Familia Fane Capítulo 34
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Capítulo 34

Eugenia esperaba el regreso de su hermano desde la galería familiar.

Suspiraba al ver la primera pintura que se hicieron como la familia Fane.

Spencer debió tener veintiocho años. Lo notaba más envejecido, aunque la diferencia la notaba en sus cinco hermanas.

Kitty era la mayor de ellas en el instante en que se pintó, aquella tenía alrededor de trece años.

Los años habían pasado haciendo desaparecer la imagen de todos ellos que no se llevaban bien en ese entonces.

La galería quedaba cada vez más pequeña, las pinturas de los nuevos miembros que habían conquistado el buen ánimo de Spencer comenzaban a llenar los espacios vacíos, el último que había entrado fue Harper.

Él y Rose se veían tan bien y tan enamorados que ella no quería descompaginar con lo que habían logrado sus hermanas.

Lamentaba tener mala suerte, al menos la mala fortuna de haberse enamorado de Randalf al ser él tan vengativo, no se detenía a ver a su alrededor, mas ella no se rendiría, si quería salvarlo debía ponerlo en la peor de las situaciones.

—¡Su hermano ha vuelto! —exclamó Helen que iba corriendo por el largo pasillo de la galería hasta llegar a ella—. Venga, milady, debemos saber qué ha conversado su hermano con el ladronzuelo. Creo que no han hablado demasiado, ya que lord Nottingham ha vuelto rápido y con mala cara.

—¿Crees que fracasaré, Helen? Mira a todos en estas paredes. Son felices, mientras yo estoy luchando de manera absurda. Lo tenía todo calculado al comenzar, pero apareció él para cambiarlo todo. No sé si alguna vez mi hermano colgará una pintura con mi rostro aquí siendo feliz como mis hermanas.

—¿Sabe algo? Yo creo que usted triunfará. Solo no debe ponerse a disposición del ladronzuelo. Sé que le ha robado el corazón, pero eso no significa que pueda robarle la paz. Él sabe que la tiene en sus manos, actúa de manera desesperada, lo que debe hacer es...

—¿Qué? —interrumpió Eugenia.

—Ser la hermana de lord Nottingham, la que jamás perderá y si llegara a perder, sería como si hubiera ganado. Use su encanto Fane.

—Ese encanto que todos odian...

—El que todos aman. Ellos no quieren a una lady Eugenia Fane mansa, conciliadora y dependiente. Vaya y tome a ese marqués de las greñas y póngalo en su sitio. Que sienta que no la tiene, que la perderá de forma irremediable.

—¿Y si lo pierdo por hacerlo?

—Siempre hay otros matrimonios por conveniencia que su hermano puede orquestar. Que se rompa este compromiso es casi entendible por el mismo cambio de marqués, la sociedad no lo juzgará.

—Spencer estaba dispuesto a romper este compromiso y si llegó con mala cara solo puedo deducir que se enfrentó a Randalf y decidió hacer su voluntad sin nada más que decir... Como siempre.

—Vaya y escuche lo que tenga que decir.

—¡Eugenia! —la llamó su hermano que entró a la galería.

Helen hizo una reverencia al conde y se retiró para dejarlos solos.

—¿Qué ha pasado? —preguntó deseosa por saber.

—Tu compromiso está roto. Te irás a la propiedad de Clifford y Fanny. Ellos serán el mejor refugio hasta que pase la tormenta.

—¿Irme? ¿Por qué?

—Porque desconfío de ese hombre. Yo mismo me encargaré de llevarte ahí.

Lastimosamente, sé que lo quieres, pero él no te aprecia lo suficiente, Eugenia.

Supongo que esperas apoyo de mi parte, y este es el mejor que puedo darte ahora.

Eres mi hermana y prefiero tu seguridad a tener que lamentar una vida miserable para ti.

Todavía puedo luchar por ti. Tengo que confesar que tu gato está con Albert, jamás lo dejaría en la calle, yo te lo di para que fueras feliz y no te sintieras sola.

Te castigué con su ausencia, pero irá contigo si lo deseas.

Eugenia sonrió con lágrimas en los ojos. Eso era lo que esperaba de su hermano. Su cariño por ella no era un sueño, era real. Había llegado el momento de vivirlo a pleno. Se acercó y lo abrazó con fuerza. Sollozó por la emoción de saberse querida y tenida en cuenta.

—No llores, Eugenia, no eres tú cuando lo haces. Mi hermana, Eugenia, es una mujer dura de roer, contestona e independiente —alegó correspondiendo a su abrazo. No quería que ella lo viera sufriendo de esa manera por su felicidad.

—Déjame disfrutar de mi momento, pero debes darme a mi gato Clauss, él se enfadará contigo. No dudo que esté en buenas manos. Gracias por ser el mejor hermano que cualquiera puede tener.

—Soy el peor, te he atado con Rose...

—Me hacía falta para querer a mi hermana.

—Lamento lo de tu compromiso, pero es mi deber hacer lo correcto. Si no cambia, no podrá tenerte. Eres una joya, la más valiosa.

—Lo sé...

Por un lado, Eugenia se sentía plena y por el otro, confiada de que había encontrado la solución a sus problemas. Tenía el apoyo de su familia y una oportunidad para cambiar las cosas para siempre.

Después de conversar con su hermano y sentir que conciliaba años de incomprensión, fue a su habitación y cogió el anillo de la marquesa de Lorne.

A su alrededor, los criados buscaban sus baúles para cargarlos y por partir temprano en compañía de Spencer, que estaba convencido de hacer lo correcto. Su preocupación por ella resultaba ser un bálsamo para Eugenia.

Haría su última diablura, el último intento por lograr un matrimonio por amor. Si no lo lograba, al menos se sentiría bien al saber que puso todo de sí por lograrlo. El fracaso no sería de ella, sino de quien prefirió el odio antes que al amor.

Eugenia no podía creer lo mucho que había crecido en ese corto tiempo.

Semanas atrás estaba segura de casarse por conveniencia con el mejor partido de Londres; sin embargo, todo se vino abajo por un asalto que le hizo ver que existía alguien que era igual a ella, pero que necesitaba un poco de ayuda de la que él carecía: una familia como la que ella tenía.

Spencer le había dado la respuesta para salvar a Randalf.

Cuando cayó la noche sobre Londres, Eugenia estaba dispuesta a hacer lo que fuera por salir después de la cena.

Sin embargo, tenía miedo de que su último esfuerzo se viera ensombrecido por Spencer y sus malos hábitos nocturnos al estar preocupado.

Necesitaba un cómplice con poder en esa casa y no sabía a quién lamerle la bota para conseguir un caballo para ir y poner su último esfuerzo por Randalf.

Mientras pensaba, vio a su cuñada que le daba un beso en la frente a Philip y después le acariciaba los cabellos. En ese instante, decidió que ella sería la persona más idónea para tenderle la mano.

Victoria dejó ir a su hijo a la habitación para que descansara y después miró a su cuñada. Se acercó, la cogió del brazo y la llevó a sus aposentos para que descansara.

—¿Cómo te sientes? Sé que quizá la decisión de Spencer sea capaz de lastimarte —habló Victoria.

—No, me ha dado esperanza. Pasa, por favor —pidió para poder conversar con su cuñada—. Victoria, quiero pedirte un favor.

—No puedo hacerte ningún favor y lo sabes. Tu hermano me matará.

—¿Matarte a ti? Si él no sería capaz de respirar sin ti, Victoria. Necesito de tu poder de condesa.

—Eso no podrá ser, no puedo ir contra tu hermano.

—Te hablo de mujer enamorada a mujer enamorada. ¿No harías lo que fuera para salvar a Spencer?

—Por supuesto que sí.

—Cuando lord Sharp te encerró en la casa, ¿cómo te sentiste? Quiso alejarte del hombre al que amabas y con quien te besabas en la biblioteca. Hay costumbres que no se pierden, pero eso no es lo que nos compete hoy. Spencer no es alguien que quiere hacerme daño y comprendo su espíritu protector...

—Pero...

—Pero yo necesito ponerme en peligro por esta noche para devolverle el anillo a Randalf. Antes de juzgarme, te pido que pienses como yo, que te pongas en mis zapatos. Quiero intentarlo por última vez, lo amo, Victoria, te lo pido...

—Tu hermano me castigará.

—¿Y qué castigo puede ser ese? ¿Dejarte sin sus deliciosos besos tres días? Él morirá primero, Victoria. Él es tuyo, lo tienes dominado, a tu lado esa fiera es un gatito. Te necesito ahora, es mi oportunidad de dejar a Randalf en la cuerda floja, que sepa que me pierde en verdad.

—Es muy arriesgado.

—Por favor, Victoria...

—No me pongas en esta posición.

—Si tienes miedo de que me pase algo, Helen puede acompañarme. Tú no podrás hacerlo, porque Spencer tiene las garras gigantes y te buscará por toda la cama.

—Con Helen y alguien más.

—Calvin no puede ser porque él es fiel servidor de Spencer, apenas consiga subir al carruaje, me delatará y las dos seremos castigadas.

—Nos puedes meter en un gran problema, Eugenia.

—Prometo que todo saldrá bien, por si acaso llevaré un arma.

—Eso me hace sentir más segura. No puedo creer que me convenzas de algo así, siendo que yo misma no apoyo a ese hombre. Es repugnante.

—No es el más amable y tierno, pero es lo que yo deseo a mi lado.

Las dos acordaron que cuando Victoria se encerrara con Spencer, Eugenia saldría en compañía de Helen para dar el último paso, el definitivo hacia un matrimonio por amor o la soltería.

Victoria cerró la puerta con llave y tenía como misión entretener a su esposo toda la noche.

—No quiero que lord Nottingham me despida. Me gusta trabajar aquí —lamentó Helen que acompañaba a Eugenia en el carruaje.

—No seas llorona, tendrás el cotilleo de primera mano —masculló Eugenia.

—Pero ¿y si me toca llevarle su cuerpo a su hermano? Si la matan la dejaré ahí y huiré de Inglaterra.

—Tu fidelidad me sorprende, pero tú poca fe me deja atónita. Solo vine a devolver un anillo y a conversar como si fuera que esto es un monólogo. No oiré una sola palabra de Randalf.

Al llegar frente a la residencia, las dos golpearon. No era muy decente que una dama soltera visitara a un hombre soltero, pero tampoco le importaba mucho.

Dentro de la casa, Jacob caminaba hacia la puerta para abrirla, mientras que Randalf y Thomas bebían un poco de whisky jugando una partida de cartas.

Los dos tenían excéntricos cigarros en sus bocas, mientras disfrutaban de la amistad que los unía, Randalf quería dejar de pensar en sus penurias y darse un escape. La marquesa se había retirado a dormir.

—¿En qué puedo servirle? —preguntó el mayordomo al ver a una dama elegante junto a una doncella de pie frente a la puerta.

—¿Podría conversar con su señoría? —replicó Eugenia.

—Con gusto su señoría la recibirá mañana. La marquesa no permite la visita de mujeres solteras a esta hora.

—¿Sabe con quién está hablando? Soy la prometida del rufián que se hace llamar Randalf. Déjeme pasar si no quiere un escándalo aquí —amenazó la joven.

Jacob no podía dejar ahí a la mujer, pero tampoco la podía hacer pasar a la residencia por orden superior, mas ella era la prometida del dueño de la casa y se ajustaba al estilo salvaje que tenía el marqués.

—Pase, la anunciaré.

Eugenia sonrió y miró a Helen que estaba muy asustada mirando de un lugar al otro.

Entraron a la residencia y se fijaron en la belleza que las rodeaba.

El mayordomo encabezaba la comitiva que iba al salón. Jacob se colocó junto a Randalf para hablarle.

—Su señoría... —habló Jacob, aunque el primero en darse cuenta de que no estaban solos fue Tom que vio a Eugenia y a su doncella, pese a no saber quién era.

—Tienes visita, Randalf —dijo Thomas.

Randalf dio vuelta su cabeza y miró hacia el mismo lugar que lo hacía Thomas.

Los dos se levantaron con presteza y Jacob se hizo a un lado.

—Su señoría, he venido por un asunto importante.

—Retírense, quiero hablar a solas con ella —mandó Randalf.

—Helen... —pidió Eugenia para que fuera en compañía de los demás.

Él rodeó a Eugenia antes de conversar. Percibía su delicioso aroma y suponía que ella había ido a pedirle que recapacitara sobre el compromiso que su hermano rompió.

—Supongo que viene a pedir que me porte bien para que su hermano cambie de parecer, pero no lo haré. Veremos si cumple con romper lo que tenemos.

Ella se colocó frente a él, impidiéndole que siguiera dando vueltas a su alrededor.

—Se equivoca, su señoría. Aquí tiene su anillo.

He considerado que prefiero casarme con otro caballero antes que hacerlo con usted.

Mañana me iré de Londres y no volverá a saber de mí, pero yo no olvidaré que lo he conocido como un alma lastimada.

Hoy conocí el verdadero consuelo y decidí venir no solo a darle su anillo, sino también a enseñarle el perdón.

Eso lo dejará entender el actuar de los demás.

Los ojos de Randalf miraron el anillo que ella le devolvía. Lo que escuchaba le resultaba desagradable.

—¿Piensa que me conmoverá con tonterías? ¿Qué es lo que desea enseñarme? Piensa que es el mejor ejemplo de perdón.

—No, pero hoy me di cuenta de algo que alivió mi corazón de tanta soledad, miedo y celos.

—¿Y qué fue eso tan milagroso?

Ante la pregunta, ella decidió responder con un abrazo al pecho de Randalf.

—Es un abrazo de consuelo el que hace desaparecer la furia del corazón, que limpia el pecho del rencor. Hoy mi hermano me abrazó y me sentí amada, comprendida y cuidada. Quería mostrarle lo que me ha dado paz en este tiempo. Le deseo una vida plena para mirar al frente y nunca más atrás.

Él se había quedado tieso ante lo que ella había hecho.

Jamás hubiera esperado eso. Esperaba artimañas dignas de Eugenia, alguna exigencia o un acto prepotente, pero jamás eso que estaba viviendo.

Randalf colocó sus brazos alrededor de la espalda de ella y se dejó llevar.

Era algo extraño, una paz casi inmediata que le había proporcionado la joven con aquel gesto.