Normas nuevas para una casa que ya no reconozco
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Capítulo 2 — Normas nuevas para una casa que ya no reconozco

(narra Vega)

Llevamos once días de convivencia y ya he desarrollado un sexto sentido para saber, sin verla, en qué punto exacto de la casa está mi abuela.

Es un poder que no pedí y que consiste básicamente en oír el volumen de la tele.

Si suena flojito, está en la cocina fingiendo que no le interesa lo que hago yo.

Si suena fuerte, está en el salón, y eso significa que tengo vía libre para cruzar el pasillo sin que nadie me pregunte si he comido fruta hoy.

Porque esa es otra. Desde que llegaron, en esta casa hay más preguntas por metro cuadrado que en un examen oral.

¿Has comido fruta? ¿Con quién hablas por el móvil? ¿Ese chico del wasap es «algo tuyo»?

No, abuela, no es «algo mío». Es Marcos, del instituto, y lo único que tenemos en común es que los dos odiamos Lengua. Pero explicar eso lleva quince minutos y ella tiene la paciencia de alguien que ha esperado toda su vida a tener nietos adolescentes a los que interrogar.

Mi abuelo es distinto. Mi abuelo no pregunta: mi abuelo narra.

Te cruzas con él en el pasillo y en dos segundos ya sabes algo sobre pájaros, sobre 1987 o sobre por qué el ajo es «el alimento más incomprendido de Occidente».

Ayer me contó, sin que se lo pidiera, la historia completa de cómo conoció a mi abuela en una verbena.

Con detalles. Con diálogo incluido. Mientras yo intentaba terminar de maquillarme antes de que apareciera mi padre y le diera por opinar sobre mi eyeliner , cosa que hace siempre, como si él supiera algo de eyeliner .

Mi padre no sabe nada de eyeliner .

Mi padre, de hecho, no sabe casi nada de lo que implica tener catorce años, pero eso no le impide tener una opinión firme sobre absolutamente todo.

El otro día me dijo que estaba «muy TikTok», como si eso significara algo. Como si fuera un cumplido. Cuando le pregunté qué narices quería decir, se quedó callado dos segundos y después respondió:

—Ya sabes, guay, moderna.

Lo dijo con la cara de alguien que acaba de improvisar delante de un tribunal.

Le quiero muchísimo. Pero a veces necesito que alguien le explique que tener cuarenta y tres años no es ilegal y que no pasa nada por actuar como tal.

Mi madre, en cambio, ha entrado en una fase que yo llamo «modo capitana de barco hundiéndose con estilo». No grita. No se queja. Simplemente organiza.

Ha hecho un calendario para el baño y lo ha pegado en la puerta con imanes, con turnos y todo, como si viviéramos en una residencia y no en una casa con siete personas y un baño y medio.

El «medio» tiene ducha, pero es tan pequeño que levantar los dos brazos a la vez cuenta como deporte de riesgo.

Cuando mi abuelo le preguntó por qué hacía falta un calendario para ducharse, ella respondió:

—Porque, si no lo hago, alguien va a llegar tarde a algo importante llorando, y prefiero que ese alguien no sea yo.

Después siguió fregando como si acabara de anunciar el pronóstico del tiempo.

Bruno, mientras tanto, se ha aliado descaradamente con el abuelo.

Se pasan las tardes en el garaje «reparando cosas» que no estaban rotas hasta que ellos las tocaron.

Ayer los pillé comiendo galletas a escondidas de mamá con la misma cara de culpabilidad, el de diez años y el de setenta y dos, como si fueran de la misma quinta.

Hay algo raro y bonito en eso que no pienso decir en voz alta porque entonces se volvería oficialmente cursi y yo tengo una reputación que mantener.

Y luego está Nico, que sigue sin enterarse de nada. Vive su vida tranquila de bebé de un año rodeado de gente que discute por turnos de ducha. A veces pienso que es el único que lo está haciendo bien.

Anoche, sobre las once, bajé a la cocina a por agua y me encontré a mi madre sentada sola en la oscuridad. Tenía el móvil en la mano, pero no lo miraba. Estaba allí, sin hacer nada, algo que en mi madre resultaba más inquietante que verla llorar.

No lloraba. Mi madre no es de llorar delante de nadie. Si llorara, seguramente pondría antes una alarma para que no se le solapara con la lavadora.

—¿Has hecho los deberes? —me preguntó.

Lo dijo con esa voz cansada que últimamente pone siempre.

—Sí.

No era del todo verdad, pero por primera vez en once días no me apeteció discutir por nada.

Abrí la nevera y saqué la botella de agua. Antes de volver a subir, vi el calendario del baño sobre la encimera. Mi madre había hecho cambios con bolígrafo rojo. Había cedido su turno del sábado a la abuela y se había puesto a sí misma a las seis y cuarto de la mañana.

—Mamá.

—¿Qué?

Estuve a punto de decirle que podía usar mi turno. Estuve a punto de preguntarle si estaba bien. Al final hice lo que hacemos todos en esta familia cuando algo importa demasiado.

—Nada.

Subí a mi cuarto y terminé los deberes.