Capítulo 5 — El calendario del baño no contempla emergencias
(narra Vega)
El calendario del baño de mi madre tiene cuatro colores, dos tipos de letra y una casilla titulada «IMPREVISTOS».
No sé qué clase de imprevisto cree mi madre que puede programarse con antelación, pero agradezco su optimismo.
Mi turno es de siete y diez a siete y media de la mañana. Veinte minutos exactos para ducharme, vestirme, secarme el pelo y convertirme en una persona capaz de soportar seis horas de instituto. Mi padre sostiene que veinte minutos son suficientes porque él tarda ocho.
Mi padre no tiene pelo suficiente para participar en esta conversación.
El martes, a las siete y doce, mi abuela seguía encerrada en el baño.
—Abuela —llamé a la puerta—. Mi turno empezó hace dos minutos.
—Ya salgo, cariño.
«Ya salgo», en el idioma de mi abuela, puede significar que ya ha terminado o que todavía tiene que limpiar el lavabo, colocar las toallas, regar una planta que no existe y reflexionar sobre su juventud.
—Tengo que ir al instituto.
—Y yo tengo que teñirme las raíces.
—¿A las siete de la mañana?
—La belleza no entiende de horarios.
Lo dijo una mujer con una bolsa de plástico en la cabeza.
Mi madre apareció en el pasillo con Nico en brazos y el pelo recogido de cualquier manera. Miró el reloj. Miró la puerta cerrada. Me miró a mí.
Vi cómo se activaba dentro de ella una especie de central de emergencias.
—Usa nuestro baño —dijo.
—Papá está dentro.
—Álvaro, sal.
—¡Me estoy duchando!
—Pues deja de hacerlo.
No sé exactamente cómo se deja de duchar uno a medias, pero mi padre salió cuarenta segundos después con una toalla atada a la cintura y champú en una oreja.
—Buenos días, hija —me dijo, intentando conservar algo de dignidad.
—No.
Entré en el baño de mis padres y cerré con pestillo.
A las siete y veintidós, Bruno empezó a llamar porque necesitaba hacer pis.
A las siete y veinticuatro, el abuelo gritó desde el pasillo que él también necesitaba entrar.
A las siete y veinticinco, Nico se puso a llorar.
A las siete y veintiséis, mi madre dijo una palabrota que yo no sabía que conocía.
Llegué tarde al instituto con el pelo mojado y una marca en la cara que no era de almohada, sino de la toalla de mi padre, que lleva estampados unos delfines desde 2009.
Marcos me vio entrar.
—Bonito tatuaje —dijo, señalándome la mejilla.
—Es temporal.
—Menos mal.
Me senté sin quitarme la chaqueta. Durante la primera hora pensé seriamente en pedir la emancipación.
Cuando volví a casa, el calendario había cambiado.
Mi madre había añadido una nueva norma en letras mayúsculas:
QUEDA PROHIBIDO TEÑIRSE EL PELO ANTES DE LAS NUEVE.
Debajo, mi abuela había escrito con bolígrafo azul:
SALVO NECESIDAD.
Y debajo, Bruno había añadido:
HACER PIS SIEMPRE ES NECESIDAD.
Yo había dibujado un delfín.
Me quedé mirando la puerta del baño un rato. Era imposible que una sola hoja pudiera explicar tan bien a una familia entera.
Aquella noche, mientras cenábamos, mi madre anunció que a partir del día siguiente habría cinco minutos de margen entre turnos.
—Para absorber retrasos —explicó.
—¿Los retrasos se absorben? —preguntó Bruno.
—En esta casa, sí.
Mi abuela dijo que todo aquello era exagerado y que cuando ellos eran pequeños se bañaban una vez por semana en un barreño.
—Eso explica muchas cosas de vuestra generación —dije.
Mi abuelo se rio tan fuerte que casi se atraganta.
Mi madre no se rio. Estaba repasando el calendario mientras comía, moviendo nombres, sacrificando otra vez su propio turno para que todos los demás encajaran.
Por debajo de la mesa le di una patada suave en el tobillo.
Levantó la cabeza.
—Mañana usa el mío —le dije.
—No hace falta.
—No te estoy preguntando.
Me miró durante dos segundos. Después sonrió un poco, muy poco, como si no quisiera que nadie lo notara.
Mi abuela sí lo notó, claro. Mi abuela lo nota todo.
Pero por una vez no hizo ninguna pregunta.