Familia numerable (Trilogía completa)
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Capítulo 1 — El día de las cajas
(narra Marta)
La primera señal de que mi vida había cambiado de dueño fue una caja de cartón con la palabra COCINA escrita en rotulador rojo, apoyada contra el sofá en el que diez minutos antes yo estaba viendo una serie con una copa de vino y la firme intención de no moverme hasta las once.
—Es que caben más cosas de las que pensábamos —dijo mi madre, como si eso fuera una explicación y no una amenaza.
Era un martes de mayo y yo tenía la vida razonablemente ordenada.
Detrás de ella venía mi padre con una lámpara de pie que llevaba en la familia desde antes que yo, sujetándola como quien transporta una reliquia. Detrás de mi padre venía Álvaro, mi marido, cargando dos cajas más con la sonrisa de quien cree que está viviendo un episodio bonito de su propia vida.
—Esto va a ser genial —dijo.
Lo dijo mirando las cajas. Lo dijo mirándome a mí. Lo dijo, sospecho, mirando también a un futuro imaginario en el que todos cenábamos juntos entre risas y nadie se peleaba nunca por el turno de la ducha.
Yo llevaba tres semanas sabiendo que mis padres se mudaban «una temporadita» mientras «buscaban algo más pequeño», una frase que en mi familia significa exactamente lo contrario de lo que dice, como cuando mi madre dice «no pasa nada» y hay que salir corriendo.
—¿Y el piso? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Vendido —dijo mi padre, feliz, como si acabara de anunciar un nacimiento.
Vega bajó las escaleras en ese momento. Tenía catorce años y el don innato de aparecer siempre en el peor segundo posible.
—¿Por qué hay una lámpara en el salón que no es nuestra?
—Es de los abuelos, cielo —dije yo, con ese tono de madre que intenta sonar tranquila y solo consigue sonar a persona que está calculando mentalmente cuántos metros cuadrados tiene la buhardilla.
—¿Van a vivir aquí?
—Una temporadita.
Vega me miró como se mira a alguien que acaba de confesar un delito menor. Después miró la lámpara. Después miró a su padre, que en ese momento intentaba —y fracasaba— subir un colchón por la escalera de caracol con el entusiasmo de un boy scout y la técnica de nadie.
—Papá, para —dijo Vega—. Vas a matar a alguien.
—¡Que no, que esto es fácil! —dijo Álvaro.
Dos segundos después soltó el colchón sobre el jarrón que llevaba treinta años en el rellano y que había sobrevivido a dos mudanzas, un terremoto en 1998 y tres fiestas de cumpleaños, pero no sobrevivió a mi marido.
Nadie dijo nada.
El jarrón, en el suelo, hecho pedazos, tenía algo de ceremonial, como si la casa hubiera decidido marcar oficialmente el final de una era.
Bruno, que tiene diez años y la costumbre de decir en voz alta lo que los demás intentamos ocultar, asomó la cabeza desde la cocina con un sándwich a medio comer.
—¿Ahora dónde va a dormir la abuela?
Buena pregunta, pensé.
Miré hacia la buhardilla, que llevaba dos años sirviendo de trastero, con una gotera que nadie había arreglado porque «total, este verano lo hacemos» y varias cajas sin abrir desde la mudanza cuyo contenido ya no recordaba nadie.
El cuarto de invitados tenía una cama de noventa. La buhardilla tenía gotera, pero cabía una cama de matrimonio. Elegimos la gotera, que es el tipo de decisión que en esta familia parece razonable durante exactamente once días.
—Arriba —dijo mi madre, ya subiendo las escaleras con una determinación que solo le había visto una vez, el día que decidió que iba a aprender a hacer croquetas perfectas o moriría en el intento.
Nico, desde su trona, eligió ese momento para tirar el puré al suelo con la precisión de quien sabe exactamente cuándo nadie está mirando.
Y así, en menos de veinte minutos, mi casa había pasado de tener espacio insuficiente para cinco personas a tener espacio insuficiente para siete, una lámpara ajena, un jarrón muerto y la certeza absoluta de que aquella temporadita iba a durar mucho más de lo que nadie estaba dispuesto a admitir.
Tardamos cuatro horas en subir todo a la buhardilla. Digo «subir» en sentido amplio: mi padre subía las cajas, mi madre supervisaba dónde iban las cajas y Álvaro bajaba y subía la misma tres veces porque cambiaba de opinión sobre si al sitio «le daba demasiado el sol».
—Es que aquí, por la mañana, le va a dar el sol directo —dijo, plantado en mitad de la buhardilla con una caja llamada LIbrOS DE ERNESTO en los brazos, como un arquitecto evaluando terrenos.
—Álvaro, es una buhardilla con gotera. Le va a dar el sol y también el agua.
—Eso se arregla en un momento.
Llevaba dos años diciendo lo mismo. Empecé a sospechar que «en un momento», en el idioma de mi marido, era una unidad de tiempo elástica que podía significar cualquier cosa entre «esta tarde» y «cuando yo me muera».
Mi madre, mientras tanto, ya había decidido dónde iba la cama, dónde iba la lámpara ajena que ahora vivía en mi salón, y había encontrado —Dios sabe cómo, llevaba viviendo en la casa cuarenta minutos— el único enchufe de toda la planta que funcionaba.
—Esto va a quedar precioso —dijo, con esa convicción que solo tienen las madres cuando están a punto de redecorar la vida de alguien sin que se lo hayan pedido.
Vega se había encerrado en su cuarto «a estudiar», lo cual todos sabíamos que significaba estar tumbada en la cama con el móvil, procesando en privado que su casa ya no era exactamente su casa.
Bruno, en cambio, se había convertido en el ayudante oficial de mi padre y subía cosas pequeñas con una seriedad devastadora, como si participara en una operación militar.
—Abuelo, ¿esto dónde va?
—Ahí, en esa esquina, campeón.
—¿Por qué tienes tantos libros de pájaros?
—Porque los pájaros, Bruno, son la prueba de que Dios tenía sentido del humor.
La frase se quedó flotando en el aire el resto de la tarde. La anoté mentalmente en la lista, cada vez más larga, de cosas que decía mi padre y que probablemente acabarían citadas en la boda de alguno de mis hijos.
Cenamos los siete por primera vez aquella noche, apretados alrededor de una mesa pensada para cinco, con Nico repartiendo puré en un radio de metro y medio y mi padre contando, otra vez, la historia de cuando casi se compró un piso en 1987 que ahora «valdría una fortuna», como si esa fortuna fantasma fuera a pagar de alguna manera la hipoteca real que seguíamos pagando nosotros.
—Qué bien estamos así, todos juntos —dijo Álvaro, con los ojos brillantes, sinceramente feliz y sinceramente ajeno a que, en ese preciso momento, yo calculaba cuánto tiempo sería capaz de compartir baño con mis padres sin perder la cordura.
Subí a acostar a Nico. Cuando bajé, la casa ya se había reorganizado sola en su nueva versión: mi padre veía las noticias en el sofá que antes era mío; mi madre fregaba platos que no le tocaba fregar pero que iba a fregar igual toda su vida porque no sabía estarse quieta; Vega llevaba los cascos puestos y fingía que aquel ruido de fondo no la afectaba; y Álvaro, a mi lado, me pasó un brazo por los hombros con una sonrisa que decía «lo hemos conseguido», como si acabáramos de terminar un maratón y no de empezar uno.
—Va a estar bien, ¿no? —me preguntó.
No le contesté enseguida.
Pensé en la buhardilla que goteaba sobre nuestras cabezas, en la caja de LIbrOS DE ERNESTO todavía sin abrir del todo y en el jarrón de treinta años convertido en seis trozos guardados «por si se puede pegar». «Bien» era, quizá, una palabra demasiado ambiciosa para lo que se nos venía encima.
—Va a estar interesante —dije.
En mi idioma, a diferencia del de Álvaro, eso significa exactamente lo que significa.