Capítulo 35
Antes de ponerse a llorar por aquella despedida silenciosa, Eugenia se fue alejando de él con lentitud, hizo una reverencia para despedirse.
—Helen... —llamó a su doncella a la vez que ella se escapaba con rapidez. Dejó a Randalf ahí sin que se despidieran.
La doncella la siguió hasta salir de la casa.
Thomas y Jacob regresaron al salón y observaron a Randalf. Él primero tenía la vista fija en la puerta, aunque después la desvió y observó lo que tenía en su mano.
—¿Qué pasó con ella? —indagó Thomas.
—Me ha devuelto el anillo —respondió como si no lo creyera.
—Lo lamento, Randalf, pero era algo que esperabas después de que su hermano te dejara con las palabras en la boca.
—Me dijo que prefiere casarse con otro que conmigo y que se irá de Londres.
—Era lo que buscabas. Ahora podrás escoger a tu esposa, una mujer decente y que no esté vinculada con tu primo. Ella acabó con todo de una manera en la que no te ha dejado opciones.
Para Randalf el juego había terminado, la tristeza y la pesadez en el corazón lo embargaban. Eugenia lo había dejado para siempre, huyendo de su odio, dándole una cura que no había pedido. ¿Qué haría sin ella si la consideraba la mujer de su vida? ¿La perdería por culpa de sus malos sentimientos?
***
Eugenia y Helen regresaron con bien a la casa de Spencer. No sabría si resultaría lo que había hecho, quizá un abrazo no fuera para todos y él no lo tomara de una buena manera.
Por la mañana, ella se había puesto su vestido de viaje y fue al comedor para desayunar cuando escuchó un maullido en el salón.
—¿Clauss? —curioseó la joven y después lo distinguió. Corrió hacia él y lo tomó en brazos—. ¡Mi precioso gato Clauss! ¿Me has extrañado tanto como yo? Tengo mucho que contarte.
El pobre animal estaba enloquecido, pero por huir de las amorosas garras de su dueña. Tuvo que soltarlo antes de que la rebanara en pedazos. Después, ella siguió su camino para el desayuno. Su hermana Fanny y su cuñado Clifford se encontraban ahí sentados junto a Spencer, Victoria y Albert.
—Buen día a todos —saludó la joven.
—¿Cómo dormiste? —preguntó Fanny a Eugenia.
—Muy bien. Iré a la caza de mi cuñado misterioso favorito.
—¿Tienes otro misterioso favorito? —cuestionó Clifford.
—Tenía un cuñado poderoso favorito, pero él no quiere saber de mí por tantas diabluras y es comprensible. Algún día me abrirá las puertas de su casa y más ahora que estoy soltera y sin compromiso, esperando que un noble me busque al lomo de un caballo y me dé un anillo de compromiso de verdad.
—Eugenia, encontrarás algo mucho mejor que ese ladronzuelo —intentó consolarla su hermano.
—Tal vez encuentre a otro conde misterioso, sería bueno para mi fructífera imaginación.
Ella intentaba camuflar su tristeza, pero debía superar la situación y ponerse en manos de quienes sabían lo que hacían. En cualquier momento le presentarían a algún hijo de alguien y quizá fuera parecida a ella.
Al acabar el desayuno y al ver que todos sus baúles fueron llevados al carruaje, ella salió de la casa agarrada del brazo de Spencer. Aprovecharía su soltería y el tiempo para recuperar su tiempo perdido con su hermano.
Su hermana y su cuñado Clifford partían en su propio carruaje, Albert en el de él y Eugenia con Spencer. Irían en una larga caravana hasta la casa de Fanny.
Mientras iban de camino, Eugenia tenía un libro y su hermano otro, los dos iban en silencio, leyendo para matar el tiempo; sin embargo, oyeron unos disparos en el camino.
—Tranquila, he dejado todas tus joyas en casa —dijo su hermano que intentaba mirar por la ventanilla del carruaje—. Ni siquiera traje mi reloj favorito. Todos los caminos son peligrosos en Inglaterra.
—Al menos eres mejor compañía que la señorita Harting cuando asaltan.
—Tienes prohibido enamorarte de otro delincuente. Entregas lo poco que tienes y es todo.
La puerta del carruaje se abrió y tanto Eugenia como Spencer quedaron sorprendidos al ver a Randalf vestido con elegancia.
—¿Qué se supone que está haciendo? De ninguna manera permitiré que se lleve a Eugenia. —Spencer quitó su arma y le apuntó a Harper.
Ella decidió no abogar por él, dejaría que Spencer se encargara.
—¡Está rodeado! —gritó la voz de Albert que también estaba armado en compañía de Clifford y los otros cocheros.
—Solo quería que se detuvieran —dijo alzando las manos.
—Déjenos seguir nuestro camino, fui claro con usted ayer —alegó Spencer.
—Solo quiero hablar con lady Eugenia Fane.
—Ni siquiera lo sueñe. Lárguese —ordenó Spencer.
Randalf buscaba la mirada de Eugenia, pero ella miraba hacia otro lugar.
—Milady, necesito hablar con usted y decirle la verdad que me ha costado entender.
La amo y soy incapaz de dejarla ir. Prefiero ser un pobre diablo sin dinero que vivir en mi mansión sin usted.
Desde que la conocí, el dinero ha sido importante, pero no ha quitado el sueño como su abandono.
Sé que es por mi causa, mi rencor y mis temores.
He vivido demasiado tiempo en el pasado, el presente me ha abrazado y yo no me había dado cuenta.
¿Está dispuesta a empezar de nuevo conmigo?
Prometo educarme y mirar al frente, pero a su lado.
Clifford hizo que Albert bajara su arma al igual que el resto. El único que no lo hacía era Spencer que continuaba inmune.
—Spencer...
—Ni lo sueñes. Él no tendrá tu mano —aclaró.
—No le estoy pidiendo matrimonio, le pido una oportunidad de conocernos otra vez. Quiero cortejarla como se debe, una dama y un caballero, no una mentirosa y un ladrón.
Eugenia rio entre lágrimas y tocó el hombro de su hermano.
—No, Eugenia...
—Sí, Spencer. Yo lo amo y quiero conocer a este marqués.
—¿Para qué ayudar a quien no quiere ser ayudada?
Spencer guardó su arma y se hizo a un lado para que su hermana saliera. Ella fue a arrojarse a los brazos del marqués en medio de sonrisas. Los dos sonreían y él no podía hacer nada más que aceptar lo que ocurría. Su última hermana, la diablesa, estaba enamorada.
Meses después...
Eugenia y Randalf se comprometieron tres meses después y se casaron a finales del otoño.
Ella había hecho un gran esfuerzo por dominarse como niña caprichosa, aunque a veces perdía la batalla, pero a quien admiraba era a Randalf que no solo cumplió con abrazar el futuro, sino también con perdonar a Henry.
La relación de primos no se había podido recuperar del todo, por lo que Henry Beaumont optó por vivir en el condado en donde se había construido la tumba de Randalf.
Su hermano, Albert, Clifford, Harper y Foster, le tendieron la mano a Randalf para que este aprendiera lo que le hacía falta. Debía aprender quince años en poco tiempo.
Eugenia amaba verlos convivir en medio de gritos, malos tratos, concesiones y apuestas.
Su querido ladrón se había acomodado a la familia sin ningún problema y hasta su expresión en el rostro le había cambiado, ya no tenía el ceño fruncido ni los labios torcidos por el rencor.
Su corazón sanaba con el paso de los meses.
Epílogo
Cinco años después...
Eugenia caminaba por la galería de la familia Fane, observando todas las pinturas familiares.
En un lugar muy especial estaba la suya cuando Randalf y ella se habían casado.
Sus ojos se miraban con anhelo y con amor.
Recordaba a la perfección ese momento. Todos habían seguido sumando más miembros a sus familias y la felicidad iba creciendo.
Las navidades eran en la casa de su hermano, pese a que cada uno de ellos tenían mesas muy extensas en sus casas, se sentían felices al visitar a su hermano y al único hijo de este. Ellos no habían tenido más hijos, mientras que sus hermanas cada vez tenían más.
—Aquí estabas, Eugenia. Te estuve buscando por toda la casa, ya comenzarán los villancicos —anunció su esposo.
—Mira la pintura... —comentó.
—La posición no era la mejor para mis dolores, pero te ves hermosa. —Randalf la cogió de la cintura y luego acarició el abultado vientre de Eugenia—. Hará falta otra pintura para que nuestros hijos estén ahí. Thomas y Henrietta están ansiosos por conocer al nuevo integrante, al igual que los demás.
—Por falta de hijos, mi hermano tiene más sobrinos que dedos en las manos. Mi padre no estaría orgulloso de él, porque Spencer sí es un hombre de verdad y no alguien a quien le gustaba casarse.
—Pobre hombre, lleva demasiados años muerto para que aún recuerdes sus defectos.
—¿Supiste de tu amigo Thomas?
—Sí, no vendrá para la temporada. Está trabajando arduamente para nuestras fortunas en América. Si hay algo que le gusta es tener el control.
—Me alegra que pudiera ser feliz igual que nosotros, y pensar que deseabas cosas malas para nosotros.
—Siempre lo recuerdas, pero yo siempre tengo algo para que lo olvides...
—¿Qué es?
—No lo sé, tal vez algún gran diamante americano que me envió Thomas para hacerte un gran collar con una tiara.
—¡Necesito verlo!
—Cuando regresemos a casa. Sabes que siempre tengo algo para ti, y como también hay algo más...
—Mmm... ¿Qué será? ¿Un caballo nuevo? ¿Un arma con diamantes? ¿Una pluma? ¿Otra propiedad?
—No. Te lo ha enviado alguien y está en el salón, pero ahora quiero mostrarte algo que tu hermano hizo para ti.
—Randalf acompañó a su esposa y a unos pasos más de donde se encontraba la pintura de ambos.
Ahí estaba colgado lo que sería una obra secreta—.
Vino corriendo aquí para saber que no la habías descubierto.
—¿Entonces no me buscabas por las razones correctas?
—Tal vez. Aposté a Henrietta y perdí contra tu hermano, ¿o gané? No lo sé con exactitud. Él la cuidará por un mes.
—¿Y Thomas?
—También lo perdí. Eso significa que...
—Significa que ya estoy embarazada y pronto nacerá, pero es bueno que nuestra hija sea muy apegada a Spencer, él la cuidará bien.
—No lo creo si resultamos tener una hija tan liberal como tú.
—¿Y tú de qué te jactas, ladronzuelo?
—Así como me ves, he conquistado a la última Fane.
—No, la última Fane te ha conquistado... Ahora dime, ¿qué hay detrás de esa tela?
—Sácalo para que lo veas.
Cuando ella lo retiró encontró una pintura suya en compañía del gato Clauss.
—Clauss... —dijo con la voz entrecortada.
—Sé que Clauss significaba mucho para ti.
—Fue mi gran amigo y confidente.
—Olvidaste decir que era muy bello. Los niños lo extrañan mucho, al igual que nosotros.
—Él es feliz en su nuevo lugar, debe estar colocándose joyas nuevas en el cielo.
Randalf la abrazó y después le dio un beso corto en los labios.
—Te amo, Eugenia. Siempre me tendrás a tu lado, no importan los problemas, los obstáculos, los caprichos o malos entendidos que pudiéramos tener, sobre todo está nuestro amor.
—Gracias por esta sorpresa tan hermosa, Clifford ha tenido mucho que ver. Conocerte ha hecho que me dé cuenta de la realidad de muchas personas y que no podía seguir siendo una tirana que pretendía vivir de esa manera toda la vida. Me hizo bien que me asaltaras.
—Por cierto, nunca me has devuelto mi arma, ¿en dónde está?
—No la necesitas. Has comprado muchas para competir con tus concuñados.
—¿Me lo devolverás alguna vez?
—No, ladrón que roba a ladrón tiene muchos años de perdón. Vamos, querido, antes de que discutamos por eso.
—Si no discutimos por esto, ¿por qué razón lo haríamos?
—Siempre encontramos algo. Entre nosotros nunca falta la pasión por las discusiones.
Te amo, Randalf, ya nadie recuerda al ladrón que me ha robado el corazón, pero yo jamás lo olvidaré, porque siempre ansío que me robes una sonrisa y una carcajada.
—Eugenia volvió a pegar los labios con los de su esposo antes de tomar la delantera para salir de la galería.
Él se quedó un poco atrás y se sintió complacido con lo que veía. De no tener nada, pasó a tener todo, por sobre todo, una gran familia, la familia Fane.
Fin.